domingo, 20 de agosto de 2017

ECOS EN LA CALLE DEL CALVARIO

«...En la calle del Calvario / faltan tres personas / María la Sorpuesta / Rita la montona / y le sigue la corriente / Amparo la Reverona...»

Hay calles que guardan el alma de un pueblo, esquinas donde el tiempo parece haberse detenido en una vieja fotografía en blanco y negro. Corren los principios de la década de los cincuenta, en pleno siglo XX, y la calle El Calvario de La Villa de La Orotava respira el aire de una época dura pero entrañable. A la izquierda de la imagen, con camisa blanca, destaca Juan Álvarez Díaz, mi padre; lo acompaña don Santiago Marrero, entonces gerente delegado de la Compañía Texaco de Tenerife. Sobre ellos, como un tótem de la modernidad de aquel entonces, se eleva el surtidor de bomba de la Texaco que mi padre regentaba.




Por la acera izquierda baja una muchacha. Es Mercedes Arocha. Sobre su cabeza lleva, con un equilibrio tallado por la necesidad, un casco con la comida para los cochinos. Era el triste y cotidiano oficio de tantos jóvenes en aquellos años de posguerra y desolación. Al fondo de la estampa, un detalle captura la mirada: los desaparecidos «plátanos de Líbano» aún se alzan orgullosos dentro de la plaza de Franchi Alfaro. Tiempo después, bajo el mandato del alcalde don José Estévez Méndez, las obras de remodelación cambiarían el trazado y el acceso sur, desplazando el muro hacia el interior de la plaza y borrando del paisaje aquella arboleda.

La calle El Calvario debe su nombre a la ermita homónima, fundada por los franciscanos en el lejano 1669 en el extremo de la rúa. Fue un bautismo religioso que la Segunda República intentó transformar al rebautizar la vía como «14 de Abril», buscando grabar otra efeméride en el callejero. Pero más allá de los nombres oficiales, la calle era, ante todo, un espacio humano. Tiempos de una intimidad comunitaria hoy casi olvidada; días de una solidaridad tan estrecha que, cuando la muerte visitaba un hogar, los vecinos acogían a los niños más pequeños para pasar la noche, regalando sosiego a la casa en duelo.

El epicentro de la vida social eran las tertulias. Entre ellas destacó «El Tin», nacida al calor de la gasolinera de mi padre, donde compartían confidencias y proyectos los taxistas e industriales de la zona. Aquella hermandad no se limitaba al asfalto: se extendía en animadas reuniones en la finca «Mestre Juan» en La Florida, propiedad de don Fernando Méndez y Ponte; en la casa de don Casiano García Feo en el paisaje lunar de Las Cañadas; o en la finca «El Pozo», allá en El Rincón.

Frente al bar-restaurante Fariña se erigía la F.A.S.T. (Sindicato Agrícola Norte de Tenerife), pilar histórico de la exportación platanera de la isla. En el edificio anexo, durante largo tiempo, latió el pulso de la oficina de Correos. Justo donde hoy se levanta la sala «Power» —el antiguo cine Orotava— existió una señorial casa de estilo canario de dos plantas. Su fachada lucía un hermoso balcón de celosía y estaba precedida por jardines espléndidos. Aquella mansión perteneció primero a don Domingo García Medero y, más tarde, a don Cristóbal Rodríguez. Desde la plaza del quiosco hasta el restaurante Fariña, una hilera de plátanos del Líbano regalaba su sombra benévola a las paradas que allí se resguardaban, mientras que, en lo bajo de la plaza de la Constitución, los vecinos se disputaban el agua en las viejas arquillas.

En la mediana de la vía se alza, imponente, la Mansión de don Antonio León, una de las primeras edificaciones de la calle. Es una joya de arquitectura tradicional del siglo XVII que exhibe un balcón y ventanas con excelentes labores de cojinetes. En su patio central florece una colección de cactus considerada una de las mejores de Canarias. Sus paredes han sido testigo de la historia grande y menuda: allí habitó en distintas épocas la familia Viera y Villalva; allí ensayaron los grupos teatrales del Liceo Taoro; sirvió de acuartelamiento durante la Guerra Civil y albergó el comestible «Los Molinas».

Contigua a esta se encuentra otra casona de estructura similar, donde hoy se ubican los talleres de Villavicencio. El tiempo no ha sido benévolo con ella y su deplorable estado clama por un acuerdo que permita su futura restauración para el bien de La Villa. En sus años de esplendor, el caserón sirvió de cuadras y cocheras para los señores López Buenafuente, cuyos coches de caballos conectaban La Orotava con la capital, relevando las fatigas de los animales en Tacoronte. En sus recovecos cobijó también la barbería de Perico, apodado «El Tiznado», siempre rodeado de su cría de pájaros; la peluquería de Manuel, que compartía el espacio con su hijo Fernando, zapatero en la esquina del fondo; y la sastrería de don Lorenzo Villavicencio. De ese entorno emerge la memoria de doña Imelda Afonso: una mujer elegante, culta, de profunda formación y rebosante de literatura. Su talante hospitalario y su fino sentido del humor eran los de un ser cuya experiencia vital le permitía relativizar el mundo, encontrando la misma dignidad en la gran historia que en las pequeñas crónicas del barrio.

En el corazón de esta arteria late la plaza de Franchi Alfaro. Su historia moderna comenzó el 25 de junio de 1879, cuando don Luis Fumagallo y don Miguel Rodríguez y Borges solicitaron al Ayuntamiento su acondicionamiento. La construcción de sus muros de contención se dilató durante años, interrumpiendo los ejercicios del batallón de La Villa que allí solía instruirse. Fue don Aarón Otazo quien plantó su arboleda. Finalmente, el 26 de junio de 1889, el pleno municipal le otorgó su nombre actual en honor al patricio que solicitó a la Corte un juez con jurisdicción independiente para el lugar, logrando para La Orotava el ansiado título de Villa.

Un poco más allá se extiende el Llano de San Sebastián, paraje que evoca un pasado pastoril donde los lugareños apacentaban sus ganados. En ese suelo se comenzó a levantar en 1746 el hospital de la Santísima Trinidad, aunque una vez concluido se decidió trasladar la institución al convento franciscano en 1848.

Al cerrarse el camino, como un faro de fe y memoria que custodia los siglos, aguarda la ermita de El Calvario. Construida por los franciscanos en 1669, permanece al final de la calle como el último testigo de las vidas, los afanes y los recuerdos que dieron forma a La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



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