«...En la calle del Calvario / faltan tres personas /
María la Sorpuesta / Rita la montona / y le sigue la corriente / Amparo la
Reverona...»
Hay calles que guardan el alma de un pueblo, esquinas
donde el tiempo parece haberse detenido en una vieja fotografía en blanco y
negro. Corren los principios de la década de los cincuenta, en pleno siglo XX, y
la calle El Calvario de La Villa de La Orotava respira el aire de
una época dura pero entrañable. A la izquierda de la imagen, con camisa blanca,
destaca Juan Álvarez Díaz, mi padre; lo acompaña don Santiago
Marrero, entonces gerente delegado de la Compañía Texaco de
Tenerife. Sobre ellos, como un tótem de la modernidad de aquel entonces, se eleva
el surtidor de bomba de la Texaco que mi padre regentaba.
Por la acera izquierda baja una muchacha. Es Mercedes
Arocha. Sobre su cabeza lleva, con un equilibrio tallado por la
necesidad, un casco con la comida para los cochinos. Era el triste y cotidiano
oficio de tantos jóvenes en aquellos años de posguerra y desolación. Al fondo
de la estampa, un detalle captura la mirada: los desaparecidos «plátanos de
Líbano» aún se alzan orgullosos dentro de la plaza de
Franchi Alfaro. Tiempo después, bajo el mandato del alcalde don José Estévez
Méndez, las obras de remodelación cambiarían el trazado y el
acceso sur, desplazando el muro hacia el interior de la plaza y borrando del
paisaje aquella arboleda.
La calle El Calvario debe su nombre a la ermita
homónima, fundada por los franciscanos en el lejano 1669 en el extremo de la
rúa. Fue un bautismo religioso que la Segunda República intentó transformar al
rebautizar la vía como «14 de Abril», buscando grabar otra efeméride en el
callejero. Pero más allá de los nombres oficiales, la calle era, ante todo, un
espacio humano. Tiempos de una intimidad comunitaria hoy casi olvidada; días de
una solidaridad tan estrecha que, cuando la muerte visitaba un hogar, los
vecinos acogían a los niños más pequeños para pasar la noche, regalando sosiego
a la casa en duelo.
El epicentro de la vida social eran las tertulias. Entre
ellas destacó «El Tin», nacida al calor de la gasolinera de mi
padre, donde compartían confidencias y proyectos los taxistas e industriales de
la zona. Aquella hermandad no se limitaba al asfalto: se extendía en animadas
reuniones en la finca «Mestre Juan» en La Florida, propiedad de don Fernando
Méndez y Ponte; en la casa de don Casiano
García Feo en el paisaje lunar de Las Cañadas; o en la finca «El
Pozo», allá en El Rincón.
Frente al bar-restaurante Fariña se erigía la F.A.S.T.
(Sindicato Agrícola Norte de Tenerife), pilar histórico de la exportación
platanera de la isla. En el edificio anexo, durante largo tiempo, latió el
pulso de la oficina de Correos. Justo donde hoy se levanta la sala «Power» —el
antiguo cine Orotava— existió una señorial casa de estilo canario de dos
plantas. Su fachada lucía un hermoso balcón de celosía y estaba precedida por
jardines espléndidos. Aquella mansión perteneció primero a don Domingo
García Medero y, más tarde, a don Cristóbal
Rodríguez. Desde la plaza del quiosco hasta el restaurante Fariña,
una hilera de plátanos del Líbano regalaba su sombra benévola a las paradas que
allí se resguardaban, mientras que, en lo bajo de la plaza de la Constitución,
los vecinos se disputaban el agua en las viejas arquillas.
En la mediana de la vía se alza, imponente, la Mansión de
don Antonio León, una de las primeras edificaciones de la calle. Es una
joya de arquitectura tradicional del siglo XVII que exhibe un balcón
y ventanas con excelentes labores de cojinetes. En su patio central florece una
colección de cactus considerada una de las mejores de Canarias. Sus paredes han
sido testigo de la historia grande y menuda: allí habitó en distintas épocas la
familia Viera y Villalva; allí ensayaron los grupos teatrales del Liceo Taoro; sirvió de
acuartelamiento durante la Guerra Civil y albergó el comestible «Los Molinas».
Contigua a esta se encuentra otra casona de estructura
similar, donde hoy se ubican los talleres de Villavicencio. El tiempo no ha sido
benévolo con ella y su deplorable estado clama por un acuerdo que permita su
futura restauración para el bien de La Villa. En sus años de esplendor, el
caserón sirvió de cuadras y cocheras para los señores López
Buenafuente, cuyos coches de caballos conectaban La Orotava con la
capital, relevando las fatigas de los animales en Tacoronte. En sus recovecos
cobijó también la barbería de Perico, apodado «El Tiznado», siempre rodeado de
su cría de pájaros; la peluquería de Manuel, que compartía el espacio con su
hijo Fernando, zapatero en la esquina del fondo; y la sastrería de don Lorenzo
Villavicencio. De ese entorno emerge la memoria de doña Imelda
Afonso: una mujer elegante, culta, de profunda formación y
rebosante de literatura. Su talante hospitalario y su fino sentido del humor
eran los de un ser cuya experiencia vital le permitía relativizar el mundo,
encontrando la misma dignidad en la gran historia que en las pequeñas crónicas
del barrio.
En el corazón de esta arteria late la plaza de
Franchi Alfaro. Su historia moderna comenzó el 25 de junio
de 1879, cuando don Luis Fumagallo y don Miguel
Rodríguez y Borges solicitaron al Ayuntamiento su acondicionamiento. La
construcción de sus muros de contención se dilató durante años, interrumpiendo
los ejercicios del batallón de La Villa que allí solía instruirse. Fue don Aarón Otazo quien plantó su
arboleda. Finalmente, el 26 de junio de 1889, el pleno municipal
le otorgó su nombre actual en honor al patricio que solicitó a la Corte un juez
con jurisdicción independiente para el lugar, logrando para La Orotava el
ansiado título de Villa.
Un poco más allá se extiende el Llano de San
Sebastián, paraje que evoca un pasado pastoril donde los lugareños
apacentaban sus ganados. En ese suelo se comenzó a levantar en 1746 el hospital de la
Santísima Trinidad, aunque una vez concluido se decidió trasladar la
institución al convento franciscano en 1848.
Al cerrarse el camino, como un faro de fe y memoria que
custodia los siglos, aguarda la ermita de El Calvario. Construida por los
franciscanos en 1669, permanece al final de la calle como el
último testigo de las vidas, los afanes y los recuerdos que dieron forma a La
Orotava.
BRUNO JUAN
ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL


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