El
aire de 1957 en la Villa de La Orotava guardaba el eco de
los balones botando sobre el pavimento de la ya desaparecida terraza del Cine Atlante. En aquella cancha
improvisada bajo el cielo isleño, un grupo de muchachas desafiaba las
costumbres de la época a base de pases, canastas y entusiasmo. Queda la duda de
si se hacían llamar el C.B. Santa
Catalina o el C.B. Águila del
Valle; la memoria se inclina por el primer nombre, un guiño místico a la
orden del Colegio La Milagrosa,
donde aquellas jóvenes entonces niñas cursaban sus estudios. No eran las
únicas: en las aulas de las Hermanas de la Caridad germinaba también el C.B. Milagrosa, un equipo rival de
camisetas azules y faldas blancas en el que militaban Fina, Sara Dorta, Ninina
Pérez, Chiona Morales y Paula María Pérez.
Pero
las protagonistas de la fotografía vestían otra identidad, una estampa de
camisetas rojas combinadas con faldas blancas o de un pulcro tono café con
leche. De izquierda a derecha, el tiempo se detiene en sus rostros: la número 6
es Irene Méndez, hoy tristemente
ausente, quien fuera esposa de Evadio, el recordado jugador de la U.D. Orotava;
la sigue con el número 4 Anita Afonso,
cuyo nombre sigue ligado al comercio local al frente de Calzados Afonso en la
calle de la Carrera; con el 8 y el 10 aparecen Ana María Sánchez y Candelaria
Sánchez, la eterna "Yaya", cuya vida transcurriría luego entre
partituras como profesora de música; el número 5 lo defiende María del Carmen Rodríguez Reyes,
esposa de Mundo García Edodey; y cierra la formación, con el 7, Dolores Martín, "Lolita", hija
del constructor don Manuel Martín Méndez.
Aquella
tarde, el Atlante vibraba con un choque de rivalidades norteñas frente al
combinado femenino del Puerto de la
Cruz. La tensión entre las canteras no era nueva. En el patio derecho de
La Milagrosa, los ojos de un niño de siete años —que apenas empezaba a
descubrir el mundo bajo la tutela de Sor Dolores— contemplaban la pasión
desbordada del deporte escolar. En el recuerdo nítido de aquella infancia,
resurge la imagen de Yaya Sánchez, indignada ante los supuestos agravios de un
arbitraje que parecía inclinarse a favor del bando contrario bajo la mirada
cómplice de las monjas.
La
justicia del encuentro recaía sobre una figura imponente: una mujer alta y
fuerte de la Sección Femenina del Puerto de la Cruz llamada Leonor Carballo. En el ambiente
escolar la conocían como “El Látigo
Negro”, la estricta profesora de educación física que imponía disciplina
en cada zancada. El destino, siempre caprichoso, transformaría los silbatos y
el rigor de las canchas en la quietud de los hábitos, convirtiéndola años más
tarde en una monja jubilada del colegio de La Pureza de la Montañeta. Queda,
sin embargo, el destello de aquel 1957, cuando el baloncesto en La Orotava
tenía nombre de mujer y aroma a cine de verano.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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