La memoria del fútbol se nutre de mitos, pero también
de sobremesas compartidas a la sombra del Teide. En el año 2005, la Villa de La Orotava tuvo el
privilegio de acoger en sus cumbres a una de las leyendas más grandes del
balompié español: don Luis Molowny.
Conocido universalmente en las canchas como «El Manga» —aquel inolvidable apelativo que se ganó sobre el
césped del Santiago Bernabéu por su singular costumbre de jugar con las mangas
de la camiseta blanca desprendidas, jugueteando entre sus manos—, el astro
tinerfeño llegó a Los Altos invitado por un discípulo leal: Francisco Sánchez
García, exalcalde de la Villa y antiguo pupilo suyo tanto en el Real Madrid
como en la UD Las Palmas.
Aquel
día inolvidable quedó inmortalizado en la finca de Los Sánchez. Lejos del ruido
de los estadios, la estampa nos devuelve a Molowny disfrutando de los placeres
sencillos de la tierra canaria: saboreando un conejo salvaje de cacería en
auténtico salmorejo y brindando con el recio vino de Los Altos. En la mesa,
flanqueando al maestro, se encuentran Juan Hernández Sánchez a la izquierda y
Santiago Sánchez Rodríguez a la derecha (sobrino y tío respectivamente). Hoy,
los tres comparten ya alineación en ese otro gran estadio desconocido del
firmamento.
Desde
aquel mirador privilegiado de la cumbre, la mirada de Molowny se perdía con
nostalgia en el campo de fútbol de La
Vera. Las coordenadas de su destino se habían dibujado allí abajo, en la
década de los cuarenta, cuando llegó desde Santa Cruz junto a su padre y su
hermano mayor para vestir la camiseta del CD Vera. En este humilde barrio
portuense se cruzó con un hombre clave: el mítico Bernardino Semán, ídolo indiscutible del fútbol tinerfeño. Semán
había sido reclutado para el proyecto por el entonces presidente del club y
exalcalde del Puerto de la Cruz, don Isidoro Luz Carpenter. Fue Bernardino
quien pulió y preparó el talento innato de Luis Molowny antes de que este diera
el salto al CD Marino de Las Palmas y, posteriormente, a la gloria blanca del
Real Madrid. El destino, siempre caprichoso y trágico, quiso que Semán partiera
muy joven, víctima de la tuberculosis, pero su legado germinó en su mejor
alumno.
Don
Luis Molowny fue, sin adjetivos que alcancen, un auténtico CRACK del fútbol español. Dejó su
sello de genialidad en el Mundial de Brasil de 1950, agigantó la historia del
Real Madrid y esculpió con letras de oro el escudo de la UD Las Palmas. Pero
aquella tarde de 2005, en Los Altos de La Orotava, demostró que la verdadera
grandeza de los mitos reside en su capacidad para volver siempre a las raíces,
al calor de los amigos y al aroma del salmorejo y el buen vino.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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