A mi querido amigo del
Puerto de la Cruz, el exalcalde Salvador García Llanos, nieto de la
homenajeada.
Fue
una profesora portuense que impartió clases de diversas disciplinas:
aritmética, gramática, geografía, historia de España, ciencias naturales,
dibujo y solfeo. Se casó con Graciano García Izquierdo, con quien tuvo tres
hijos: Salvador, Antonio y Graciano. Sus hermanos también fueron figuras
destacadas de su época: Martín se convirtió en el primer alcalde socialista del
municipio en 1923; Domingo cuenta con un busto en su honor en la plaza del
Charco; y José (Pepe) fue un médico extraordinario que se vio obligado a
abandonar el municipio para instalarse en Santa Cruz de Tenerife, donde su
memoria es honrada con un monumento en el centro de la capital.
Su
vida fue un ejemplo de abnegación y sacrificio. Su tenacidad le permitió
superar una hemiplejía que le sobrevino con apenas treinta y tres años de edad.
Pese a ello, pasaba largas horas zurciendo, bordando o tocando el piano de cola
con una sola mano. Probablemente esta entereza, que la llevó a superar no pocas
adversidades y le granjeó el afecto de la población portuense, nacía de su
profunda religiosidad. Acudía a misa y a los oficios puntualmente, siempre
acompañada por alguna amiga.
Fue
una mujer inteligente, estudiosa y autodidacta, dotada de una gran capacidad de
trabajo. Aprendió inglés y francés —así como la mayor parte de sus
conocimientos— gracias a los periódicos y a la radio, ya que escuchaba la BBC
de Londres. Además, interpretaba los sueños, sentía fascinación por la lectura
—aunque nunca le gustó la literatura romántica, tan de moda en aquella época— y
se interesó profundamente por la música y la filatelia. Siempre mantuvo un
firme deseo de ampliar sus conocimientos.
En
relación con su personalidad, se puede afirmar que poseía una voluntad de
hierro y fue un auténtico ejemplo de fortaleza. Así se forjó una mujer de trato
exquisito, serena y sensible ante todo aquello que implicara el progreso y el
avance de la libertad, por la que siempre trabajó en silencio. Su entrega, su
afán y su cultura del trabajo constituyen un paradigma para la mujer de hoy,
que sigue aspirando a la igualdad y a la plena integración; aspectos por los
que María Pérez Trujillo luchó, a su manera, durante toda su vida.
María
Pérez Trujillo impartió clases en sus sucesivos domicilios de las calles
portuenses Doctor Íngram, Blanco y José de Arroyo. A lo largo de varias
décadas, enseñó y preparó a alumnos de toda condición social, preocupándose
siempre por darles una sólida formación básica. Cuando alguno de sus
estudiantes terminaba esta etapa, ella acudía personalmente a hablar con los
padres para convencerlos de que les permitieran cursar estudios universitarios.
Nunca faltaron en su boca palabras de aliento y estímulo para ellos.
En
sus peculiares aulas de la calle Blanco, las paredes estaban vestidas con mapas
y pizarras, y los pupitres se orientaban hacia la mesa de la profesora, situada
al fondo. Ni un solo día faltaba una mención a su libro preferido, El
Quijote, del cual dictaba diariamente un párrafo a los niños para luego
explicárselo.
Este
ritual solo se rompía el día del santo de María. En esa fecha, el jolgorio, los
refrescos y los dulces se adueñaban del aula y de la azotea, y se cantaban
canciones de la época acompañadas por ella al piano de cola.
En
su magisterio se combinaron el rigor de una excelente profesora con la ternura
y la mentalidad abierta de una amiga y una madre. Predicó siempre con el
ejemplo y nunca le importó enseñar sin esperar contraprestaciones económicas
inmediatas.
El
homenaje popular que se celebró en su honor en Caracas (Venezuela) en 1974 puede
interpretarse como la culminación de una trayectoria dedicada a la docencia y a
la formación humanista, protagonizada a lo largo de toda su vida por esta
inolvidable “maestra”.
Hoy
en día, el IES de La Vera, en el célebre barrio portuense, honra y perpetúa su
nombre.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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