Aquella
tarde de octubre, el cielo del Puerto de la Cruz pareció teñirse de una
nostalgia dorada, despidiendo al hombre que había hecho de la medicina un
romance eterno con la vida. El Doctor
Don Emilio Ruiz, nuestro eterno “Cirujano
de los Pobres”, partió hacia la eternidad el 28 de octubre de 2018, a sus 83 años, dejando su amada ciudad natal impregnada de su recuerdo.
Había nacido allí, arrullado por el Atlántico en 1935, y allí mismo cerró los ojos por última vez.
Su
viaje comenzó lejos, en las aulas de la Universidad
de Granada, donde no solo aprendió la ciencia de curar, sino el arte de
amar al prójimo. Al regresar, sus manos bendecidas devolvieron la esperanza en
los quirófanos de la Clínica San
Fernando de su puerto natal, y abrieron un refugio de paz en su consulta
de la Villa de La Orotava, esa
segunda patria chica que lo adoptó con orgullo.
No
era un médico común; Don Emilio
albergaba un corazón tan inmenso que parecía desbordarle el pecho. En
sus ojos no existían clases sociales, solo almas que aliviar. Con un desinterés
absoluto y una devoción infinita, especialmente hacia los ancianos —esos
guardianes del tiempo a quienes cuidaba con delicada ternura—, se convirtió en
un faro que salvó incontables vidas. Más que un doctor, fue el confidente, el
cómplice y el amigo fiel de cada paciente y de cada hogar que tuvo la fortuna
de recibirlo. Su sola presencia, envuelta en un talante de medicina tradicional
y sabia, transmitía una tranquilidad casi filosófica, un bálsamo de calma que
apaciguaba el dolor de los enfermos y el miedo de sus familias.
En
sus últimos años, era un regalo de la vida verlo pasear pausadamente por las
calles portuenses, llevando a su ciudad no solo en el mapa de sus pasos, sino
tatuada en el alma.
Querido
Don Emilio, ahora que has emprendido el viaje hacia la luz eterna, deseamos con
el corazón encogido que en ese nuevo paisaje te reencuentres con las almas de
tus queridos pacientes, quienes sin duda te habrán recibido con los brazos
abiertos. Descansa en paz, camina entre la esperanza y el sosiego absoluto que
tanto sembraste en la tierra.
Hasta
siempre, doctor. Te enviamos un abrazo infinito que cruza el cielo.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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