sábado, 16 de abril de 2022

PREGÓN SEMANA SANTA LA OROTAVA 2022






 

Leído como preámbulo a la Semana Santa de la Villa de La Orotava año 2022, en el templo parroquial de San Juan Bautista en Farrobo por el orotavense JUAN ACOSTA PADRÓN, licenciado en derecho por la Universidad de la Laguna: “…Y nos dijo: “…donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio”. Y, antes de su regreso al Padre, como legado: “…sabed que estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Pues si en ello se asienta nuestra Fe y nuestra Esperanza, aquí y ahora, Él nos acompaña, como el principal invitado y protagonista único. A su benevolencia y misericordia me encomiendo; implorando su ayuda. Ardua misión la de pregonar el paso del Señor por esta su Villa Eucarística en esta Semana Santa del año dos mil veintidós. SEMANA SANTA que es una ORACIÓN A CRISTO ATADO, CRUCIFICADO, MUERTO Y RESUCITADO. Por El, y sólo por El, acepté, aunque con algún titubeo, la responsabilidad de lo que tan graciosamente se me encomendaba. Que El premie abundantemente a quienes pusieron su confianza en mí designación y, a los que han de escuchar mi personal anuncio de los Días Santos, su paciente atención. A la familia y amigos a quienes les he hurtado momentos que les correspondían, a los organizadores de este acto por el mimo con que lo han hecho y a quien, con sentidas palabras, fruto de la amistad cofradiera de tantos años, me ha presentado. Muchas, muchísimas personas, con más merecimiento que el que ahora en este atril se enfrenta tal vez a uno de sus encargos más difíciles: pregonar la Semana Santa de La Orotava. No concurre en mi persona más mérito que el de un creyente de base, pero, como alguien me recordaba frecuentemente, siendo uno de sus últimos consejos, cuando nadie esperaba su súbita partida, al menos con la “fe del carbonero”. Creyente y cofrade. Un cofrade con la experiencia adquirida a lo largo de más de cuarenta y cinco años. De mis experiencias de fe, de sensaciones, de emociones, de recuerdos, de conocimientos adquiridos o transmitidos, es de lo que puedo hacerles partícipes. No puedo, por el contrario, ofrecer lo que no poseo. Carezco de formación histórica y artística para exaltar los días que se avecinan, no ha sido mi profesión, ni ha ocupado mis anhelos de ampliación de conocimientos. No encontrarán en las palabras del pregonero una gran pieza oratoria: ni literaria, ni poética. Sólo una expresión simple. Un decir llano y sencillo, sin verbo grandilocuente. Sí les puedo confesar que en la redacción de este pregón he puesto todo mi esfuerzo y el mayor de los cariños. Que nadie se sienta excluido de él, aunque no sean directamente aludidos. Ni Parroquias, Iglesias, Ermitas, Conventos y Capillas; pero tampoco, Hermandades y Cofradías. A todas mi total aprecio. Mas las limitaciones temporales son un infranqueable obstáculo. Todos, absolutamente todos, templos y asociaciones de fieles para el culto de los Titulares de su devoción más íntima, son merecedores de exaltación. E incluso de una que les sea propia. Con esos condicionantes nos fijamos en esta nuestra Villa de La Orotava, que ha puesto su morada en las faldas de la cumbre. El amplio y generoso Valle desciende hacia el azul Atlántico y la Villa, con sus mansiones, iglesias y palacios, parece complacerse en tanta belleza. Casco regio, de calles adoquinadas, bien cuidadas plazas y balcones majestuosos. Y una Villa de Arriba señorial aun en la humildad de su arquitectura, netamente canaria. Ese es el magnífico escenario donde se ha de desarrollar la apasionante página anual de su Semana Santa. La Orotava vuelve en estos días su mirada al Señor de la Iglesia y con Él quiere rememorar los mismos sentimientos de la Cruz y de la Resurrección. El Dolor y el Triunfo de nuestro Redentor. Aún con el jolgorio carnavalero en las calles, ya comienza el peregrinar hacia la Pascua. Sin Pascua nada puede tener sentido. El miércoles de “pulvis eris et in pulvis reverteris”, con la impartición de la ceniza, abre el largo, ¿o tal vez resulta corto?, trayecto de la Cuaresma. Tiempo de preparación, sobre todo personal, para acercarnos a los Misterios Pascuales con el arrepentimiento más sentido, como humanos y pecadores, pero reconciliados con el Padre siempre con los brazos abiertos para acogernos. También de duros trabajos, restándoles horas a familias y al descanso, de hermanos y cofrades y demás colaboradores de los templos. También es época de Vía Crucis. Interiores y externos. Parroquiales, Interparroquiales o de las hermandades y cofradías en su conjunto. Sencillos, con una cruz, o con imágenes devocionales, en sus tronos o en parihuelas. Ordinarios o extraordinarios. En el quinto fin de semana, los actos eclesiales y procesionales centrales giran en torno a dos Cristos alegóricos a su Triunfo sobre la Muerte: en la Villa de Arriba, el sábado, el SANTÍSIMO CRISTO DE LA SALUD, de la Parroquia de San Juan Bautista, rescate de una iconografía que se nos fue para tierras del Sur de la Isla; y en la de Abajo, el SANTÍSIMO CRISTO DEL PERDÓN, de la Iglesia de San Agustín, que pasó de recibir los rayos del sol de mediodía del Domingo de Pasión a procesionar con resplandores de bellos atardeceres. La Orotava siente ya próxima su Semana Mayor. Y en el Viernes que le precede, la DOLOROSA de San Agustín, tan vinculada a las mujeres villeras, hace su corto, pero intenso transitar alrededor de la Plaza de la Constitución. La de la Alameda, del Kiosco o de Anita. Acompañada por la Banda de Música, pero no ya, desde lo alto del añejo Kiosco. Y Santo Domingo, el Sábado de Pasión, permite que su SANTÍSIMO CRISTO DEL DESPOJO, imagen de terracota del escultor villero Pablo Torres Luis, ilumine el discurrir por la calle Araujo, a la vera del Barranco de ese nombre (el siempre “Barranquillo”), con las hermosas traseras de algunas casas de la calle Tomás Zerolo. Es domingo. Comienza la Semana Santa. Es el día de los ramos de palmas y olivos. Un año más, la Villa serena, tranquila, silenciosa, se embriaga con la inmensa alegría que derrochan sus vecinos más pequeños por todos los rincones del Municipio, y que para ellos sólo es comparable al de la Víspera del Día de Reyes. DOMINGO DE RAMOS. El más entrañable recuerdo de la niñez. Es la procesión de “Los Palmitos”, los que, con más o menos maña, nos dedicábamos a trenzar y, más tarde, a transmitírselos a nuestros hijos, que, enfrascados en ello, acompañaban la procesión, mientras cantaban. Para la Ciudad de Elche se dejaba el verdadero arte del adorno, que les permite ofrecer un ejemplar al propio Papa. ¿Cuántas desilusiones al no poder conseguir una de aquellas palmas grandes? Establecida como procesión meramente eclesial y litúrgica, con cantos de alabanza, como propio de la conmemoración de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, en nuestra Villa, actualmente, en dos casos, se le acompaña con una imagen procesional. Popularmente, el SEÑOR DEL BURRITO, en el Centro, y EL DE LA BURRITA en La Perdoma. En otros lares se denomina “La Borriquita” (en Sevilla, Cádiz y Almería), “La Pollinica” (en Málaga) o “La Borriquilla” (en Granada y Jaén). A nadie se le escapará que al pregonero de este año “no se le caen los anillos” por mentar otras Semanas Santas presenciadas y su especial cariño por la tierra andaluza, sin que suponga un olvido a sus “amores primeros y principales”: La Villa, sus solemnidades y festividades. Lo que complementa, si es bueno, hace mejor a lo originario. Sea el pregonero perdonado por las alusiones a esas otras Semanas Santas, y que no se sientan ofendidos los “puristas” del sólo “lo de aquí”; pues muchas actividades cofrades actuales e, incluso, un lenguaje propio del ámbito de hermandades, no conocidas en tiempos no muy lejanos, se han colado en nuestras tradiciones con gran aceptación general. Y sin que ello suponga, perder nuestra idiosincrasia. Y referido a la Parroquia de San Juan Bautista, si todos somos Iglesia y con el propósito de hacer sentir a los feligreses ser parte viva e importante de la misma, ¿por qué no llevar a cabo esta bendición de palmos y olivos y la posterior procesión litúrgica, alternando con la de la Piedad, desde otras Ermitas Parroquiales?. Sea desde la, para mi muy recientemente descubierta como gran joya arquitectónica, Ermita de Santa Catalina, a escasos metros; sea, por motivos además sentimentales, por ser la de mi niñez, adolescencia y juventud, desde la de la Candelaria del Lomo, cuando además en mis recuerdos más lejanos anida el de que, al menos una vez, así ocurrió La imagen del Cristo vino desde Olot (Gerona) en 1957, siéndome desconocido ¿qué acaeció primero? ¿que el “borrico” trajera a Nuestro Señor a la Villa, o que fuera la “cigüeña” la que dejara en la Villa de Arriba a quien en este año debía pregonar su Semana Santa?. Somos, pues, de la “misma quinta”. La entrada del Señor flanqueado por la fachada barroca e imponentes torres de la Parroquia Matriz y el palmeral de las Plazas de Casañas, en primer término, y de Patricio García, más abajo, nos transportan a aquel Jerusalén histórico. Estampa que este año podríamos no ver. Lejos quedan aquellos años en que, con hermandad propia de niños con trajes hebreos (túnica judía con cíngulo y velo), procesionaba desde el Colegio Salesianos, desde las tres o cuatro de la tarde, con similar recorrido al de María Auxiliadora. Desde el templo dedicado a Nuestra Señora de la Concepción, tal vez, la mejor muestra del barroco en Canarias, Monumento Histórico-Artístico Nacional desde mediados de 1948 y adjetivado, por su composición y características, como “Basílica o Catedral de La Orotava”, y concluida la Solemne Misa con la lectura de la Pasión, salen a las calles del Centro, el SANTÍSIMO CRISTO PREDICADOR y el paso de la CONVERSIÓN DE LA MAGDALENA. El Señor, caso único de certeza de su autoría, con túnica y capa dieciochescas bordadas en oro sobre terciopelo, se sienta e imparte su predicación en un hermoso sillón barroco de madera policromada en dorado. En cuanto a la originaria de Magdala, es una escultura de candelero y procesiona de rodillas, a diferencia de las demás imágenes de María Magdalena que salen en nuestra Villa, que lo hacen de pie (las de San Juan, Santo Domingo y El Calvario). En su mano derecha porta la copa de plata del perfume (las otras en la izquierda). Alejado en el tiempo queda el alfombrado de poleo de la calle La Carrera, aunque ya se han dado algunos pasos para consolidar su rescate. Aquí debo recordar que en Málaga, en la noche del Jueves Santo, y momentos previos al paso del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza, se esparce romero, que después recogen los devotos asistentes para llevar a sus casas. Y en la Ciudad de Antigua (Guatemala), donde en la Iglesia de San Francisco El Grande, yace nuestro Santo Hermano Pedro, tienen costumbre de alfombrar sus calles para las procesiones de los Días Santos, parecido a nuestros Jueves de Corpus Christi. Al ser la del Burrito más litúrgica, podemos considerar esta del Predicador la primera procesión de Semana Santa, además de ser la primera en ir acompañada de música. Y es, a partir de ahí o de cualesquier otra –y es un aspecto al que se le ha dado seguramente poca importancia-, cuando comienza a irse forjando muchas amistades duraderas, algunas de las cuales han culminado en uniones familiares (muchas parejas, y después matrimonios, surgieron de encuentros en la Semana Santa: un gesto, una simple palabra, un verse frecuentemente en las procesiones, en una calle o esquina y luego en otras, o en las plazas, o discurriendo por las aceras acompañando a las imágenes: “vamos a acompañar al Señor” es frase sentida que hemos oído repetidamente). ¿Y si en eso estuviera uno de los “designios inescrutables” de Dios? ¿Quién para dudarlo? El día ya va de retirada. Los rayos del sol de la mañana se van difuminando. El cielo luce una paleta de colores que pareciera una alfombra de la Plaza del Ayuntamiento. Y la Iglesia de San Francisco se apresta a regocijarse con uno de sus tesoros más señeros: es la procesión del SANTÍSIMO CRISTO DEL HUERTO Y NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD (la primera Soledad de la Villa, que se separa de la iconografía de nuestras Dolorosas, al no llevar espada, sino un corazón con siete puñales, que representan los Siete Dolores). El paso del Cristo, uno de los cuatro grupos escultóricos que salen en nuestra Semana Santa y que se aparta de nuestro tradicional “una imagen en cada trono”, es representativo del comienzo de la Pasión, por lo que el Señor sólo tiene los efectos del sudor en la Agonía de Getsemaní, en frente, mejillas y cuello, y sudor tanto natural como de sangre; con boca entreabierta, que refleja el momento de conversación con el Padre. Mi nacimiento, en el atardecer del 14 de abril de 1957, coincidió con su salida procesional. Después, el 14 de abril sólo ha coincidido con el Domingo de Ramos en 2019 y las próximas ocasiones serán en 2030 y 2041 (lo celebraremos si Dios quiere y si “antes no me llama a su lado”). La vinculación sentimental con el Señor de la Oración es evidente. Muchos los inolvidables momentos de su transitar procesional. Como su salida, en el marco de la puerta de la Iglesia de San Francisco, con el escudo franciscano de piedra en la portada; o la bajada por la calle San Francisco, flanqueado, por la izquierda, por la fachada del templo y el imponente portalón del antiguo Hospital de la Santísima Trinidad y, por la derecha, el antiquísimo drago de la plaza-jardín de flores bien cuidadas, mientras al fondo está la señorial casa canaria del Doctor don Domingo González García y, con nitidez, se ve la parte alta de La Orotava. Calle Hermano Apolinar (La Hoya). Quien venga acompañando la procesión (o el Jueves con el Crucificado) que se detenga al llegar a la calle Altavista y se recree al contemplarla: un reducto de una añeja Orotava. Quizá tormento para sus vecinos, pero recuerdo de las primeras vías de nuestra Villa. Que no la toquen. Hasta los ladridos de los canes de la familia Casañas guardan hoy respetuoso silencio al paso del Señor, como no queriendo despertar a los “amigos de Jesús” durmientes mientras Él se sumerge en la tristeza. Hay olores a pan recién hecho de los Perera. De regreso a su sede, el Olivo ya no podrá, como en tantos años, hacer que la añeja magnolia le mostrara un halo de envidia. El Señor hace estación en la puerta del Cementerio (“Con el Cristo de La Oración una Oración a Cristo por los difuntos”). La entrada en San Francisco, de cara a los fieles. Así como las Hermandades y Cofradías, anualmente, designan a sus Hermanos Mayores, la del Huerto además ha tenido un “Orfebre Mayor” en la persona de un artista sevillano de la plata, don José Jiménez Jiménez. Muchos de sus enseres pertenecen a su taller. Y, entre ellos, los ciriales de 1998, cuyo último pago, en Sevilla, se me encomendó por uno de los mayores impulsores de la Hermandad, aunque yo no pertenecía a la misma, el que debía abonar observando escrupulosamente las muy estrictas indicaciones que se me daban. El encargo fue cumplimentado en la forma en que estimé conveniente. Es Lunes Santo. Y desde San Juan Bautista hace su salida procesional anual el SANTÍSIMO CRISTO DE LA CAÑITA (en otros lugares ECCE HOMO O SEÑOR DE LA SANGRE). Cristo sufriente y doloroso. Su rostro (el de un Señor manso y paciente, que sólo desborda amor, perdón, comprensión, tolerancia) es el que lleva más sangre. Por su continua invocación, casi a diario, y aún en estos tiempos, se podría decir que es el Cristo de los jóvenes: “Ay Señor de la Cañita”, la expresión que contrasta con las de los de cierta edad, “Ay Señor de la Columna” o “Divino Señor del Calvario”. Comenzando la bajada por la calle León, aún –en ésta y en otras muchas procesiones del Farrobo- me parece ver en la puerta de su casa a aquel educado “señor”, de barbas blancas, que al paso de cualquier imagen, haciendo la señal de la cruz, se ponía de rodillas (ya ni ante el Santísimo en la calle –en muchas ocasiones tampoco en los templos- se hace este respetuoso gesto), era “Maestro Cecilio”. Cuán hermoso es el discurrir de la procesión, de anochecida, por la subida de la calle del Doctor Domingo González García (Castaño en su antigua denominación) a la vera de los dos molinos y los castaños, con la luna iluminando el Santo Rostro. Lunes de la feligresía de San Juan Bautista y Martes de la de Nuestra Señora de La Concepción. Como se ha dicho, una única Semana Santa y sin solaparse los actos procesionales de los distintos templos. En las manos del SANTÍSIMO CRISTO PRESO es donde más se aprecia el realismo y el drama interior que vive el Señor, que es portado en un trono adornado siempre por esterlicias. ¿Seguirá siendo una donación de la familia Salazar? Le acompaña SAN PEDRO PENITENTE en el paso de LAS LÁGRIMAS DE SAN PEDRO. Va de rodillas y sus manos fuertemente entrelazadas en señal de dolor y arrepentimiento por la traición y negación. Y tiene un significado el ir de rodillas: arrepentimiento. Por sus mejillas caen lágrimas de cristal ¿Por qué nos cuesta tanto el arrepentimiento e, incluso, el llorar? El símbolo del momento es el gallo, labrado en madera totalmente, que acompaña al Penitente. El paso del Señor, Cristo Hombre frente al tribunal romano, por el lateral norte de la Iglesia con las palmeras de las Plazas de Casañas y Patricio García, es un momento destacable y, seguramente, de los menos conocidos del recorrido. Así como el verlo con su sombra proyectada sobre la Casa Monteverde, con la trasera de la Iglesia y su iluminada cúpula (su elemento más característico e inspirada en la de la Catedral de Florencia). También el discurrir por la calle La Carrera a la altura de la Plaza del Ayuntamiento, donde mi hija, aún hoy, reviviendo el recuerdo más especial sobre la Semana Santa, y ahora transmitiéndoselo a sus hijos, quiere contemplar esta procesión donde va esa figurita pequeña que recuerda la traición y que sigue llamando el “gallino”. Ya es Miércoles Santo. Ecuador de la Semana Mayor. Este era el día en que en los Edificios Oficiales se izaba la bandera de gala para el Jueves Santo, que se arriaría a media asta, en señal de duelo, al día siguiente Viernes. Varios años presencié como solemnemente, don Enrique, el Sargento don Enrique, cofundador con don Domingo de la Banda de Cornetas y Tambores de San Juan Bautista, llevaba a cabo ese cometido en el Juzgado. Con el paso de los años entendí lo que él comentaba con mi padre sobre los “cargadores de Semana Santa”, que no eran precisamente los portadores de los tronos; aunque algunos también lo hacían y ya en la procesión de la tarde del Viernes la descoordinación respecto al ritmo de la música era evidente. También era el último día de las labores agrícolas y ganaderas. Y en las últimas horas, e incluso en las primeras del Jueves, el momento de las confesiones de los hombres. ¿Por qué cuesta tanto el acercarse al Sacramento de la Reconciliación si estamos seguros de la Infinita Misericordia del Padre? En la noche se enseñorea de las calles villeras el SANTÍSIMO CRISTO DE LA HUMILDAD Y PACIENCIA, de la Iglesia de San Agustín, acompañado por NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES. El Cristo es una plasmación de la reflexión serena de la melancolía. Ya despojado de sus vestiduras (su túnica a su lado significa tal despojo), a excepción del paño de pureza, espera humilde y paciente la crucifixión. Cuerpo dolorido, maltratado por el castigo y mente aturdida por los golpes. Un momento que siempre ha impactado a este pregonero: cuando por la calle Beltrán (lateral oeste de la Plaza de Franchi Alfaro), el Cristo, que lleva su cruz arbórea a su lado, pasa ante una de tantas cruces que en la Villa cuelgan en fachadas o en capillas., siempre lo oí y con cierta zozobra, es la “Cruz de los Ajusticiados”. De pequeño, en una ocasión, cuando se estaba produciendo la entrada en San Agustín, tal vez ensimismado con la Banda de Cornetas y Tambores de la Cruz Roja y su vistoso, cuasi militar, piquete de honor al Cristo, como niño inquieto subía y bajaba constantemente el bordillo de la acera, hasta que en una de ellas ocurrió lo que, también constantemente, me advertían: pérdida del equilibrio y mi boca al bordillo. Consecuencia: además de la aparatosa herida y su largo tiempo de cura, la caída de algunos dientes en los días posteriores (lo mejor: eran de los iniciales, de los llamados “de leche”). No recuerdo si humildad, pero paciencia sí que tuve hasta la total recuperación. Los niños y su “especial” atención a las procesiones. Mas, así y todo, no se sabe cómo, pero suelen mantener vivos los recuerdos. Jueves Santo. Comienza el Triduo Pascual. Muchos Jueves Santos. Cada uno con sus singularidades, sus sensaciones, sus emociones, sus lecciones. Una de ellas la de más grata y profunda memoria. Con mi mujer, compañera desde hace más de cuarenta y cinco años, treinta y seis de ellos de unión matrimonial, la que con “santa paciencia” ha venido soportando, entre otros muchos aspectos y defectos, mis inquietudes “semana santeras”, aquí y “cruzado el charco”, había acudido a hacer una visita a una Residencia Hogar dedicada a la atención de mujeres con algunas discapacidades, algunas psíquicas. Era mi primer contacto con aquellas “Niñas”. Sus risas, su cariño, sus muestras de afecto al recibir un abrazo o un estrechar su mano, hicieron que mis ojos, los de dentro, se abrieran de par en par para ver en ellas a ese Jesús al que celebramos en su Pasión y Muerte, pero sobre todo al que adoramos Resucitado. Ese día puedo decir que estuve un poco más cerca de Él y de algunos de sus “Ángeles Santos”. Tarde del Jueves. Celebración de la Cena del Señor, lavatorio de los pies y traslado solemne del Santísimo al Monumento. Eucaristía, Sacerdocio y Amor Fraterno. “Se convirtió en pan vivo que pudiéramos comer para vivir. ¡Se hizo tan pequeño y tan débil!. Pan, nada más, para saciar nuestra hambre de Dios. Por eso Él tomó pan, que es el más sencillo de los alimentos”. Así se expresaba Madre Teresa de Calcuta; añadiendo que Cristo no nos preguntará por cuántas cosas hemos hecho, sino por cuánto amor hemos puesto en nuestros actos. Muchas participaciones, en la Parroquia de San Juan, en las dos maravillosas lecturas del día. En la primera ocasión en que, un Jueves Santo, realicé una de aquellas lecturas, un querido miembro de la Hermandad del Santísimo, muy ligado a la Parroquia, con un algo de tristeza en sus ojos, celebró que fuera un familiar suyo el que le hubiera sustituido en lo que durante tantos años había llevado a cabo y que el paso del tiempo y su edad le hacía que cada vez le fuera más gravoso (mi primo Isabelino Pérez Acosta. Don Isabelino lo llamaban para distinguirlo de su hijo mayor). El lavatorio se viene haciendo a doce miembros de hermandades, principalmente, la del Santísimo; habiéndose ya pasado de aquellos tiempos en que se hacía a doce alumnos, en la Capilla de María Auxiliadora, representando a los apóstoles; y la de doce varones con escasos recursos, internos en el Asilo de Ancianos, en el lavatorio de la Concepción, que eran vestidos y calzados por las doce familias más pudientes de La Villa. Verdaderas obras de arte el ornato de los Monumentos, ya sea en flores, en luces y velas, o en elementos utilizados (altares, andas, tabernáculos….). No se puede esperar menos en atención para quien se ejecutan y el misterio que encierra. Mas, no se puede ensombrecer la necesidad de velar y orar, fijándonos en lo puramente estético. No puedo realizar una visita al de las Hermanas de la Cruz sin transportarme inmediatamente con el pensamiento a su Casa Madre, en Sevilla. Viendo la Capilla villera, el monumento y su especial adorno, pareciera estar en cualquier día en la capilla hispalense. Creo que fue en mi primer viaje a Sevilla en Semana Santa, de Jueves Santo a Domingo de Resurrección, año 1998, cuando al querer hacer una visita a Madre Angelita, me encontré con que el acceso no estaba permitido, explicándome, con todo el cariño que sólo una de su Orden sabe hacer, que la razón era que la mesa-urna de cristal donde ella reposa, a la vista, la oración, el agradecimiento o la súplica de los que allí se acercan, servía de base y altar a su Divina Majestad en el Monumento que se levantaba en su Honor. Que mejor altar para Nuestro Señor. Concluida la Misa Vespertina, de la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción, los hijos de la Villa, como lo hicieron sus antepasados desde 1585, vuelven a estar con el SANTÍSIMO CRISTO DE LA MISERICORDIA, la imagen más antigua que procesiona en ella y una de las más longevas en el archipiélago. Es la PROCESIÓN DEL MANDATO. Que las bellas y artísticas tallas que la integran no ensombrezcan lo que este título significa. Vano será un discurrir procesional si no es continuación de lo celebrado en el Templo y la puesta en práctica, sin ambages o disculpa alguna, de lo que nos pide: Amar como Él nos ama. A todos, con todo y siempre. “El Crucificado” (hasta no hace mucho tiempo esta era su usual denominación) es de iconografía clásica y mayoritaria: por un lado, con tres clavos, uno en cada palma de la mano (el del Altar de San Antonio María Claret lo es por las muñecas) y el tercero para los dos pies juntos (en algunas iconografías de Crucificados, sin embargo, se clavan los pies al madero de la cruz por separado, un clavo por cada uno, recordando, entre otros, al Santísimo Cristo del Consuelo de la Abadía de Santa María del Sacromonte en Granada, el popular Cristo de los Gitanos); y por otro lado, la posición ordinaria del pie izquierdo sobre el derecho, viniéndome el recuerdo de una creencia o leyenda muy extendida en Sevilla respecto al Cristo de las Mieles, imagen de bronce que se yergue en la glorieta principal interior del Cementerio de San Fernando, sobre que la posición inversa de los pies motivó el suicido de su autor, el escultor Antonio Susillo, y que yace bajo el Crucificado. A nuestro Cristo hay que verlo y admirarlo en su totalidad y por partes, debido a su perfecta anatomía. De extraordinaria belleza y dignas de piedad sus heridas abiertas y en carne viva las de su hombro derecho (con el que cargó la cruz) y las de las rodillas (por las caídas). Lleva corona de espinas en la misma talla. En Málaga al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, el llamado de Mena o de los legionarios, para cada Jueves Santo se le trenza una nueva corona de espinas natural hecha con ramas de la planta conocida como las “espinas de Cristo”, y que más tarde se entrega a alguna persona o institución con merecimientos acreditados para ello. Le acompañan en su salida tres señeras obras de Luján Pérez: la Dolorosa y Santa María Magdalena, imágenes de candelero o de vestir, y San Juan Evangelista, una talla completa con la cabeza, manos y pies esculpidos y el resto de tela estucada. Muchos son los momentos, las sensaciones y los recuerdos de su itinerario procesional: como puede ser la aparición del Señor en la puerta de la iglesia; o también, comenzando a subir la calle Tomás Pérez, en un atardecer; o en su transitar por la calle la Carrera reflejándose en el espejo de la esquina, donde antes colgaba la cartelera del Cine de Abajo, el Teatro Atlante. Admirarla en el último tramo de la calle La Carrera, hacia la confluencia de las calles Colegio (donde estuvo el Colegio de los Jesuitas) y San Francisco; donde sería imperdonable el olvido de Araceli y su balcón abierto para distintos actos de La Villa: para contemplar el discurrir de esta procesión, o la del Cristo a la Columna o la Solemne del otro Jueves Grande de La Orotava, el Corpus Christi. Balcón abierto como lo era su casa para agasajar con un desayuno, a los alfombristas de la zona en su quehacer de tan mágico día. Su amor a las cosas y aconteceres de la Villa no puede estar lejos del reconocimiento, aun lo sea póstumamente, de los villeros y de quienes los representan. Como tampoco puedo olvidarme de los descansos de los cargadores con las entrañables horquillas, y que, en una ocasión, por esa zona y por enredo en el hábito de la cofradía, todo el peso del trono del Cristo descansó con la horquilla sobre uno de mis pies. Aun sólo con el recuerdo siento el mal rato pasado. ¿Quién, al menos en una ocasión, no ha querido verla acercarse por la calle de la Hoya (Hermano Apolinar) desde la esquina con la calle León?. Los que asistieron a la celebración de la Cena del Señor en San Juan, con muchos esclavos del Santísimo Cristo a la Columna con sus trajes de luto, ahí la aguardan. Y desde el mismo lugar también extasiarse con la bajada por la calle Tomás Pérez, divisándose el contorno del Cristo y la cruz, teniendo de frente la fachada de la Iglesia con sus torres y su majestuosa cúpula, en un anochecer, aunque ya le faltará en esa preciosa panorámica las palmeras de ese lado de la Plaza del Ayuntamiento. Ya no hace su bajada por calle Tomás Zerolo hasta la calle Viera y desde ésta la subida por calle Cólogan. Recorrido que, aunque establecido para pasar ante los muros de la Cárcel, permitiéndose a los presos su acceso para presenciar la procesión, como también lo era respecto a las demás que por allí discurrían, se mantuvo ya sin esa finalidad, hasta hace muy poco tiempo, y que varió en unas pocas ocasiones para realizar el que ahora es tradicional, un año, y el siguiente el de abajo. Antes de la refundación, de la Cofradía de la Vera Cruz y Misericordia, en 1981, y durante varias décadas, eran fijos en portar el trono del Señor, y durante todo su recorrido, el grupo formado por Vicente Camejo, Antonio Pérez (“el cariñoso”), su hermano Ángel y Manuel Regalado (“el herrero”), y que se me perdone sus designaciones por cómo eran conocidos. No ocurría lo mismo con la trasera del paso. Y he aquí que, un Jueves Santo (primera mitad de la década de los setenta), cuando el Señor estaba ya en la puerta principal, a punto de salir, mi padre advirtió que uno de los varales estaba huérfano de cargador y me invito, con un imperceptible empuje, a que “echara una mano”, o mejor dicho a que “arrimara el hombro”. Así lo hice. Ese año, creo recordar, la procesión hizo el recorrido de abajo. Y no hubo relevo alguno. El peso del trono en sí no es de los mayores de nuestra Semana Santa, pero el balanceo de la Cruz con el Señor hace que se redoble. A la entrada de la procesión, un asombrado don Sebastián Hernández Cabeza, que regentaba la Iglesia de San Isidro (El Calvario) y que ayudaba en los días de Semana Santa al Párroco de la Concepción y Arcipreste, el aruquense que se quedó en esta Villa para siempre (sus restos descansan en nuestro Campo Santo), don Leandro Medina Pérez, felicitó y aplaudió el esfuerzo realizado. Fue mi primera participación cargando una imagen pasional. De ahí vinieron muchas más y durante muchos años; fuera como integrante de una hermandad o cofradía o sin pertenecer a ellas. Casi se rogaba la participación, so pena de suspensión de la salida procesional. Había en aquellos primeros tiempos un cierto temor a tener que realizar recorridos completos, lo que llevaba a retraerse a muchos posibles candidatos. Más tarde formé “equipo” (término cofrade por excelencia) con otros tres “locos” de la Semana Santa y sus procesiones: Santiago Luis, José Manuel López y Víctor Roberto Mesa, sustituido cuando ya no podía por motivos de salud, por Domingo Hernández Hernández. Una especie de “fiebre” nos acompañó durante largos años: no solo estábamos más que felices por cargar, sino que queríamos cárgalo todo, y cargarlo en todo el recorrido. Y ello nos llevó a ir ingresando en hermandades y cofradías que nos permitieran esa, para nosotros, grata labor (aunque los hombros, la espalda y la cintura lo sufrieran) respecto a las imágenes que sólo podían portar sus miembros (las de la Columna, el Nazareno, el Calvario o las principales del Santo Entierro). Y ¿es qué no ocurre actualmente lo mismo con una gran cantidad de jóvenes cercanos a las varias hermandades y cofradías de nuestro pueblo?. El futuro de nuestra Semana Santa, por ahora, está garantizado. Recuerdo con mucho cariño ese tiempo, al señalado equipo formado, a todos aquéllos con quienes compartí momentos entrañables llevando una imagen (muchos ya fallecidos), a los celadores y a los que buscaban los relevos, entre ellos a un “maestro” para los que vinieron después, don Ignacio, a quien, con máximo respeto y entrañablemente, llamábamos “Kiriko” (él nunca lo supo). El día está concluyendo. La Villa impaciente espera al SANTÍSIMO CRISTO A LA COLUMNA y el discurrir por sus calles. Villa de Arriba y Villa de Abajo nunca tan juntas y tan ensimismadas en una joya del barroco andaluz. Es deseo del pregonero que en lo que ha de expresar puedan sentirse identificados todos los villeros, así como los cofrades y hermanos, trasladándolo a sus devociones más íntimas. Gran parte de lo que de esta procesión les hago partícipes es extensible a cualesquiera otra de nuestras numerosas y de gran plasticidad procesiones. Cercana las diez de la noche, desde la calle de El Lomo o desde La Fariña, desde San Blas o desde las Cuevas, mis pasos me llevan a la Parroquia de San Juan en esta Noche Grande de Jueves Santo. También, aún en la distancia, en Zaragoza o en Las Palmas de Gran Canaria, en Madrid o en alguna Madrugada andaluza, al menos con el pensamiento y el corazón, siempre he querido estar junto a mi “SEÑOR”. Llego a la Plaza y, antes de empezar con las fuertes emociones que ayudan al espíritu, algo más mundano, pero necesario para el mantenimiento de la Esclavitud. Más de cuarenta y cinco años de pertenencia a la misma y este año ostentando la honrosa distinción de ser su Esclavo Mayor. Me abruma el no estar a la altura de los que me precedieron (el último, de quien recibí el báculo en la festividad del primer domingo de julio, fallecido hace escasos días, Jesús Pérez Domínguez, quien con su demostrada sencillez y humildad rechazó, pese a mi insistencia, el que me pudiera acompañar, previa petición a la directiva, en la salida procesional de esta noche, habida cuenta que él, en los dos años en que lo fue, por motivo de la pandemia Covid, no pudo realizarla). Me inquieta, además, el no poder ser ejemplo para los miembros de esta antigua, amplia y venerable corporación. Para ese mantenimiento, toca el anual pago de la cuota (si estuviere ausente, alguna de las “gemelas” me la abonará). Allí, en los bajos del salón parroquial, con los ojos del corazón, que son con los que hay que mirar lo que es importante, veré otra vez, con su sonrisa y una palabra amiga, a Pedro Tomás Valencia. Avanzo ahora por la nave de la Iglesia, la que tantas veces he recorrido, de niño, de joven, de adulto; pero con un algo de especial ahora: El Verdadero Señor, en su Cuerpo y su Sangre, está allí, en el hermoso Monumento que este año, como todos los años, unas artísticas manos, unas manos que resuman cariño, han elevado para EL. Y aunque, en la tarde, recordando su Última Cena, su mensaje y testamento de AMOR Y DE SERVICIO, ya lo he acompañado en su corto pero intenso traslado; de nuevo, de rodillas, unos minutos de contemplación, de oración, de arrepentimiento, de agradecimiento, de peticiones y de recuerdos para los que nos han precedido. Murmullos. No se guarda el recogimiento, respeto y silencio debido. Hay llamadas de atención. “Señor, si eres lo importante en este y todos los días de Semana Santa, si verdaderamente estás presente en ese efímero Sagrario, ¿por qué tantos y tantos hombres y mujeres enlutadas pasan ante TI y casi ni te miran, pues fijan su vista sólo en esas Benditas Imágenes que están en al Altar Mayor?”. Y una voz interior, aunque con una cariñosa reprensión de “no juzgues y no serás juzgado” y porque sólo Dios conoce la Fe de cada uno, me sosiega y me anima a incorporarme a los preparativos de la salida procesional. Y ¿si es que el Altísimo se vale de ello, de una procesión, para un peregrinar catequético, surgiendo arrepentimientos y conversiones en la que, en un principio, iba a ser una mera contemplación de unas artísticas y bellas tallas? y ¿aunque sólo lo fuera de la oveja perdida del evangelio o del hijo pródigo que quiere regresar? Y así como El guardó silencio ante la interrogación de Pilatos de “¿qué es la Verdad?”, su silencio a mis preguntas me pareció un tácito asentimiento. Me encamino al encuentro con el Señor atado a la Columna dispuesto, más que a ver, a escuchar. “La imagen de nuestro Santísimo Cristo a la Columna quiere explicarnos el sufrimiento desde el mismo sufrimiento. Es un canto a la victoria sobre el dolor en un abrazo al mismo dolor. Contemplándola, parece que emerge la belleza de la dignidad humana de entre un cuerpo destrozado, la fortaleza de entre la debilidad, la libertad y el poder de entre unas manos atadas y un ser atropellado, el amor y la comprensión de entre aquel cuerpo machacado por el odio”. Así se expresaba quien fue Vicario General de la Diócesis, el icodense don Mauricio González, al prologar el programa del III centenario de la donación de la imagen. La hechura de la talla del Santísimo Cristo (del Señor de la Columna) es del celebérrimo imaginero barroco sevillano Pedro Roldán, siendo ya minoritaria la opinión de que fuera de otro escultor, aunque lo fuere de su propio taller, y quedando sólo en el imaginario popular que lo hubiere concluido –se decía el pecho- una de sus hijas, Luisa, llamada “La Roldada. Igual que con el Crucificado de La Concepción, hemos de detenernos a contemplar a Nuestro Señor de la Columna desde todos los lados: de frente (su rostro y su mirada; sus manos; y sus rodillas); por la derecha, hacia donde gira la cabeza y cruza su penetrante mirada con quien lo observa y le abre su corazón; y, sobre todo, por su espalda desgarrada por los azotes. Manos abiertas, no agarrotadas por el dolor que se le inflige con los azotes. ¿Qué sentirá Eugenio, mi alfombrista amigo Eño, vestidor de tantas imágenes de Cristos, Dolorosas y personajes secundarios de la Pasión, cuando ata las manos al Señor?. En Málaga, respecto a Nuestro Padre Jesús de la Columna, su Cristo de Los Gitanos, al que detrás le van cantando los de etnia calé, y que en lugar de soga lleva cadenas, se dice que el escultor fue incapaz de ponérselas. Apresurado para salir. Nervios. Y de nuevo una voz, ahora me parece la del Señor amarrado a esa columna de escarnio: “Espera Juan, no seas impaciente, ¿no ves que mi custodio de tantos años, mi anciano don Domingo (Sí; el que te bautizó, te instruyó en el catecismo (bonita la palabra, hoy catequesis), te dio tu primera comunión, estuvo en tu confirmación, y el que con tanto desvelo levantó tu nueva Ermita de la Candelaria del Lomo), ha salido a la Plaza?, y no… en esta ocasión no es para reprender a los que la han ocupado como si fuera un campo de fútbol, sino para, al no tener otros medios de pronóstico climatológico, comprobar con el rudimentario, pero infalible, “extender la mano”, que no cae ni una gota de agua, pues aunque sólo lo fuera del simple rocío de la noche tendría disculpa para…“el Señor no sale”. Al benemérito Canónigo Honorario de la Santa Iglesia Catedral de La Laguna, le han acompañado en este “momento crucial” su apreciado Luis y su “alter ego”, don Jerónimo Hernández Jorge, quien, con su inconfundible y recordada voz, entonaba como nadie el “Nombre del Señor”, legado que supo trasmitir a Ángel Guardia, aunque él, ya de pequeño, estaba cerca de la música eclesial, del coro del que formaban parte las que aún mi nonagenaria madre sigue llamando “las Chicas de La Fariña” (Calaya, Carmilla y Lourdes). Guardia, con Paco, Vilehaldo, Jesús y compañía, dignos sucesores de los que en el correr de los años han estado al servicio de la Parroquia y de sus manifestaciones de Fe, se afanan en la organización de la salida. Sones de trompetas y tambores. Santa María Magdalena y San Juan Evangelista avanzan calle San Juan abajo. Y el Cristo en la puerta de la Iglesia. En 2003 alguien describió brillantemente la salida del Señor a la Plaza de San Juan: “¡Cuánta emoción contenida –decía- al mirar la tortura de Cristo flagelado, iluminado por la tenue luz de la noche solemne del Jueves Santo! ¡Cuánto fervor y recogimiento invade el entorno al iniciar su paseo anual! ¡Cuántos ruegos y oraciones se elevan en nuestro interior hacia el Padre en el momento en que el Cristo a la Columna sale a la plaza y a las calles para bendecirnos y rogar por aquellos que ya no pueden contemplarle junto a nosotros! Lentamente el Señor se acerca a la escalinata, mientras embelesa con su soberana presencia a los devotos que lo contemplan”. Son palabras de nuestro querido y añorado Iván García Sosa, que tan prematuramente nos dejó. Un nudo en la garganta al recordarlo. Y una palabra de ánimo encuentro al cruzar mi mirada con el Cristo, que parece confirmarme que, como los Ángeles y los Santos, y tantas almas buenas, mora junto a Dios Padre. A punto ya de que esa magnífica talla de un Jesús “flagelado y humillado, atado a una columna, (comience su andar “en el mágico escenario del Jueves Santo”), señoreando y bendiciendo a su paso las calles de la Villa”. Y… ¿por qué los tambores callan y sólo uno marca el compás? En el silencio, una oración echa a cantar: “Tristemente te buscaba, te buscaba y te encontré, por las calles de la Villa, a una columna atado y con tu Madre lloré” Y Choni terminó llorando y terminamos llorando todos, mientras se rompió la noche con un inesperado y espontáneo aplauso. Absortos, nadie advirtió que el Señor se vio aliviado en su flagelación, mientras pareciera que sus Manos de Bendición, también aplaudían. En un momento supremo de su vida, Cristo “se entrega en manos de los hombres, presentando las suyas abiertas para ser atado… (tal como escribiera en el lecho del dolor, cuando a chorros se le iba la vida, nuestro efímero párroco de San Juan, don Sotero Álvarez García, y que recordaba en su pregón, de 1993, Manuel Rodríguez Mesa)…Las manos del hombre, con las que el hombre alcanza el alimento –agregaba el presbítero-, las que le sirven de defensa en su vida…Unas manos que han quedado consagradas en la imagen del Santísimo Cristo como expresión de la bondad de Dios…”. “¿Era esta la primera catequesis de esta noche?”. No fue su primera malagueña cantada, pero sí una de las más recordadas, para la profesora de Lengua de varias generaciones y para muchos. Corría el año 1988 cuando comenzó la tradición del ofrecimiento al Cristo y a su Madre, de las Malagueñas Penitenciales. Pero, como lo de errar es de humanos, tengo un vago recuerdo de que en el año anterior, alguien, espontáneamente, en la Plaza, a la salida de la procesión, se arrancó con una saeta y los muchos siseos en petición de silencio impedían que se oyera nítidamente el “quejío” de aquella plegaria. Y ¿no era, quien hoy es sacerdote, que, aunque por tierras cordobesas, sigue vinculado a la parroquia, a la Esclavitud y a la Cofradía del Carmen, de las que es hermano, Carmelo Mª Santana Santana? Desde el lugar de El Paso, en los comienzos del Camino de Chasna, Candelaria del Lomo arriba, había bajado la malagueña a San Juan de la mano y esfuerzo para hacerla realidad, en ofrecimiento al Señor y a su Madre, de Pedro Pérez Rodríguez. Ya se avanza por la Calle Cantillo. Otra vez” murmullos y conversas” de los esclavos. “Señor no es momento de recogimiento y meditación en los Misterios que celebramos?”. “Juan… Juan… déjalos…, seguramente en esta noche es cuando se encuentran después de un año, y no me hacen daño con ello...reviven momentos de amistad… y en esos cruces de palabras, sus recuerdos, sus anécdotas… Ahí, estoy también Yo presente”. Desde atrás viene José Hernández, “Pepe el de Roes”: “sigan los hermanos”, “sigan los hermanos”. Con su alta figura, educado, pero enérgico. Si le llama la atención a su hermano Domingo ¿qué no hará con los demás?. ¿Cuántos hermanos, esclavos según denominación propia, a lo largo de estos más de dos siglos y medio habrán vivido con intensidad esta mágica noche: hasta mediados de 1938 con la opa carmesí y desde ahí con el traje negro y al cuello la cinta verde con la columna de planta?. Y uno de ellos, Fernando Estévez, ¿habrá encontrado en la procesión su inspiración para esculpir al San Juan Evangelista que habría de incorporarse a la misma? El que fuera juez de La Orotava, ya fallecido, José Luis Sánchez Parodi, malabarista de las palabras, efectuó una preciosa descripción de la bajada de la calle León, que podemos hacerla propia: “Los tristes y severos compases de la marcha que interpreta la banda del municipio empapan, como una lluvia fina, las casas de la empinada calle de Los Tostones, mientras desde abajo, en el oscuro horizonte aparecen tímidamente las tenues lucecitas de las redomas”. La bajada por esta calle ha sido reiteradamente exaltada, por ser única, bella y embriagadora. San Juan desciende adelantado por esa pina calle León. Las miradas mejores a su figura son las que les dirigen desde balcones y ventanas altas. “Ustedes los villeros – parece balbucear el Señor- no son andaluces, pero igualmente tienen guasa. Mira que llamar a mi Discípulo Amado El Enamorado”. San Juan Evangelista es una talla que, aunque completa y anatomizada, se recubre de vestiduras, las que, en parte, y como caso único en nuestras imágenes procesionales que repiten salida, se le cambia de vestidura, del Jueves al Viernes Santo. ¡Ay¡ los celadores de la Esclavitud. O de cualquiera otra hermandad. Que, con sus varas de madera o plateadas y con muchas incomprensiones de las filas de hermanos y hermanas, andan subiendo y bajando calles de gran pendiente, recorriendo kilómetros en unas pocas horas. Se acerca Isabelino, Nino para todos, buscando cargadores para un relevo: “¿Tienes equipo?”. “El Señor por delante”, “la Virgen por detrás”. Saltándose el protocolo coge en brazos a tal vez el más joven de los cofrades, su nietito. Pero su rostro refleja tristeza: busca a su querido David y no lo encuentra. Quiero decirle, pero me embarga la emoción y no puedo, que “con José su hermano, con Víctor, con Juan David y con tantos otros, como han dejado preparado todo en San Francisco para cuando casi de madrugada pase por allí la procesión, ya acompañan al Dios verdadero en el Cielo que nos tenía, y nos tiene, prometido a todos”. Santa María Magdalena, también imagen de vestir, que atribuida durante mucho tiempo a Fernando Estévez luego lo ha sido a su maestro Luján Pérez, se acerca, arrepentida y llorosa, a la Hijuela con su gran melena de doscientos quince tirabuzones al viento. Y, de nuevo lo escucho: “Recuerda que desde niño siempre oíste a tu madre, la que viene detrás, con las demás Damas, acompañando a la mía de Gloria, decir que parte de su pelo era de tu tía Carmen”. Un pelo de donaciones de varias villeras. Además, de la rama femenina de la Esclavitud del Santísimo Cristo, acompañan a la procesión la Cofradía de Damas de la Virgen de Gloria. ¿Les seguirán recordando –como en otras hermandades y cofradías- “el uso de los guantes negros, no calados, y que está totalmente prohibido el uso de joyas y de minifaldas, así como de prendas confeccionadas en gasas?”. Siempre habrá quien ignore las recomendaciones y luzca sus mejores joyas en esta noche, que debe ser de austeridad. Está concluyendo la bajada de la calle León. Y mientras en el silencio que nos embriaga vuelve a escucharse, no la dulce melodía que hiciera sonar un gigante del timple, don Agustín, con su morada un poco más arriba, sino el lastimero lamento de la malagueña desde el balcón de la casa del recordado cofrade Antonio Santos, impresiona la imponente Imagen del Señor y la proyección de su Sombra en la fachada. Ya desde la Hijuela han comenzado, y se detecta fácilmente viendo sus caras, los nervios en los muchos candidatos a portar las imágenes en la solemne entrada a la Plaza (muchos los llamados y pocos los escogidos). Volveré a oír una vez más, como “música celestial”: “¿puedes cargar?”. Y, olvidándome de mis problemas de hernias, ¿me atreveré si me lo piden?. Se escucha algún comentario de resignación: “Siempre son los mismos”. …No. ¡Ay! inexorable paso del tiempo. No podremos hacer una visita a la Iglesia de las Monjitas del Convento de San José, pero lo que, anualmente, se ha de presenciar e interiorizar hará que, tal vez con una mera emoción, haga recapacitar al mayor de los descreídos. Este año lo impedirá unas obras ejecutadas en momento no adecuado. Mas el pregonero, al menos con la palabra, desea que hoy lo podamos revivir. En 1914 fue la primera Entrada en la Plaza del Ayuntamiento (ya cumplido el primer centenario). Su promotor, el tenor don Francisco Miranda Perdigón, quien el año anterior había iniciado la aventura (locura se llegó a tildar y que, antes que sublime, sería el mayor de los ridículos) con la de la Procesión del Corpus. Ni una, ni otra. Al contrario, son actos soberbios e indescriptibles. Accedo a La Plaza con los mismos nervios, sensaciones y emociones de mi primera procesión pasionista: aquélla en que, con mi trajecito de primera comunión, confeccionado por unas artesanas de la costura de la calle Marqués, con la tela de uno desbaratado de mi padre (en los primeros meses de 1965 la economía no permitía aún los dispendios actuales: ni de trajes, pero tampoco de ágapes -el cartucho de papel con algún rosquete y unas jícaras de chocolate “La Candelaria” entregado en la Sacristía era el humilde desayuno de ese gran día), portaba una redoma con la medalla de la querida Cofradía del Carmen (la medalla del cordón, heredada, no la de la cinta de terciopelo marrón, y que me sigo poniendo en su festividad de julio). Muchas imágenes en la retina de este acto, de arte, pero sobre todo eclesial, que cada año se vuelven a repetir como si fuera la primera vez. La entrada al compás de la Magdalena y San Juan. Por su colocación pareciera que los dos amigos amados de Jesús, como muchos amigos y con excesiva frecuencia y por los motivos más peregrinos, estuvieran enemistados: no se encuentran sus miradas, sino que cada uno la dirige al lado contrario. Lección a extraer: lo hacen para mirar a cada sector lateral de la Plaza inquiriendo de los observadores un compromiso cristiano. El Señor se detiene antes de subir las escalinatas y espera a su Madre amantísima hasta que llegue a su altura para hacer la entrada juntos a lo que, por un momento, se convierte en un hermoso templo al aire libre, donde se desatarán las emociones y los recuerdos más entrañables, con memoria de los que ya caminan a nuestro lado pero desde la otra orilla; donde fluirán en nuestro interior las oraciones y plegarias más sentidas; escucharemos músicas que harán vibrar el alma y oiremos una reflexión sobre el momento que vivimos. Y de nuevo la voz que me ha venido acompañando: “Juan… ¿has visto que guapa viene mi Madre, la Señora de Gloria?”. - Guapa Señor-. “¿Y ves cómo gira su rostro a la derecha para cruzar su mirada con la Mía, aquí, al encontrarnos de nuevo, igual que como en el altar-retablo, en que los esperamos a todos, arriba en San Juan?”. …“¿Qué aprecias en su rostro, sus brazos y sus manos?”. Conozco que un meritorio profesor de arte, muy vinculado a la Parroquia, Jesús Hernández Perra, ya dijo que la Virgen de Gloria es la mejor representación del dolor de María salida de la gubia del escultor grancanario Luján Pérez. Pero, aunque lleva tres lágrimas que brotan de cada ojo y caen por sus mejillas, su rostro expresa un dolor glorificado, no como se ha dicho “de profunda angustia”. Con la mirada ligeramente a lo alto y con los brazos trazados en diagonal y manos en la forma extendida que los lleva, con total respeto a opiniones de doctos estudiosos del arte y de la interpretación de las Imágenes religiosas, así como de las sugerentes versiones sobre su origen, denominación y características, lo que a este humilde pregonero le sugiere es que no son de interrogación al Padre Eterno (¿por qué la Pasión de su Amado Hijo? Si ya lo intuía desde la predicción del anciano Simeón), ni de súplica al Altísimo para que pasara el suplicio a que se le estaba sometiendo a su querido Hijo. Más bien, me parecen ser brazos y manos de acogimiento: así como abrazó a Jesús en Belén, o como lo acunaba en su regazo siendo niño, cuando lo encontró después de estar perdido en el Templo, cuando lo recogió en sus brazos, muerto y descendido de la cruz, está haciendo lo mismo con nosotros, sus hijos. “Mujer, he ahí a tu hijo”. Como Madre actúa como todas nuestras madres: abrir sus brazos para acogernos, consolarnos, ayudarnos, estar a nuestro lado… en cualquier circunstancia y sin reproche alguno. Ya van subiendo los escalones Cristo y la Virgen todo lo junto que permiten las maniobras de los cargadores y ello hasta la mitad de la Plaza en que se hace el descanso, y todo mientras suena el Adiós a la Vida, de la ópera Tosca, de Puccini, magistralmente interpretada por la Agrupación Musical Orotava. Llega el momento menos deseado de los celadores: el de evitar el mínimo conato de desorganización. El de las mujeres, las que llegan primero, en su afán en ocupar la bancada que conforma el pie de las dos farolas centrales y el de algunos esclavos que siempre tendrán excusa para abandonar su lugar en una necesidad corporal, aunque sean otros los motivos. Y dejan la redoma a un compañero (algunos esclavos, con dos de ellas, parecieran “manga y dos ciriales”). Toca el canto coral. Según se cuenta, tiempo ha era costumbre, además de la intervención de la “Capilla Santa Cecilia”, fundada en 1912 y dirigida por el Maestro Antonio Sosa, contratar orquestas sinfónicas para este acto de la Plaza, así como cantantes solistas. Aun con los cambios de los tiempos (a coro y malagueñas), ésta siempre ha sido una noche en que lo musical es una valiosa ayuda para el recogimiento y el sentido espiritual de los momentos que se viven. Terminado, es el momento del “Sermón”. Y, aunque aún no nacido, por lo transmitido, me retrotraigo a 1946 (concretamente al 18 de abril, un Jueves Santo como éste). Y… ¿no es mi padre, como Alcalde, el que está en el balcón central del Ayuntamiento? En la lejanía se vislumbra su cara de sorpresa ante la inesperada e impredecible petición de un invitado, que por la tarde había recorrido la Villa: le solicita nada menos que autorización para hablar. No había tradición alguna, que no fuera la de la intervención musical y coral, pero la insistencia era tal, por la gran emoción que había causado en aquel señor el acto que contemplaba, sobre todo el impresionante silencio de la multitud, que se accedió a su requerimiento. Se trataba de Federico García Sanchís, novelista valenciano, crítico de arte, orador famoso por sus charlas y Académico de la Lengua desde 1940. ¿Qué dijo el charlista?. La espontaneidad del momento motivó que quedara para la posteridad. Pero, según me fue varias veces comentado, causó una gran impresión entre los fieles congregados, habiendo sido una preciosa pieza oratoria: a las imágenes le dio vida y con la Plaza, los tejados, parroquia de la Concepción con sus torres, las palmeras y el cielo despejado con la luna llena de Nissan…”viajó con la palabra” a la Primera Semana Santa de la Historia, en Jerusalén. Bendita tradición que se inauguró esa noche y se ha venido repitiendo. Nunca más con un seglar, sino con oradores sagrados. El sermón siempre a cargo de un elocuente orador sagrado. Ha venido acompañando, y lo seguirá hasta el regreso al templo del Farrobo, en correspondencia a la asistencia de la Esclavitud en el Martes Santo lagunero, una representación de la hermanada Real, Muy Ilustre y Capitular Cofradía de la Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Señora de las Angustias y Santísimo Cristo de Los Remedios, con sede en la Parroquia de Los Remedios (Santa Iglesia Catedral). Una larga noche les espera: de aquí a estar con el Cristo Moreno de la Madrugada de la Ciudad episcopal y universitaria. También está la Corporación Municipal, que, además de su medalla corporativa, porta la insignia de la Esclavitud en razón a ser esclavo mayor honorario. Algún que otro concejal, que ya lo eran también por tradición familiar, en esta ocasión dejan en suspenso su condición representativa para ser un miembro más de la Esclavitud o para colaborar en la organización del transcurrir procesional. Hay quien –a similitud de lo de cocinero antes que fraile- fue monaguillo, llevando un cirial o la manga, antes que edil. Contemplar todo el acto desde la propia Plaza, a media altura o desde los balcones del Ayuntamiento, mirando también al cielo, medio entre nubes, alumbrado con la Luna del Parasceve, no tiene paragón alguno. En la salida de la Plaza suenan los acordes de la marcha “Santísimo Cristo a la Columna”, que le compuso José Mesa Cabrera para la Semana Santa de 1978. Vago es el recuerdo de acercarnos hasta la Parroquia Matriz de la Concepción para hacer Estación de Penitencia. ¿Se suprimió por miedo a cumplirse una de las muchas leyendas que rodean a la Santa Imagen de Nuestro Señor: si dan las doce y permanece en la Villa de Abajo, se quedará para siempre en la Iglesia de La Concepción?. Nunca entendí que personas mayores y muy sesudas se lo tomaran tan en serio. Si el donante hubiera querido cederla a ella, -aquí otra leyenda-, el burro que lo transportaba cuando llegó a la Villa, se habría dirigido hacia la misma, y no habría preferido subir una gran cuesta para venir a San Juan. ¿O es que la razón era más simple, menos de mitos?: muchos de los esclavos, que no eran de la Villa de Arriba y para ahorrarse la penosa subida, dejaban sus redomas en La Concepción y abandonaban la procesión. ¿O eran otros motivos, no descartando las seculares discordias entre Parroquias?. Lo cierto es que se perdió un importante acto eclesial y un recorrido especial, máxime en un tiempo anterior en el que, saliendo de la Concepción y rodeándola por su lado norte, subía por la calle Colegio. ¿Será este especial Jueves Santo, donde se van dando pasos hacia el final de una Pandemia que ha azotado a la Humanidad durante dos largos años y donde con más intensidad se ora por la Misericordia del Dios Crucificado frente al horror de una monstruosa guerra, el que nos lleve a una visita al templo Matriz tan anhelada por los villeros? Mas, el recorrido actual es Calle Carrera arriba. Y en la esquina con Colegio, y, con un guiño, otro esclavo, Riquelme, parece decirme que ya está proyectando para el Corpus nuestra alfombra con el resto de colaboradores, en ese lugar donde se está haciendo un relevo de cargadores. Paso por el Cementerio. Muchas almas en las aceras, de villeros y de foráneos. Se siente aún más la brisa y el frío de esta noche. Calla la música y suenan de nuevo las malagueñas. Las que lanzan al silencio de todo el entorno de San Francisco, el acertadamente llamado en su tiempo “El Escorial de Canarias”, Lali y Pedro, a capela y desde uno de los balcones de esta magnífica calle. ¿Se puede dudar que no se hace Estación ante el Campo Santo? La malagueña es otro modo de rezar del canario. “¡Qué mirada, Madre mía, esta noche me has lanzado. Produciéndome una herida en mi pobre corazón. Por culpa de mis pecados!” Estación también, como desde siempre, ante la Iglesia de San Francisco. Antes los frailes del Santo de Asís, luego las monjitas de San Vicente de Paul y más tarde los seglares que mantienen vivo el Templo, entonan sus mejores cantos y rezos. Más arriba, en la confluencia con la calle Salazar, con sus hábitos de estameña marrón, toca blanca, velo negro y humildes lonas, algunas Hijas de Santa Ángela, las Hermanas de la Cruz, con Casa a unos pocos metros desde su fundación a finales de 1974, contemplan el discurrir de esta procesión solemne. Se turnan entre ellas para no dejar la adoración eucarística. ¿Por qué no acercar al Cristo a su Casa, haciendo estación ante el Santísimo? ¿No se lo han ganado con la gran obra que realizan con nuestras gentes más desfavorecidas? Qué felices serían con la visita. Ellas dan mucho y piden poco. Viendo al Señor, seguro estarán recordando las seis procesiones que, allá en la Sevilla de su Casa Madre, estos días hacen estación frente a su zaguán, esperando sus cantos angelicales y, entre ellas, la de la Ahijada de Coronación de la Compañía de la Cruz, María Santísima de la Esperanza Macarena. Tantos allí y ¿aquí no puede ser siquiera una Imagen?. Al ver a las monjitas extasiadas ante el Cristo me parece que las está mirando agradecido y asegurándoles que pronto así será. Y, hablando de Sevilla, por aquellos lares está extendida la opinión, casi certeza, de que nuestro Cristo “es lo que le falta a su Semana Santa para ser perfecta”. El profesor Bernales Ballesteros lo considera como “la mejor escultura hispalense que representa el difícil momento de los azotes”. Pero regresemos a la Villa y al recorrido que estamos siguiendo, donde un vecino cercano de las monjitas, Manolo, el de la pequeña tienda de productos de electricidad, con su voz de coral, comenta: “¿Otra vez a cargar el equipo jurídico?”. Y es que con Francisco Casanova (Neno) y sus hijos Esteban y Emilio, había formado otro grupo para juntos llevar imágenes en estos días de Jueves y Viernes Santo (Tres abogados y un procurador de los tribunales. Más jurídico imposible). Molino de Chano. Rumor del agua de la acequia y fragancia de la ropa limpia de los lavaderos. El olor del incienso se entremezcla con el del gofio, alimento primordial de los isleños, creando un aroma especial. Y la broma de Manolo tiene respuesta (en la mirada de serenidad y ternura del Señor parece esbozarse una ligera sonrisa): ahora es él quien, con su otro inseparable Manolo, y en la más penosa subida, ha de poner el hombro por delante, mientras un tercer Manolo, el de las locuras en la portería del Orotava, lo hace por detrás y empujando tal vez excesivamente para oír los sonoros y reiterados lamentos del primer Manolo. Sin tallaje, ni ensayos costaleros, sabemos que aquí en la Villa, donde todos los tronos se portan a hombros a diferencia de otros lugares, en las cuestas, los “pequeños” delante y los “altos” detrás, lo que se invierte en las bajadas. Ya queda poco. Este volcán de contradicciones, de sensaciones, de recuerdos, va llegando a su fin. Pero, antes toca el paso por los callejones de los Limoneros y de la Bicha, los de parte de mis juegos infantiles. Y a los que después de Semana Santa acudía con el grupo de amigos de mi barrio, con los que había formado una banda de tambores de juguetes y cornetas de plástico, seguramente adquiridos en la Venta de Plácido o en otras de los alrededores, para participar en las procesiones de algunas imágenes pequeñas o de simples estampas, adornadas en las esquinas de toscas basas con flores que se ponían en los envases de cristal de alguna penicilina. Si no está haciendo la vela en San Juan, o inquieta en algún quehacer en La Concepción, en la bocacalle de Limoneros esperará el regreso del Señor la siempre recordada, Amparo. Y en esta calle Nueva, casi toco con la mano una casita terrera canaria, la hoy número 20, en la que, el 2 de octubre de 1926, había nacido nuestro último gran escultor villero, “el escultor del pueblo” se le ha llamado, Ezequiel de León Domínguez. Es ya madrugada del Viernes Santo. La procesión ha concluido. “¿Cansado mi Señor?”. ”Feliz, si con mi paso por la Villa he llegado a los corazones y conseguido que sean mejores personas y mejores cumplidores de mi Mandato de Amor”. Con tanto vivido, las horas transcurridas, el cansancio…se hace necesario el sosiego y el descanso. Pero hay un grupo de personas que han de dedicar horas de sueño a retirar nuestras Imágenes titulares, Cristo y la Virgen, y preparar tronos e Iglesia para la Celebración y Procesión de la tarde. Habrá también quienes acudirán a otro “templo”, unos metros más abajo, para “reponer fuerzas”, y habrá quienes, en él, alarguen una animada charla hasta el momento de desplazarse a la Ciudad de los Adelantados, para presenciar la procesión de Madrugada del Santísimo Cristo de La Laguna: Aquél a quien las penas se cuentan y sin que se muevan sus labios, sin embargo, nos habla. Amanece y con los primeros rayos de sol del Viernes Santo la Villa se apresta a vivir la primera de las muchas procesiones del día y una singular ceremonia extendida por la Orden Dominica, y que ha quedado para siempre formando parte de nuestro acervo cultural de estos días: EL ENCUENTRO DE NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO Y SIMÓN CIRINEO CON LA SANTISIMA VIRGEN DE LOS DOLORES, SAN JUAN EVANGELISTA, SANTA MARÍA MAGDALENA Y LA SANTA MUJER VERÓNICA, que tienen su sede en la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán. Desde la más tierna infancia la conocí como la Procesión del “Paso”. Y al correr de los años me encontré con un Nazareno, también, y con ese título, el ya nombrado Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso, con salida entre el Jueves y el Viernes Santo, en Málaga. En la organización de la ceremonia del Encuentro, siempre Antonio Báez Martín, el Sacristán, custodio de los distintos aconteceres en el tiempo de Santo Domingo y que ha velado singularmente por la pureza de esta Ceremonia que viene desde mucho tiempo atrás, con ligerísimos cambios. ¿Le sustituirá algún día un inquieto cofrade de esta Parroquial de Santo Domingo y de otras Parroquias e Iglesias?: mires donde mires siempre está colaborando Gustavo. Como muchos otros hombres y mujeres que pertenecen a todas o casi todas las hermandades y cofradías (y eso también es una característica de nuestra Orotava y su Semana Santa). ¿Cuántas vivencias del momento?. ¿Cuánto se ha dicho del descubrimiento del “vero icono” que porta la Santa Mujer Verónica? ¿O de la carrerita de San Juan con su manto al viento y la tensión de los asistentes por si logra mantener el equilibrio?. Y otro año más se vive con el corazón triste y melancólico el Encuentro de Madre e Hijo. Se ha hablado, y mucho, y muy bien expresado, poéticamente dicho, sobre la figura de la Madre en este trance de la Pasión, pero también de las madres, de las nuestras, incluso de las abuelas, en el acompañamiento y las certeras explicaciones a sus hijos y nietos sobre lo que significa la Semana Santa y cada momento de la misma. Y el papel de los padres ¿dónde queda? “Recuerdo con mucho cariño –recientemente le ha dicho un hijo a su padre- aquellos días de Viernes Santos cuando era pequeño. Me levantabas en silencio temprano, tras unas pocas horas de sueño y salíamos de casa juntos sin hacer ruido. Me hacía sentir especial saber que esa mañana era tuya y mía. Recuerdo el olor a incienso, el rocío sobre las flores de La Orotava, el sol coronándola y aquellas túnicas que siempre quise tener para mí. Me revolvía nervioso mientras veíamos los distintos pasos acercarse y esperábamos que San Juan saliera corriendo en busca de la Virgen. Siempre me pareció poético y bonito que “Juanito” corriera al encuentro de “María”, por la similitud, en sentimiento y nombres, con nuestra familia. Se me llenaban los ojos de ilusión como niño, y se me llenan hoy día como adulto al revivir ese día y contemplar a nuevos niños emocionados esperando el momento. Procesión de los niños, también la llaman. Nuestra procesión la llamo yo. Uno de los recuerdos más especiales que guardo contigo en un rinconcito del corazón”. También, aún hoy, después de veinte años de su adiós, el pregonero sigue viendo en el portalón de la Casa Monteverde, el que da hacía la calle de los Alfombristas, a aquel señor ya mayor, trajeado de oscuro y corbata negra, como apropiado al día de luto, con su boina negra y bastón, presenciando la ceremonia. ¡Que cualesquiera sean las circunstancias de la vida o de las ausencias irremediables, que nunca nos falte la figura y presencia del padre, que nos siga alentando o aconsejando en todos los pasos de nuestro caminar por este mundo! Entrada la procesión del Encuentro y, sin tiempo para descanso alguno, ya se está acudiendo a la cita con el SANTÍSIMO CRISTO DEL CALVARIO, de la Parroquia de San Isidro. Siempre para los de la Villa será “Ermita del Calvario”. Con esta procesión se adelanta la muerte del Señor y desde la doce del mediodía se emprende la marcha hacia el Centro con un Cristo ya muerto y descendido de la cruz (hora sexta), con regreso y entrada a las tres de la tarde (hora nona), que es el momento histórico en que acaeció. Cristo ha muerto. Mas, al cruzar ese abismo tan profundo y oscuro que es la muerte, no está solo. Está en brazos de su Madre. Es una lección para el creyente. Cuando seamos llamados a presentarnos ante el Padre, nos estará esperando para acompañarnos, defendernos y ser nuestro intercesor, el propio Cristo, que, con su sangre, sus llagas y su muerte ha pagado el precio de nuestros pecados. Pero, también estará su Madre y Madre nuestra, quien también intercederá. Los dos, Cristo y María, nos piden que no tengamos miedo. Es una Piedad, aunque de siempre se le ha denominado como Calvario, por ser el lugar donde se entronizó la Imagen, un calvario a la entrada de la Villa, donde terminaban las estaciones de un vía crucis, con cruces de madera colgadas en las fachadas de algunas casas desde tiempo inmemorial. Desde su hornacina central del Altar Mayor, donde, durante todo el año, tiene la escolta de todos los villeros, representados por sus Santos Patronos, San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, baja a su trono de salida nuestra Piedad, el Señor del Calvario (no hay reproche de la Madre en que sólo se le designe a Él, nuestro Salvador y Dios). Y mientras procesione, en la pequeña capillita bajo la Ermita esperará su regreso, para que no haya la mínima orfandad, la reproducción en miniatura del grupo escultórico, de José María Perdigón, y que sigue siendo lugar de acercamiento para una oración, un donativo, unas flores…siempre que la sinrazón o maldad no se empeñen en causarle algún destrozo. ¿Cuántos orotavenses y cuántas veces al pasar a su altura lo saludan, aunque sólo lo sea con una simple señal de la Cruz?. Lo mismo ocurre con el mosaico del Cristo atado a la Columna, en la Villa de Arriba, primero en la esquina de la Casa Azul y ahora –desde 2006- en la fachada de la Casa Parroquial. ¿Y cuántos aquéllos que sólo Dios conoce su fe? No creo sea un mero hábito automático heredado de los mayores y realizado por una simple costumbre ya arraigada en el proceder. Comienza la procesión de la ternura. Por cómo se representan las imágenes de Cristo y su Madre y el resto de personajes secundarios, por cómo el Señor va en el regazo de una Madre dolorida, o por la menor envergadura de todas las imágenes. No sé. Pero eso es lo que al pregonero le transmite esta procesión. En la subida, procesión de gafas negras por el radiante sol que acompaña, al regreso ya no hacen falta, el día se ha nublado, como en aquel primer Viernes Santo en el Gólgota. Junto al trono del Cristo señoras descalzas en promesas y con varias velas. Algunas con hábitos del Gran Poder o de la Virgen de Candelaria. El recorrido nos lleva por tres lugares de la calle Nicandro González Borges (calle Verde) relacionados con órdenes religiosas: Los Salesianos, los Hermanos de la Divina Providencia y los Padres Paules. Y entre estos dos últimos, a la memoria llega el recuerdo de las galletas de doña Guadalupe, las de muchos de nuestros desayunos colegiales: los de la Escuela de la Concepción (escuela: ¡qué bonito nombre!) nos acercábamos hasta su dulcería siguiendo las calles La Quinta, Ascanio (aún un algo me produce desasosiego al pasar por ella, pues me parece que van a revivir las llamas del pavoroso incendio que asoló la carpintería o que los restos aún en pie se van a venir abajo) y la calle Araujo (la del Barranquillo). Una anécdota, en esta calle Nicandro González Borges (¿cuántos no habrán experimentado una situación similar?) y por la peculiar forma de asfaltado de nuestras calles, de ir progresivamente disminuyendo su rasante según se acerca a las aceras, al cargar con gente más baja e ir por uno de los varales centrales, todo el peso del trono del Señor recayó en mi hombro. En épocas pretéritas a la llegada a la Parroquia, para cumplir la Estación de Penitencia, antes de las actuales pláticas o reflexiones, se hacía el sermón de “Las Tres Horas” o “Las Siete Palabras”; práctica que, establecida y difundida por los jesuitas, ha ido desapareciendo, aunque se mantienen ejemplos destacados, como el del Viernes Santo en la Plaza Mayor de Valladolid. La “desbandada” de hermanos a casa de doña Eusebia, en estos dos últimos años, haría innecesario el control de aforo del templo, aunque producirían un desbordamiento en la pequeña casita de los huevos duros, los tollos y las arvejas del Viernes Santo. Un año don Leandro llamó enérgicamente la atención a los hermanos. Después de la estación en la Parroquia Matriz, la procesión transita por la calle La Carrera en su regreso a su Ermita, cuando, llegando a aquella casa que, desde 1900 y hasta su cierre, fue lugar de cultura, la Librería Miranda (hoy Oficina de Información Turística de La Orotava), y en la que nació el 3 de marzo de 1788 y desarrolló parte de sus excepcionales dotes artísticas, principalmente, como escultor, me imagino presenciando el cortejo, en general, y a su Piedad, en particular, la que talló en 1814, a Fernando Estévez, calificado con todo merecimiento “el mejor imaginero tinerfeño”. Este sueño sobre nuestro señero villero respecto a su Cristo del Calvario me transporta a lo que se dice de Juan Martínez Montañés, el máximo exponente de la escuela sevillana de imaginería, sobre que todos los Jueves Santos, en la noche, espera paciente, para recrearse, a la salida desde la Iglesia Colegial del Divino Salvador, de la ciudad hispalense, de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, de 1615, su obra maestra. Y ¿por qué no, en alguna ocasión, a Estévez le pudiera estar acompañando un joven platero, en cuya formación intervino decididamente el escultor, y que era hijo de un amigo y contemporáneo suyo, también platero, como lo era igualmente su propio padre Juan Antonio Estévez. Me refiero a Felipe Acosta Bencomo y su padre Domingo Acosta Dávila (mis bisabuelo y tatarabuelo por línea paterna); quienes elaboraban en su taller muchos de los modelos diseñados por el escultor y, entre ellos, el acrecentamiento de las gradas, adornadas con carteras y encajes en plata, y el sol de rayos estriados y unidos para rodear la custodia, de las andas que hoy disfrutamos en uno de los dos Grandes Jueves de la Villa. Por la calle de San Agustín se acerca a la Plaza del Kiosco. Antes porque no existía el Puente, ahora por recuperar esa estampa. Y aunque nos extrañemos, alguna vez transitó por dentro de la propia Plaza, por su lado norte, el que conocimos con los carritos móviles de Manolo, Paco o Eusebio, y los betuneros, y que era el lugar destinado al paseo de las gentes llanas del pueblo (el proletariado), porque la del sur era la reservada – y en palabras de Juan del Castillo- a los coburgos (la aristocracia villera). Nos puede parecer un anacronismo, pero era cierto ese distingo. Y aunque ahora vaya por la calle San Agustín, no lo hará contemplando el viejo cuartel, con su fachada almenada y garitas de guardia. Rodeada San Agustín, entramos en el último tramo, en bajada. Es de este lugar, lateral norte, la única foto que conservo de mi padre cargando una imagen: San Juan por delante con su primo Fernando Acosta. Ya no estará a su paso don Domingo el cura, que pertenecía a la hermandad, como tantos otros sacerdotes, junto a su hermano don Jesús, en el balcón de su casa en lo que siempre será para los de mi edad y para generaciones precedentes, sin tener en cuenta su denominación oficial, La Parada. Sí lo hará, en El Llano, Juan del Castillo, maestro de pregoneros o EL PREGONERO, en mayúsculas. Lo ha sido de nuestra Semana Santa, de las fiestas del Corpus y San Isidro y Santa María de la Cabeza, y de otras festividades. También en otros lugares de suelo isleño. Al paso por el lugar del cortejo procesional, durante largo tiempo, el olor a incienso se confundía con el del pescado salado de Los Molina, que, en este día de Viernes Santo, día de ayuno y abstinencia, es un imprescindible en los hogares villeros. Estamos cerca de que culmine nuestra procesión de mediodía, y junto al Hospital, hoy Centro Sociosanitario, de San Sebastián, ya no contempla el paso de las imágenes el edifico-ciudadela de “La Fortaleza” y sus antiguos moradores, entre ellos doña Agustina, una señora de pequeña estatura, pero –como alguien dijo- “con un corazón y bondad que abarcaba La Orotava entera”; como tampoco vemos aquel negocio con aire antiguo que tantos recuerdos dejó, y en el que adquirimos, seguramente para estrenar en algunos de estos días de la Semana Santa, nuestra primera cartera, un cinto, o un bolso. Las últimas fotografías, las de la entrada y con máquinas de carrete –hoy piezas de museo-, las tomarán los hermanos Portero. A los actuales enamorados de la fotografía, Vicente, Ismael, Jonathan, Francisco, Rubén, Damián y tantos otros, que han venido plasmando en los últimos tiempos instantáneas de gran belleza y de profundas lecciones de catequesis, nunca les estaremos lo suficientemente agradecidos por su labor de notarios de nuestra Semana Santa. Ya se han celebrado en las distintas Parroquias, Iglesias y Capillas conventuales los cultos conmemorativos de la Muerte del Señor, cuando la Iglesia de San Juan Bautista abre sus puertas para iniciar el traslado, con el máximo recogimiento, de su SANTÍSIMO CRISTO DIFUNTO (EL SEÑOR MUERTO) hasta su sepultura, en el propio Templo, después de recorrer las calles de ambas feligresías (ya no se cumple lo de “años nones por los Tostones, año par por el Hospital”). Es la PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO, en la que NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES, SAN JUAN EVANGELISTA, SANTA MARÍA MAGDALENA Y LOS SANTOS VARONES completan el cortejo funerario. Permítaseme que traiga al recuerdo a aquellas mujeres de los Altos de la Orotava, las mismas que veíamos a diario subir con diferentes elementos cargándolos sobre sus cabezas, en cestas o sin ellas, que en esta tarde bajaban hacia San Juan y, a la altura de la que llamábamos la “Casa Azul”, como una especie de ritual, se cambiaban sus lonas por calzado más acorde a la solemnidad. Y los rudos hombres que subían también diariamente para sus casas, portando en sus bestias, o ellos mismos sobre sus hombros, “rolos” u otros alimentos para sus animales, sin que les faltare como aditamento inseparable el cesto en el que habían traído a sus trabajos en las plataneras de la parte de abajo del Valle su almuerzo, se acercaban a la Iglesia con sus humildes, pero mejores “galas”. También en la memoria aquella señora, con la que tenía lazos familiares, que no se perdía la asistencia a lo que se denominaba la “media misa”, por no efectuarse consagración. Era su particular estar junto al Señor y a su Madre en el doloroso trance y hasta su salida procesional. Nunca le pregunté el motivo y nunca me lo reveló. Sus hijos tampoco lo supieron. Tal vez debido a las labores a las que se dedicaba diariamente, muchas horas diurnas y varias a la madrugada, sólo podía acudir al encuentro con el Señor esta tarde. Tal vez, por su cercanía a la Ermita de la Piedad, adelantaba a este día lo que en diferentes programas se proclamaba para el Sábado en el Retiro de la Dolorosa: “La Ermita permanecerá abierta para acompañar a la Virgen”. Es nuestra costumbre canaria de acompañamiento, antes y después del entierro y en días posteriores, a los deudos del difunto. Al Santísimo Cristo Yacente (nuestro Señor Muerto), anterior a 1620, de la escuela sevillana de Martínez Montañés, atribuido a uno de sus discípulos, Francisco de Ocampo (el mismo al que se le asigna el Cristo de la Misericordia de Los Silos o el portentoso Crucificado de la Madrugada sevillana Señor del Calvario), se le traslada en una bella urna dieciochesca de plata repujada, del orfebre lagunero Pedro Merino de Cairós. Cada lustro, en los años terminados en cero y cinco, y antes de la procesión, tiene lugar el ceremonial de un impresionante momento de la Pasión, el Descendimiento. La última ocasión en el año 2015, al haberse suspendido la de 2020 por motivos de la Covid. ¿Habrá de esperarse al 2025 para contemplar la próxima?. ¿Y, en lugar de cada cinco años, no pudiera serlo anual o bianualmente?. Si así se estableciera habría de serlo no para una mera escenografía o teatro, sino con una finalidad catequética. Estamos en la procesión de la tarde-noche, la que sobrecoge por su silencio y la emoción que produce. Y que comienza con los estandartes y cruces parroquiales de San Juan (mangas y acólitos hoy revestidos de negro), así como de las parroquias que acuden a la salida, sin esperar a su incorporación en San Francisco (antiguamente todas lo hacía desde San Juan). Una circunstancia, presenciada, a tener muy en cuenta, que años ha era de suma importancia y motivo de vivos desencuentros, la prelación o preferencia en el orden de las hermandades. ¿Alguna vez se han fijado en la gran copa que lleva Nicodemo comenzando a subir la calle San Juan, con el lustre en la limpieza de la plata que han llevado a cabo, y vistos reflejados en él la fachada de la Iglesia y el gentío en la Plaza esperando la salida del Señor?. ¿Cuántas manos a lo largo del tiempo y cuántas horas dedicadas a dar lustre a la plata de nuestras Iglesias: de sus enseres para la liturgia o de sus tronos, peanas, jarras, candelabros…?. También el pregonero, en su etapa en la Escuela de La Concepción, participó en alguna ocasión en esa ardua, pero al final, por el resultado visto, gratificante tarea, en la Parroquia Matriz. Ya en la puerta el Señor Difunto e inmediatamente detrás su Madre. En el interior sigue sonando, con los acordes de alguno de los dos órganos barrocos, hoy teniendo como organista a Álvaro, en tiempos pasados a don Domingo Delgado González (Domingo Febles), “La muerte no es el final”, cuando en el exterior la Banda de Cornetas y Tambores interpreta el Toque de Oración, con redobles de tambores primero suave, que van “in crescendo”, con el sonido de trompetas, hasta terminar con un golpe final, ronco y enérgico. Impresionante. El Señor avanza hacia la sepultura pasando por calles de la Villa de Arriba, de gran sabor patrimonial canario, las de Marqués (antigua de la Canal), Centella (en las ventanas altas de una de sus casas, lo presenciaban unos familiares cercanos –entre ellos una de mis hermanas- que ya nos han dejado), Claudio o la antigua Duque, hoy con el nombre de nuestro recordado don Buenaventura Machado, el “médico de los pobres” e impulsor de las Hermandades del Santo Entierro y de la reorganizada Vera Cruz y Misericordia. Fuere por obras en vías u otras circunstancias, los años ya no permiten una mejor determinación, los angelitos de la Capilla de la Cruz del Teide, en su primigenia ubicación, de 1859, también, arrodillados, oraron alguna vez al paso del cortejo, camino de San Francisco por la calle Salazar. Ya estamos ante la entrada de la Iglesia de San Francisco y el Señor accede a cumplir su anual “visita” a la que fue su morada primera. Hoy sólo Él, antes su Madre Dolorosa también. Llegan ecos lejanos del retumbar de los tambores y ya San Juan, casi totalmente a oscuras, se ha ido llenando con los “adelantados”, que han acudido a por los mejores sitios para presenciar la ceremonia de la sepultura. Es una experiencia única la de aguardar en el interior del templo la llegada de la procesión. En la puerta, y volviendo al pasado, ¿estará esperando mi pequeña hija, o la de cualquiera otra persona, para que el Alcalde, además cofrade, la tome de la mano para llevarla hasta el interior y que así pueda tener una visión privilegiada de esa ceremonia que tanto impresiona a los mayores. ¿Cuánto más a los niños? El momento culminante de la Sepultura ha llegado. Y mientras suena en el interior del templo el Adiós a la Vida, sobrecogidos contemplamos como, con la sábana que le retiran a José de Arimatea, todos los sacerdotes asistentes (aún siento la presencia, entre otros, del que, siendo natural de La Perdoma, terminó su sacerdocio como Párroco de Santiago Apóstol de Los Realejos, don Antonio Hernández Oliva, asiduo ayudante de don Domingo en el Viernes Santo) alzan al Señor, por tres veces y a diferente altura, mostrándolo a los fieles. Colocado en el interior del catafalco, concluye la ceremonia con la bajada de la tapa, con golpe incluido (ahí está para llevarlo a cabo Jesús González o, antes, Manolo Expósito). En el recuerdo, agradecido, los sacerdotes de San Juan y del resto de la Villa que, habiendo participado en esta ceremonia, viviéndola con intensidad, ya también ellos han partido a la Casa del Padre; especialmente a los últimos Párrocos, a los que conocí y con quienes compartí momentos y vivencias de fe: don Domingo, don Sotero, don Antonio y don Pedro. Hemos celebrado una año más el Misterio de la Muerte del Señor, y como paso a la gran alegría de la Pascua, pero en este final del día, fijémonos en María y ofrezcámosle, en su Retiro, en su Silencio y en su Soledad, el testimonio de una auténtica vida cristiana, profundizando en nuestra Fe, de tal manera que se traduzca en un comportamiento del todo acorde con el Evangelio. Vive la Humanidad momentos difíciles. En la sociedad actual campean como “valores” a seguir el egoísmo, la incomprensión, la más brutal insolidaridad, que engendra odios, guerras, pobreza y marginación, con todas sus crueles consecuencias. Pues bien, ante la contemplación de la Virgen y de lo que ella representó y representa en los planes de Dios, entremos en nosotros mismos, despertemos nuestra conciencia, avivemos los mejores sentimientos de nuestro corazón, para dar vida a un “valor auténtico”: El Amor. Ese amor que comporta desterrar nuestro egoísmo, nuestra hipocresía, nuestra soberbia, y acercarnos al otro, al hombre, que, por ser hijo de Dios, es nuestro hermano y ayudarlo, comprenderlo, exhibiendo en ese gran empeño nuestra humildad y nuestra limpieza de alma. Así, en esa rectitud de conducta puesta a los pies de María, junto con las velas, los rezos y las flores, será nuestro mayor y mejor homenaje. Pero para un católico la muerte no es el final y porque lo creemos nos reunimos en la noche del Sábado Santo o de Gloria. La de la VIGILIA PASCUAL. Hay cierto retraimiento a la participación en lo que se celebra en esta noche. La excusa: “es muy largo y complejo”. Pero es la más importante del año. La razón de nuestra Fe y la que con tanto mimo nos inculcaron nuestros antepasados. Al canto del Gloria, previo estruendo –aunque se espera, siempre coge de sorpresa-, símbolo de la Resurrección (rodar la piedra que tapaba el Sepulcro), se descorre el velo negro que venía tapando el Altar Mayor. Ese estruendo puede llevarnos a la tentación de asimilarlo al golpe que da la tapa que cierra el catafalco en el Viernes Santo y quedarnos en ese momento, pero el sepulcro ya está vacío: “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”. Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra Fe. Es Domingo de Resurrección, “Domingo de Pascua Florida”. Y en esta Villa Eucarística SU VERDADERO SEÑOR y el de todos los que quieran seguirlo en su doctrina de Amor sale en PROCESIÓN SOLEMNE y SACRAMENTADO desde la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción (al tiempo que lo estará haciendo en la Perdoma o como ya lo fue en la noche de la Vigilia en San Juan y La Luz). …Y lo hace bajo palio, en la Custodia gótico-manuelina, de plata sobredorada, y a los acordes de la Marcha Real o Himno Nacional, bajo una lluvia de flores. Y, mientras, las campanas de los campanarios del siglo XVIII, que enmudecieron en la tarde del Jueves Santo, y sobre todo las de la Torre Norte, ofrecen lo mejor de sus sonidos, su música, al Resucitado. Es el momento de los” repicadores de campanas” (que en el año pasado recibieron el XVIII Premio de Artesanía y Patrimonio Villa de La Orotava, en el marco de la Feria Anual de Artesanía de Pinolere), que anuncian con jolgorio y alegría la Gran Fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor, -como alguien ya ha dicho- con algunos de los toques o repiques de campanas de uno de los mayores y más relevantes repertorios de Tenerife. Amplio catálogo que aún hoy en día continúa vivo gracias al entrañable y centenario traspaso generacional de acólitos y sacristanes. Fluyen a la mente los nombres de Tomás Luis Expósito, Juan de Dios León, Luis Perera (en La Concepción) o Jesús González, Juan Manuel Yanes (recientemente fallecido), Paco… (en San Juan), y tantos y tantos que a lo largo de los años han mantenido este patrimonio cultural de La Orotava. Acompañan las Hermandades y Cofradías de la Parroquia, incluidas las de las Iglesias de San Francisco y San Agustín, y también la del Calvario de la Parroquia de San Isidro. Siempre me he cuestionado el por qué, si todas las de la Villa acuden a la Procesión del Santo Entierro, no se hace lo mismo con ésta, Solemne y con su Divina Majestad, que además es la más importante y cierre de la Semana Santa. VILLEROS Y FORÁNEOS: se acercan los días en que la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo vuelve a hacerse presente en esta nuestra Orotava. Estaremos felices y cantaremos en la Ceremonia de Los Palmitos y su procesión litúrgica en cualquier rincón del municipio. Recibiremos agradecidos la bendición del Señor que entra triunfal en nuestros corazones, como lo hizo en la Jerusalén de su época, ya sea en Los Salesianos o desde el Calvario del Pago de Higa. Oiremos su predicación en La Concepción, tomando como ejemplo la conversión y arrepentimiento de la Magdalena. Nos uniremos en el Amor en el recordatorio de la Última Cena. Le acompañaremos en su Agonía de Getsemaní, sin querer llevar una dormida vida cristiana, como los apóstoles de San Francisco, y sí por el contrario confortadores, como el Angelito, del sufrimiento de nuestros semejantes. Tampoco desearemos negarlo, aun viéndolo preso, como tantos hombre y mujeres de nuestro mundo. Nos dolerán los azotes que sigue sufriendo, atado a columnas de escarnio, en la Perdoma y en San Juan, porque continúa el hambre y la guerra en varios lugares del mundo. Sufriremos con Él la burla tan generalizada respecto a su Iglesia, viendo al Señor con una corona de espinas, un manto púrpura y una Cañita, como en San Juan. Resolveremos ayudarlo a cargar la Cruz de tantas injusticias como si fuéramos el Nazareno de La Luz o el de La Perdoma. Y en los caminos de los calvarios de cada mujer y madre comprometernos a salirles al encuentro, enjugando sus sufrimientos como la Verónica del Encuentro. Nadie más despojado de su dignidad humana como en Santo Domingo por los sayones del poder establecido. Humildad y Paciencia le pediremos en San Agustín. Como en el Gólgota o en la Iglesia del Rincón le suplicaremos que, a la petición de que se acuerde de nosotros, recibamos también, como el Buen Ladrón, la promesa de “hoy estarás conmigo en el paraíso” y también de sus labios oír, como el Señor del San Antonio María Claret, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y aunque se le esté escapando la vida al Crucificado en La Florida, La Perdoma, El Barranco de La Arena o en San Francisco, que no reneguemos nunca de la Cruz, la nuestra (“No hay nadie que viva sin cruz y el que huya de una, encontrará otra mayor”. Sor Ángela). Misericordia le pediremos en La Concepción, mas también le agradeceremos, ante La Dolorosa y el discípulo amado, que antes de morir nos dejara uno de sus últimos regalos más preciados: a su Madre como Madre nuestra. Le suplicaremos, a Él, Señor de las Tribulaciones, que esté a nuestro lado en tantos momentos de zozobras. Y en la Capilla del Cementerio, oraremos por los que nos siguen acompañando desde la otra orilla y para nosotros imploraremos una Buena Muerte. Que no se nos olvide nunca cómo, siendo ricos, gentes principales, miembros del Sanedrín, aunque al principio de noche y a escondidas, José de Arimatea y Nicodemo perdieron el miedo para seguir a Jesús y que desde El Calvario o desde San Juan nos sigan recordando su ejemplo. Y que Yacente en La Perdoma y sepultado en San Juan nos refuerce en el ejemplo de entrega hasta el final, para poder obtener la recompensa de una vida mejor a su lado. Y siempre presente María. María en sus Dolores de la Pasión. “Sufrió más que si todo aquello lo hubiesen realizado con ella, porque se sufre más viendo sufrir que sufriendo, cuando se ama al que sufre más que a uno mismo”. María en el encuentro con su Hijo en el Camino de la Amargura; al pié de la Cruz en el Gólgota en su crucifixión, agonía y muerte; con el Hijo ya muerto en su regazo después de descendido y en el acompañamiento hasta su sepultura. Y, después, María en su Soledad, su Retiro y su Silencio. Pero, sobre todo María que, como redentora, nos anuncia la Gloria. Gloria que es la de la Resurrección, fundamento de nuestra Fe. Cristo HA RESUCITADO. Y, verdaderamente presente, se paseará por Nuestra Villa en el Día Grande de los Cristianos. Cristo vencedor de la muerte y que vive para siempre, al que hemos de acudir en todo momento, pues es Salud y Perdón. Al mismo Señor Resucitado que ansiosos esperamos, siguiendo el camino a nuestro lado, verlo de nuevo transitar por las calles alfombradas de esta su Villa Eucarística cuando con ÉL, celebremos la Fiesta de su Cuerpo y de su Sangre. FELIZ CUARESMA, FELIZ SEMANA SANTA Y, SOBRE TODO, FELIZ PASCUA DE RESURRECIÓN. HE DICHO…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

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