domingo, 15 de octubre de 2023

ROSA DE ARA II


ROSA DE ARA: EL ENIGMA QUE FLORECE EN EL ADOQUÍN VILLERO

La historia de los pueblos no solo se escribe en los grandes pergaminos oficiales; a menudo, late con más fuerza en el misterio de sus esquinas, en los nombres antiguos que se resisten a morir y en la generosidad de los amigos que custodian el pasado. Fue un quince de octubre de dos mil veintitrés cuando Sixto Trujillo García, insigne guardián de los recuerdos de nuestra Villa de La Orotava, me obsequió una mirada al ayer: una insólita y bellísima fotografía fechada en el lejano año de 1864. La imagen retrataba una vía mítica y singular de la Villa Arriba, del entrañable barrio de El Farrobo: la calle Rosa de Ara, aquella que el lenguaje popular y el ingenio de antaño bautizaron alguna vez como el «callejón Mataperros».

Esta calle es un cordón umbilical que une la memoria urbana y agrícola de nuestro municipio. Nace con paso firme en la calle León-Tostones —en el tramo que hoy rinde honores a Rómulo Betancourt, justo al abrigo de la emblemática Casa Azul—, cruza con solera la calle San Juan y culmina su andadura en la calle Doctor Domingo González, conocida por todos como Castaño o la calle de Los Molinos.

Al contemplar la vieja estampa, una pregunta brota de forma inevitable, casi como un susurro ejemplar que desafía al tiempo: ¿Quién fue, verdaderamente, Rosa de Ara? A falta de documentos oficiales que desvelen su identidad en los archivos que tengo al alcance, la imaginación se vuelve nuestra mejor aliada. ¿Habrá sido acaso una dama de porte distinguido o una mujer humilde de gran corazón que habitó esos parajes y dejó una huella tan profunda que el pueblo decidió perpetuar su nombre? El enigma sigue suspendido en el aire orotavense, como un poema sin terminar. ¡Ojalá la historia nos devuelva algún día su rostro! ¡Ojalá supiéramos quién fue para rendirle el tributo que merece!

Aquella estampa de 1864 nos regala una lección de vida y un ejemplo de convivencia armónica entre el hombre y su entorno. Por entonces, la calle Rosa de Ara discurría abrazada por ricas fincas, en el corazón de una eminente y próspera zona agrícola. Era un paisaje vivo donde el agua cantaba en su viaje hacia los ingenios de los hombres. De toda aquella exuberancia del pasado, emerge hoy un testigo vivo y monumental que ha sabido burlar el paso de los siglos: la majestuosa Magnolia. Anexa al cuarto artefacto de nuestra histórica ruta molinera villera, sigue en pie, floreciendo cada primavera como el recordatorio de que la belleza y la naturaleza son los retablos más duraderos de nuestra propia historia.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

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