ROSA DE ARA: EL ENIGMA
QUE FLORECE EN EL ADOQUÍN VILLERO
La historia de los pueblos no solo se escribe en los
grandes pergaminos oficiales; a menudo, late con más fuerza en el misterio de
sus esquinas, en los nombres antiguos que se resisten a morir y en la
generosidad de los amigos que custodian el pasado. Fue un quince de octubre de
dos mil veintitrés cuando Sixto Trujillo García, insigne guardián de los
recuerdos de nuestra Villa de La Orotava, me obsequió una mirada al ayer: una
insólita y bellísima fotografía fechada en el lejano año de 1864. La imagen
retrataba una vía mítica y singular de la Villa Arriba, del entrañable barrio
de El Farrobo: la calle Rosa de Ara,
aquella que el lenguaje popular y el ingenio de antaño bautizaron alguna vez
como el «callejón Mataperros».
Esta calle es un cordón umbilical que une la memoria
urbana y agrícola de nuestro municipio. Nace con paso firme en la calle
León-Tostones —en el tramo que hoy rinde honores a Rómulo Betancourt, justo al
abrigo de la emblemática Casa Azul—, cruza con solera la calle San Juan y
culmina su andadura en la calle Doctor Domingo González, conocida por todos
como Castaño o la calle de Los Molinos.
Al contemplar la vieja estampa, una pregunta brota de
forma inevitable, casi como un susurro ejemplar que desafía al tiempo: ¿Quién
fue, verdaderamente, Rosa de Ara? A falta de documentos oficiales que desvelen
su identidad en los archivos que tengo al alcance, la imaginación se vuelve
nuestra mejor aliada. ¿Habrá sido acaso una dama de porte distinguido o una
mujer humilde de gran corazón que habitó esos parajes y dejó una huella tan
profunda que el pueblo decidió perpetuar su nombre? El enigma sigue suspendido
en el aire orotavense, como un poema sin terminar. ¡Ojalá la historia nos
devuelva algún día su rostro! ¡Ojalá supiéramos quién fue para rendirle el
tributo que merece!
Aquella estampa de 1864 nos regala una lección de vida y
un ejemplo de convivencia armónica entre el hombre y su entorno. Por entonces,
la calle Rosa de Ara discurría abrazada por ricas fincas, en el corazón de una
eminente y próspera zona agrícola. Era un paisaje vivo donde el agua cantaba en
su viaje hacia los ingenios de los hombres. De toda aquella exuberancia del
pasado, emerge hoy un testigo vivo y monumental que ha sabido burlar el paso de
los siglos: la majestuosa Magnolia. Anexa al cuarto artefacto de nuestra
histórica ruta molinera villera, sigue en pie, floreciendo cada primavera como
el recordatorio de que la belleza y la naturaleza son los retablos más
duraderos de nuestra propia historia.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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