miércoles, 19 de agosto de 2026

SAN AGUSTÍN Y EL AMOR AL PRÓJIMO: A DIOS NO SE LE ENCUENTRA CAMINANDO, SINO AMANDO

(Fotografía de la colección particular del autor, tomada con su propia cámara, que plasma la imagen de San Agustín venerada en el templo agustino de la Villa de La Orotava).

I. LA BÚSQUEDA Y EL DESTELLO DE LA GRACIA

El 28 de agosto de 2020, Agustín Armas Hernández, entrañable amigo del Puerto de la Cruz y miembro de la Fraternidad Agustiniana, nos brindó estas reflexiones, en homenaje al insigne Doctor de la Iglesia.

Recuerda la tradición que Agustín de Hipona se acercó en un primer momento a las Sagradas Escrituras con el orgullo del retórico consumado. Acostumbrado a la elegancia estilística de Cicerón y a la filosofía clásica, la Biblia le pareció una lectura tosca, casi un lenguaje para ignorantes. Incapaz aún de percibir el Espíritu que latía tras la letra, el joven norteafricano permaneció ciego a su verdad interior.

Sin embargo, en el designio divino no hay extravío eterno. En Milán, la elocuencia profunda y alegórica del monseñor San Ambrosio comenzó a desmantelar los prejuicios intelectuales del joven maniqueo. A la par, las lágrimas incesantes y la oración callada de su madre, Santa Mónica —ejemplo imperecedero de fe perseverante—, fecundaban el terreno de su alma. La conversión no tardaría en germinar. Al releer los textos sagrados con el corazón despojado, el filósofo inquieto no pudo sino exclamar con estupor contemplativo: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva! ¡Aquí habita la verdad de la vida!».

II. DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ: CRONOLOGÍA DE UNA CONVERSIÓN

La transformación espiritual de San Agustín, acaecida en el siglo IV, constituye uno de los capítulos cumbres del pensamiento occidental y cristiano. Tras un largo y angustioso proceso de discernimiento, el santo halló la paz definitiva en el verano del año 386 d. C. (hace ya más de dieciséis siglos). Un año más tarde, en la vigilia pascual del 24 de abril del 387 d. C., recibía el sacramento del bautismo de manos del propio San Ambrosio.

A partir de aquel instante, Agustín dejó una huella indeleble en la historia de la humanidad. A través de obras inmortales como Las Confesiones o La Ciudad de Dios, se convirtió en faro espiritual para generaciones de teólogos, pensadores y contemplativos que, a lo largo de los siglos, han arriesgado cuanto tenían para proclamar la palabra del Divino Hacedor por los confines de la tierra.

Ante este testimonio de entrega, cabe preguntarnos: ¿qué ocurre con el discurrir liviano de la existencia humana? ¿Qué acontece con aquellos que transitan por este valle de lágrimas instalados en la monotonía de levantarse, trabajar, comer y dormir, sin comprometerse jamás en la búsqueda de la trascendencia ni en el amor activo? Como nos enseñó el propio Jesús de Nazaret: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2). En la justicia y paciencia divinas, a cada alma le aguarda la morada que haya sabido labrar a lo largo de su peregrinaje terrenal.

III. EL MISTERIO INEFABLE Y LA VOZ DEL JARDÍN

Mas, ¿bastaron únicamente las lágrimas maternales de Mónica o la sublime oratoria de Ambrosio para obrar la metamorfosis del santo? La teología agustiniana nos recuerda que el esfuerzo humano es vano sin la iniciativa de la Gracia.

El quiebre definitivo aconteció en un jardín de Milán. Sumido en una profunda crisis interior, Agustín escuchó una voz angelical con cadencia de niño que le decía: «Tolle, lege; tolle, lege» («Toma y lee; toma y lee»). Al abrir el volumen de las Epístolas de San Pablo (Rm 13, 13-14), las sombras de la duda se disiparon de golpe y rompió a llorar en un mar de contrición y gozo.

A esta vivencia espiritual se une la célebre leyenda del encuentro en la playa. Cuenta la tradición que, mientras el santo paseaba por la orilla intentando descifrar racionalmente el misterio de la Santísima Trinidad, contempló a un niño que excavaba un hoyo en la arena y vertía en él agua del mar con una pequeña concha. —¿Qué intentas hacer? —le preguntó Agustín, intrigado. El pequeño, fijando en él una mirada penetrante como la luz, respondió: —Pretendo vaciar todo el océano en este hoyo. —¡Eso es imposible! —repuso el sabio retórico. A lo que el niño, revelándose como un enviado celestial, replicó: —Más imposible es aún que tu mente humana pretenda abarcar el misterio infinito de la Trinidad en la pequeñez de tu intelecto.

Agustín buscó la luz con honestidad radical y la halló, recordándonos que, aunque muchos hombres prefieran habitar en la comodidad de la penumbra, el alma humana está hecha para la verdad.

IV. LA SÍNTESIS DEL AMOR: EL CORAZÓN TRANSVERBERADO

Muchos siglos antes de la conversión del Doctor de la Gracia, Dios confió a Moisés en el Sinaí el Decálogo: mandamientos destinados a ordenar la convivencia y el espíritu de los hombres en la tierra para conducirlos a la patria celestial. Sin embargo, San Agustín comprendió que la ley alcanza su plenitud en la caridad.

Por ello, la iconografía cristiana representa singularmente a San Agustín con dos atributos inseparables: un libro y un corazón inflamado (a menudo atravesado por una flecha). El libro simboliza la cumbre de su sabiduría teológica y filosófica; el corazón ardiente encarna el centro de su espiritualidad: el amor indivisible a Dios y al prójimo. Como dejó escrito en sus escritos pastorales, la fe no es un mero ejercicio especulativo, sino una adhesión del corazón: A Dios no se le encuentra caminando con los pies, sino amando con la voluntad.

Ya sea contemplado desde la perspectiva de su compleja personalidad —aquella hondura analítica y temperamento apasionado que algunos atribuyen a las influencias astrológicas de su nacimiento el 13 de noviembre de 354— o desde la perspectiva estricta de la fe, Agustín encarna el prototipo del buscador incansable. Por su nombre de pila y por su pertenencia a la Fraternidad Agustiniana, Agustín Armas rinde con estas notas y su fotografía un justo y devoto homenaje al Santo de Hipona, recordándonos que la verdadera sabiduría consiste en dejarse transformar por el Amor.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

 

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