Hay
imágenes que tienen la virtud de suspender el almanaque, de devolvernos el eco
de los pasos que ya nadie da. Es lo que sucede al contemplar esta sorprendente
fotografía, rescatada del olvido en 2015 gracias a la complicidad de la
orotavense Montse Quintero. En sus márgenes en blanco y negro se despliega,
todavía en ciernes, la actual Avenida de Sor Soledad Cobián, capturada en el
temprano amanecer de los años cincuenta del siglo XX.
Por
aquel entonces, la calle aún no se cobijaba bajo el nombre de la ilustre monja
de la Caridad —aquella alma pontevedresa que legó a la Villa el Colegio de La
Milagrosa—. La fisonomía del lugar era otra, un puente tendido entre el ayer
rural y la modernidad que asomaba. La cámara retiene el punto donde agonizaba
el viejo callejón que unía la calle El Calvario con el camino de Los Cuartos a
través de la Sidrona, flanqueado por la silueta emblemática de dos araucarias
(de las cuales, hoy en día, solo la de la derecha resiste como un vigía verde
el embate de las décadas). Aquel tramo era conocido por los paisanos como la
carretera de Las Cañadas o del Pinito, una vía que serpenteaba a mitad de
trayecto en una curva sinuosa de izquierda a derecha antes de desembocar en el
Estadio Municipal Los Cuartos.
A
la derecha del encuadre, la arquitectura impone su memoria. Destaca la gran
mansión de la esquina, levantada originalmente por don Antonio Hernández «De
Las Tapias»; para los años cincuenta, ya bajo el señorío de don Benjamín Cruz
Calzadilla, la casona servía de consulta y clínica de partos a un ginecólogo
peninsular al que todos recordaban simplemente como el doctor Lillo. A su lado
se adivina la pequeña mansión del señor Negrín, hoy tristemente desaparecida
del mapa urbano.
Al
otro lado de la calzada, a la izquierda, la vida cotidiana late con una
nostalgia casi mágica. En primer término se alza la mansión que albergaba el
merendero y venta «El Parral» —un bendito milagro arquitectónico que aún hoy se
conserva en pie—, seguida por el solar donde más tarde se construiría la casa de
la familia Pacheco, y las viviendas del militar don Antonio García y de la
familia Lugo.
Bajo
la luz difusa de la tarde canaria, unos caballeros caminan parsimoniosos por el
margen izquierdo del camino. Es muy probable que sus pasos se encaminen al
fútbol, contagiados por la novedad de ese Estadio Municipal «Los Cuartos» que
acababa de abrir sus puertas un 11 de octubre de 1953. No había entonces aceras
que ordenaran el tránsito, salvo los pequeños tramos que los dueños de las
mansiones de la derecha habían construido frente a sus fachadas. El resto era
una elemental carretera de asfalto de la época, un sendero humilde por el que
transitaban, sin saberlo, los primeros trazos de la Orotava del futuro.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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