sábado, 29 de julio de 2017

ÁNGELA PACHECO LÓPEZ EN EL RECUERDO

Conservo grabada en la memoria, entre los destellos de la infancia y la primera juventud transcurridas en la casa familiar de la calle El Calvario, la presencia entrañable de aquella mujer inolvidable: Ángela Pacheco López, a quien todos llamábamos cariñosamente «Angelilla».

Nacida en el seno de una conocida familia orotavense, era hija de don Domingo Pacheco, agricultor, y de doña Lucía López, ama de casa. Ocupaba el tercer lugar entre cinco hermanos.

La vinculación de Angelilla con nuestra casa se remonta a los primeros años de la década de 1930. Mis padres residían entonces en una pequeña vivienda situada en el camino de Los Cuartos, frente a la célebre calera de don Antonio Hernández «De Las Tapias». La familia Pacheco López trabajaba como medianera en la finca colindante y habitaba cerca de la carretera general de Las Cañadas, hoy convertida en la avenida de Sor Soledad Cobián. En aquel tiempo, doña Lucía ofreció a su hija para que ayudara a mi madre, María del Carmen Abréu González, en las faenas domésticas. Aquel primer auxilio se transformó pronto en un oficio: Angelilla no solo colaboró en las tareas del hogar, sino que aprendió el arte de la costura en el taller que mi madre mantenía activo en el mismo lugar.

Los sucesivos traslados familiares, que llevaron a mis padres a establecerse definitivamente en la calle El Calvario, no hicieron más que afianzar aquel vínculo. Angelilla continuó junto a mi madre —llegando a ser su madrina de confirmación— hasta contraer matrimonio con el orotavense Domingo Báez, unión de la que nacieron tres hijos.

Los avatares geográficos de la familia Pacheco López reflejan la transformación agrícola de La Orotava en aquellos años. Residieron primero en la Huerta del Moral, en las inmediaciones del actual estadio municipal de Los Cuartos, donde explotaban una finca de cultivos tradicionales. Posteriormente, se trasladaron a la carretera general de Las Cañadas para atender las tierras propiedad de don Francisco Díaz, natural de La Cruz Santa (Los Realejos) y abuelo materno de mi esposa, Antonia María González de Chaves y Díaz. En aquel paraje levantaron su hogar definitivo.

Mi afecto hacia Angelilla era profundo. Compartíamos largas horas de conversación mientras ella cosía y planchaba junto a la máquina Singer de mi madre, convertida en testigo silencioso de mis estudios infantiles. De aquellos años guardo un sobresalto grabado a fuego: durante la limpieza de primavera previa a la Semana Santa, en la planta alta de la casa —de suelos de madera encerada y traicionera—, un armario cedió y se desplomó sobre su cabeza. Aterrorizado, corrí en busca de mi segunda madre, mi tía Consuelo Abréu González, quien acudió desde la cocina con presteza para auxiliarla y evitar una desgracia mayor.

Una cruenta enfermedad segó su vida en plena juventud, pero su huella permanece intacta, fija en los territorios de la memoria y del afecto.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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