Conservo grabada en la memoria, entre los destellos de la
infancia y la primera juventud transcurridas en la casa familiar de la calle El
Calvario, la presencia entrañable de aquella mujer inolvidable: Ángela Pacheco
López, a quien todos llamábamos cariñosamente «Angelilla».
Nacida en el seno de una conocida familia orotavense, era hija
de don Domingo Pacheco, agricultor, y de doña Lucía López, ama de casa. Ocupaba
el tercer lugar entre cinco hermanos.
La vinculación de Angelilla con nuestra casa se remonta a los
primeros años de la década de 1930. Mis padres residían entonces en una pequeña
vivienda situada en el camino de Los Cuartos, frente a la célebre calera de don
Antonio Hernández «De Las Tapias». La familia Pacheco López trabajaba como
medianera en la finca colindante y habitaba cerca de la carretera general de
Las Cañadas, hoy convertida en la avenida de Sor Soledad Cobián. En aquel tiempo,
doña Lucía ofreció a su hija para que ayudara a mi madre, María del Carmen
Abréu González, en las faenas domésticas. Aquel primer auxilio se transformó
pronto en un oficio: Angelilla no solo colaboró en las tareas del hogar, sino
que aprendió el arte de la costura en el taller que mi madre mantenía activo en
el mismo lugar.
Los sucesivos traslados familiares, que llevaron a mis padres a
establecerse definitivamente en la calle El Calvario, no hicieron más que
afianzar aquel vínculo. Angelilla continuó junto a mi madre —llegando a ser su
madrina de confirmación— hasta contraer matrimonio con el orotavense Domingo
Báez, unión de la que nacieron tres hijos.
Los avatares geográficos de la familia Pacheco López reflejan la
transformación agrícola de La Orotava en aquellos años. Residieron primero en
la Huerta del Moral, en las inmediaciones del actual estadio municipal de Los
Cuartos, donde explotaban una finca de cultivos tradicionales. Posteriormente,
se trasladaron a la carretera general de Las Cañadas para atender las tierras
propiedad de don Francisco Díaz, natural de La Cruz Santa (Los Realejos) y
abuelo materno de mi esposa, Antonia María González de Chaves y Díaz. En aquel
paraje levantaron su hogar definitivo.
Mi afecto hacia Angelilla era profundo. Compartíamos largas
horas de conversación mientras ella cosía y planchaba junto a la máquina Singer
de mi madre, convertida en testigo silencioso de mis estudios infantiles. De
aquellos años guardo un sobresalto grabado a fuego: durante la limpieza de
primavera previa a la Semana Santa, en la planta alta de la casa —de suelos de
madera encerada y traicionera—, un armario cedió y se desplomó sobre su cabeza.
Aterrorizado, corrí en busca de mi segunda madre, mi tía Consuelo Abréu
González, quien acudió desde la cocina con presteza para auxiliarla y evitar
una desgracia mayor.
Una cruenta enfermedad segó su vida en plena juventud, pero su
huella permanece intacta, fija en los territorios de la memoria y del afecto.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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