CRÓNICA DEL VALLE: LUCES, TRAGEDIA Y
PANTALLA GRANDE
I.
EL ARTE QUE BROTABA EN LA OROTAVA (1902)
Bajo
la serena mirada del Valle de La Orotava, retratado en las fotografías de
principios de siglo con esa luz casi mística, la Villa latía al ritmo de la
cultura. El 20 de abril de 1902, el Teatro de La Orotava abrió sus puertas para
acoger una velada dramático-literaria y musical de excepción, organizada por el
Colegio de Educación que dirigían don Francisco Torréns y sus hijas.
La
velada comenzó con el fervor propio de las grandes ocasiones. Carmen Torréns
pronunció el discurso inaugural, dando paso a un programa impecable donde los
alumnos mostraron su talento. El piano resonó a cuatro manos con la Sinfonía Marta de Flotow,
interpretada por Clelia García y Concha Codina. La poesía y el drama tomaron el
escenario entre recitados y coros: declamaciones de las doloras de Campoamor —a
cargo de los niños Elvira y Melchor Zárate, y más tarde por las niñas Valentina
y María Hernández—, seguidas de la emotividad del monólogo Las dos muñecas, defendido por
Ester de Ponte. La primera parte culminó entre piezas de Leybach e himnos al
amor filial.
Tras
el descanso, las tablas se transformaron para la dramaturgia. El público
presenció la comedia La Cruz de
Plata, de José Nicasio Casal, con una notable representación de la sociedad
orotavense entre jóvenes, niños y adultos del pueblo. Para cerrar la velada, la
señorita Carmen Torréns deslumbró en solitario con el monólogo Tirar la llave, de Juan de Dios
Peza.
Aquella
noche, las localidades variaron desde las seis pesetas del palco principal
hasta las modestas cincuenta céntimos del paraíso; un mosaico social unido bajo
el mismo techo por el arte.
II.
SOMBRA EN EL CAMINO DE AGUAMANSA (1909)
Siete
años después, la paz del Valle se vio brutalmente sacudida. El 27 de noviembre
de 1909, el diario independiente Araútapala, del Puerto de la Cruz, imprimió en sus
páginas una noticia sobrecogedora. Desde La Orotava llegó un telegrama conciso,
cargado de dramatismo: en el camino de Aguamansa se había consumado una
tragedia sangrienta. Un hombre, cegado por los celos, había arrebatado de forma
atroz la vida a su esposa embarazada de cinco meses.
Cerca
de la medianoche de aquel fatídico domingo, cuatro campesinos llegaron al
cuartel de la Guardia Civil para dar la alarma. El crimen se había perpetrado
en el paraje de Bebedero Alto, en una finca propiedad de doña María Antonia
Marrero. De inmediato, dos parejas de la Guardia Civil se adentraron en la
penumbra de la noche para intentar dar con el fugitivo e inspeccionar la escena
del crimen.
Allí
vivía Rosendo Pacheco Gutiérrez, de 26 años, junto a su esposa, Casimira Yanes
Fariña, de 24, y la pequeña hija de ambos. Horas antes, Rosendo había sido
visto en una venta cercana apurando un par de copas con unos vecinos, sin
mostrar rasgo alguno de alteración. Sin embargo, en el interior de su hogar se
desencadenó la catástrofe.
El
escenario que encontraron las autoridades era desolador. En el modesto pajar
que hacía las veces de cocina, yacía el cuerpo de la infeliz Casimira entre la
paja y las ramas de castaño teñidas de carmesí, vestigio de una agonía
desesperada. La mañana siguiente, la comitiva judicial encabezada por el juez
Manuel de la Cueva Donoso se personó en el lugar para certificar la magnitud
del horror. El informe forense del médico Miguel Fernández constató la crueldad
de la agresión y confirmó la presencia de la criatura nonata que Casimira
llevaba en su vientre. De nuevo, el puñal homicida empañaba la paz de la
florida comarca.
III.
EL ESPEJISMO DEL CELULOIDE (1913)
El
tiempo transcurrió y el Teatro de La Orotava volvió a ser refugio de la emoción
humana, esta vez a través de las sombras proyectadas sobre la pantalla. El
sábado 18 de octubre de 1913 se estrenó La Peña del Mal Consejo, una monumental producción
cinematográfica de tres mil metros de celuloide dividida en cuatro actos.
La
película narraba el trágico romance entre Nina, una bella y candorosa pastora
de la montaña, y Toto, un joven audaz que había demostrado su valor protegiendo
la cabaña de su amada. Frente a un acantilado infausto —la Peña del Mal
Consejo—, ambos se juraron amor eterno, más allá de la propia vida.
Sin
embargo, el destino fracturó la promesa. Tras sufrir un accidente durante una
cacería del terrateniente local, Nina fue trasladada a la ciudad para curarse.
Fascinada por el lujo y cegada por las joyas que el rico hacendado le ofreció,
la humilde pastora cedió al cortejo de su amo, rompió su juramento y se
convirtió en una gran señora. Mientras tanto, en la soledad de las cumbres,
Toto contaba cada minuto aguardando en vano el regreso de su zagala.
Años
después, impulsado por la amargura del desengaño, Toto regresó en busca de
venganza. Tras reducir al esposo de Nina en el monte, el despechado pastor
atrajo a la mujer hasta la cima del abismo donde años atrás se habían jurado
fidelidad. Allí, ante la mirada aterrorizada de su rival, Toto sujetó a Nina
por la cintura y se precipitó con ella al vacío, obligándola a cumplir en la
muerte el pacto que quebrantó en vida.
El
público de la Villa contempló la cinta fascinado. Aquella tragedia de
celuloide, reseñada con maestría por la pluma del ilustre cronista Antonio Lugo
Massieu, unió una soberbia fotografía con la belleza incomparable de los
paisajes insulares, coronando una velada inolvidable en la historia cultural de
La Orotava.
BRUNO
JUAN ALVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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