sábado, 29 de julio de 2017

COSAS DEL PASADO OROTAVENSE (I)

CRÓNICA DEL VALLE: LUCES, TRAGEDIA Y PANTALLA GRANDE

I. EL ARTE QUE BROTABA EN LA OROTAVA (1902)

Bajo la serena mirada del Valle de La Orotava, retratado en las fotografías de principios de siglo con esa luz casi mística, la Villa latía al ritmo de la cultura. El 20 de abril de 1902, el Teatro de La Orotava abrió sus puertas para acoger una velada dramático-literaria y musical de excepción, organizada por el Colegio de Educación que dirigían don Francisco Torréns y sus hijas.

La velada comenzó con el fervor propio de las grandes ocasiones. Carmen Torréns pronunció el discurso inaugural, dando paso a un programa impecable donde los alumnos mostraron su talento. El piano resonó a cuatro manos con la Sinfonía Marta de Flotow, interpretada por Clelia García y Concha Codina. La poesía y el drama tomaron el escenario entre recitados y coros: declamaciones de las doloras de Campoamor —a cargo de los niños Elvira y Melchor Zárate, y más tarde por las niñas Valentina y María Hernández—, seguidas de la emotividad del monólogo Las dos muñecas, defendido por Ester de Ponte. La primera parte culminó entre piezas de Leybach e himnos al amor filial.

Tras el descanso, las tablas se transformaron para la dramaturgia. El público presenció la comedia La Cruz de Plata, de José Nicasio Casal, con una notable representación de la sociedad orotavense entre jóvenes, niños y adultos del pueblo. Para cerrar la velada, la señorita Carmen Torréns deslumbró en solitario con el monólogo Tirar la llave, de Juan de Dios Peza.

Aquella noche, las localidades variaron desde las seis pesetas del palco principal hasta las modestas cincuenta céntimos del paraíso; un mosaico social unido bajo el mismo techo por el arte.

II. SOMBRA EN EL CAMINO DE AGUAMANSA (1909)

Siete años después, la paz del Valle se vio brutalmente sacudida. El 27 de noviembre de 1909, el diario independiente Araútapala, del Puerto de la Cruz, imprimió en sus páginas una noticia sobrecogedora. Desde La Orotava llegó un telegrama conciso, cargado de dramatismo: en el camino de Aguamansa se había consumado una tragedia sangrienta. Un hombre, cegado por los celos, había arrebatado de forma atroz la vida a su esposa embarazada de cinco meses.

Cerca de la medianoche de aquel fatídico domingo, cuatro campesinos llegaron al cuartel de la Guardia Civil para dar la alarma. El crimen se había perpetrado en el paraje de Bebedero Alto, en una finca propiedad de doña María Antonia Marrero. De inmediato, dos parejas de la Guardia Civil se adentraron en la penumbra de la noche para intentar dar con el fugitivo e inspeccionar la escena del crimen.

Allí vivía Rosendo Pacheco Gutiérrez, de 26 años, junto a su esposa, Casimira Yanes Fariña, de 24, y la pequeña hija de ambos. Horas antes, Rosendo había sido visto en una venta cercana apurando un par de copas con unos vecinos, sin mostrar rasgo alguno de alteración. Sin embargo, en el interior de su hogar se desencadenó la catástrofe.

El escenario que encontraron las autoridades era desolador. En el modesto pajar que hacía las veces de cocina, yacía el cuerpo de la infeliz Casimira entre la paja y las ramas de castaño teñidas de carmesí, vestigio de una agonía desesperada. La mañana siguiente, la comitiva judicial encabezada por el juez Manuel de la Cueva Donoso se personó en el lugar para certificar la magnitud del horror. El informe forense del médico Miguel Fernández constató la crueldad de la agresión y confirmó la presencia de la criatura nonata que Casimira llevaba en su vientre. De nuevo, el puñal homicida empañaba la paz de la florida comarca.

III. EL ESPEJISMO DEL CELULOIDE (1913)

El tiempo transcurrió y el Teatro de La Orotava volvió a ser refugio de la emoción humana, esta vez a través de las sombras proyectadas sobre la pantalla. El sábado 18 de octubre de 1913 se estrenó La Peña del Mal Consejo, una monumental producción cinematográfica de tres mil metros de celuloide dividida en cuatro actos.

La película narraba el trágico romance entre Nina, una bella y candorosa pastora de la montaña, y Toto, un joven audaz que había demostrado su valor protegiendo la cabaña de su amada. Frente a un acantilado infausto —la Peña del Mal Consejo—, ambos se juraron amor eterno, más allá de la propia vida.

Sin embargo, el destino fracturó la promesa. Tras sufrir un accidente durante una cacería del terrateniente local, Nina fue trasladada a la ciudad para curarse. Fascinada por el lujo y cegada por las joyas que el rico hacendado le ofreció, la humilde pastora cedió al cortejo de su amo, rompió su juramento y se convirtió en una gran señora. Mientras tanto, en la soledad de las cumbres, Toto contaba cada minuto aguardando en vano el regreso de su zagala.

Años después, impulsado por la amargura del desengaño, Toto regresó en busca de venganza. Tras reducir al esposo de Nina en el monte, el despechado pastor atrajo a la mujer hasta la cima del abismo donde años atrás se habían jurado fidelidad. Allí, ante la mirada aterrorizada de su rival, Toto sujetó a Nina por la cintura y se precipitó con ella al vacío, obligándola a cumplir en la muerte el pacto que quebrantó en vida.

El público de la Villa contempló la cinta fascinado. Aquella tragedia de celuloide, reseñada con maestría por la pluma del ilustre cronista Antonio Lugo Massieu, unió una soberbia fotografía con la belleza incomparable de los paisajes insulares, coronando una velada inolvidable en la historia cultural de La Orotava.

 

BRUNO JUAN ALVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


No hay comentarios:

Publicar un comentario