lunes, 31 de julio de 2017

COSAS DEL PASADO OROTAVENSE (Y III).

CAPÍTULO I: CRÓNICAS DE LA VILLA

A través de las páginas de La Asociación se daba cumplida cuenta de la llegada a La Orotava de don Antonio Tomás Vella, cirujano dentista procedente de la capital tinerfeña. Avalado por el elogio de varias publicaciones extranjeras, el célebre facultativo se recomendaba a cuantos padecieran escorbuto u otras afecciones bucales, ofreciendo pronta e idónea curación aun a los males juzgados por crónicos.

Por entonces, gracias a los trescientos veinte reales de vellón ofrecidos por don Antonio Lugo y García y don Ignacio F. Llarena, sumados al préstamo del carro de don Sixto Regalado para la conducción de arena, se acordó dar comienzo al empedrado del paseo central en la Plaza de la Alameda. En la de San Francisco, entretanto, se erigía una fuente destinada a surtir de agua limpia a los vecinos resueltos a declinar la de la acequia pública; cauce donde, a propósito de ordenanzas, la comisión de caminos sorprendió a dos mujeres lavando ropa fuera de la hora permitida, siendo sancionadas conforme al bando de policía.

Tratose también con interés la resolución formulada por el Gobierno Civil a la Alcaldía sobre la moneda agujereada. Su inveterada circulación en el archipiélago imponía la obligación de admitirla, compensando en oro la falta de peso, salvo en la de plata que presentase una perforación excesiva. Respecto al circulante de nueva acuñación posterior a 1848, se estaría a lo dispuesto en el Real Decreto de ese mismo año sobre el pesaje legal.

Cerraba la crónica la nómina de aquellos insignes vecinos que contribuyeron con sus reales a las obras del muelle del Puerto de la Cruz en 1868: Juan Suárez, Bernardino Coradini, José María Nardony, Belarmino Aguilar, Vicente Díaz y Fuentes, Isidoro María La Luz, Domingo López Soto, Lorenzo Cáceres, Francisco Aguilar Guadarrama, José María de Arroyo, Miguel Fernández Montañés, José Hernández Barrio, Augusto Gachon, Francisco Trujillo Ferraz, Juan Nieves y Ascanio, Víctor Pérez y José Gobea.

CAPÍTULO II: TIEMPOS DE MUDANZA

Corría el convulso año de 1868 cuando el destronamiento de Isabel II dio paso al gobierno provisional que nombró gobernador civil de Canarias a don Camilo Benítez, firme represor del republicanismo insular. Tras la proclamación de la República en 1873, Benítez fue destituido y despedido de Santa Cruz entre el clamor de una monumental silbatina. Bajo el nuevo régimen desfilaron por el mando don Miguel Villalba Hervás y don José María Pulido, en tanto los diputados a Cortes, alentados por el ministro de la Guerra don Nicolás Estévanez, proyectaban la creación de dos cantones insulares que no llegaron a cuajar.

La Restauración borbónica en la figura de Alfonso XII depositó la gobernación en don Vicente Clavijo, quien clausuró toda manifestación política y cultural. Fue aquella la época del general Weyler, artífice del patrimonio militar canario y artífice también de la llegada del cable telegráfico a las islas; un siglo que expiraba entre la impronta política de don Fernando León y Castillo al frente de la cartera de Ultramar.

CAPÍTULO III: EL DRAMA DE «LA PEÑA DEL MAL CONSEJO»

El sábado 18 de octubre de 1913, el teatro de La Orotava vistió sus mejores galas para el estreno de La Peña del mal consejo, ambiciosa producción cinematográfica de tres mil metros de celuloide.

La cinta narraba la dicha de Nina, una bella pastora que vivía ajena al mundo cuidando de su rebaño, y de Toto, el gallardo mozo que la salvó de unos bandoleros. Nacido el amor entre ambos, las sombras del destino se proyectaron sobre la figura de su amo: un hombre acaudalado, disipado por el juego y el vino. Tras socorrer nuevamente a la joven en un trágico percance, los enamorados sellaron su pasión en un paraje de fiera belleza conocido como «La Peña del mal consejo». Allí, Toto exigió una promesa: «Jura que serás mía en la vida y en la muerte».

Un aciago día de caza, un disparo erróneo hirió a la muchacha. Conducida a la ciudad por el amo para su restablecimiento, la joven quedó deslumbrada por el lujo de la urbe. Incapaz de resistir la seducción de las joyas, sucumbió a las pretensiones del señor, rindiéndose a su regazo y prometiéndose en matrimonio. La humilde pastora mudó en gran señora, postergando en el olvido al pobre Toto, que en la orfandad de la montaña contaba febril los minutos aguardando su regreso.

Desesperado, el zagal bajó a la ciudad. Al reclamar por su prometida ante la servidumbre, fue conducido ante el señor de la casa, quien sentenció con frialdad: «Mira, Toto: desde hoy, Nina es tu ama».

Transcurrieron dos años de prisión y desdicha. Cumplida la condena, Toto regresó con la sed de venganza abrasándole las entrañas. La ocasión se presentó cuando la pareja visitó la antigua hacienda. Acechando la soledad del esposo, lo apresó, amordazó y arrastró hasta la cima del despeñadero. Obligado a redactar una nota de socorro, el marido citó a Nina en la cumbre de la roca.

Apenas acudió la dama, Toto le mostró a su cónyuge atado al tronco de un árbol. Acto seguido, tomándola con firmeza por la cintura, se precipitó con ella al abismo ante la mirada horrorizada del cónyuge impotente. Toto consumó así su fatal compromiso: si no le perteneció en vida, lo sería en la eternidad de la muerte.

Tal fue la dramática obra comentada por la ilustre pluma del villero-palmero don Antonio Lugo Massieu; una cinta de bellas vistas panorámicas y soberbia fotografía que cosechó un clamoroso éxito en La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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