CAPÍTULO I: CRÓNICAS DE LA VILLA
A través de las páginas de La Asociación se daba cumplida
cuenta de la llegada a La Orotava de don Antonio Tomás Vella, cirujano dentista
procedente de la capital tinerfeña. Avalado por el elogio de varias
publicaciones extranjeras, el célebre facultativo se recomendaba a cuantos
padecieran escorbuto u otras afecciones bucales, ofreciendo pronta e idónea
curación aun a los males juzgados por crónicos.
Por
entonces, gracias a los trescientos veinte reales de vellón ofrecidos por don
Antonio Lugo y García y don Ignacio F. Llarena, sumados al préstamo del carro
de don Sixto Regalado para la conducción de arena, se acordó dar comienzo al
empedrado del paseo central en la Plaza de la Alameda. En la de San Francisco,
entretanto, se erigía una fuente destinada a surtir de agua limpia a los
vecinos resueltos a declinar la de la acequia pública; cauce donde, a propósito
de ordenanzas, la comisión de caminos sorprendió a dos mujeres lavando ropa
fuera de la hora permitida, siendo sancionadas conforme al bando de policía.
Tratose
también con interés la resolución formulada por el Gobierno Civil a la Alcaldía
sobre la moneda agujereada. Su inveterada circulación en el archipiélago
imponía la obligación de admitirla, compensando en oro la falta de peso, salvo
en la de plata que presentase una perforación excesiva. Respecto al circulante
de nueva acuñación posterior a 1848, se estaría a lo dispuesto en el Real
Decreto de ese mismo año sobre el pesaje legal.
Cerraba
la crónica la nómina de aquellos insignes vecinos que contribuyeron con sus
reales a las obras del muelle del Puerto de la Cruz en 1868: Juan Suárez,
Bernardino Coradini, José María Nardony, Belarmino Aguilar, Vicente Díaz y
Fuentes, Isidoro María La Luz, Domingo López Soto, Lorenzo Cáceres, Francisco
Aguilar Guadarrama, José María de Arroyo, Miguel Fernández Montañés, José
Hernández Barrio, Augusto Gachon, Francisco Trujillo Ferraz, Juan Nieves y
Ascanio, Víctor Pérez y José Gobea.
CAPÍTULO
II: TIEMPOS DE MUDANZA
Corría
el convulso año de 1868 cuando el destronamiento de Isabel II dio paso al
gobierno provisional que nombró gobernador civil de Canarias a don Camilo
Benítez, firme represor del republicanismo insular. Tras la proclamación de la
República en 1873, Benítez fue destituido y despedido de Santa Cruz entre el
clamor de una monumental silbatina. Bajo el nuevo régimen desfilaron por el
mando don Miguel Villalba Hervás y don José María Pulido, en tanto los
diputados a Cortes, alentados por el ministro de la Guerra don Nicolás
Estévanez, proyectaban la creación de dos cantones insulares que no llegaron a
cuajar.
La
Restauración borbónica en la figura de Alfonso XII depositó la gobernación en
don Vicente Clavijo, quien clausuró toda manifestación política y cultural. Fue
aquella la época del general Weyler, artífice del patrimonio militar canario y
artífice también de la llegada del cable telegráfico a las islas; un siglo que
expiraba entre la impronta política de don Fernando León y Castillo al frente
de la cartera de Ultramar.
CAPÍTULO
III: EL DRAMA DE «LA PEÑA DEL MAL CONSEJO»
El
sábado 18 de octubre de 1913, el teatro de La Orotava vistió sus mejores galas
para el estreno de La Peña del
mal consejo, ambiciosa producción cinematográfica de tres mil metros de
celuloide.
La
cinta narraba la dicha de Nina, una bella pastora que vivía ajena al mundo
cuidando de su rebaño, y de Toto, el gallardo mozo que la salvó de unos
bandoleros. Nacido el amor entre ambos, las sombras del destino se proyectaron
sobre la figura de su amo: un hombre acaudalado, disipado por el juego y el
vino. Tras socorrer nuevamente a la joven en un trágico percance, los
enamorados sellaron su pasión en un paraje de fiera belleza conocido como «La
Peña del mal consejo». Allí, Toto exigió una promesa: «Jura que serás mía en la vida y en la muerte».
Un
aciago día de caza, un disparo erróneo hirió a la muchacha. Conducida a la
ciudad por el amo para su restablecimiento, la joven quedó deslumbrada por el
lujo de la urbe. Incapaz de resistir la seducción de las joyas, sucumbió a las
pretensiones del señor, rindiéndose a su regazo y prometiéndose en matrimonio.
La humilde pastora mudó en gran señora, postergando en el olvido al pobre Toto,
que en la orfandad de la montaña contaba febril los minutos aguardando su
regreso.
Desesperado,
el zagal bajó a la ciudad. Al reclamar por su prometida ante la servidumbre,
fue conducido ante el señor de la casa, quien sentenció con frialdad: «Mira, Toto: desde hoy, Nina es tu
ama».
Transcurrieron
dos años de prisión y desdicha. Cumplida la condena, Toto regresó con la sed de
venganza abrasándole las entrañas. La ocasión se presentó cuando la pareja
visitó la antigua hacienda. Acechando la soledad del esposo, lo apresó,
amordazó y arrastró hasta la cima del despeñadero. Obligado a redactar una nota
de socorro, el marido citó a Nina en la cumbre de la roca.
Apenas
acudió la dama, Toto le mostró a su cónyuge atado al tronco de un árbol. Acto
seguido, tomándola con firmeza por la cintura, se precipitó con ella al abismo
ante la mirada horrorizada del cónyuge impotente. Toto consumó así su fatal
compromiso: si no le perteneció en vida, lo sería en la eternidad de la muerte.
Tal
fue la dramática obra comentada por la ilustre pluma del villero-palmero don
Antonio Lugo Massieu; una cinta de bellas vistas panorámicas y soberbia
fotografía que cosechó un clamoroso éxito en La Orotava.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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