domingo, 31 de julio de 2022

UN PERSONAJE DEL CENTENARIO DEL UD. OROTAVA




 

Don Leocadio Cuevas Felipe Pérez inolvidable y notable jurista de profesión, un personaje del centenario del UD. Orotava, puesto que fue su flamante presidente, el día grande de la inauguración del Estadio Municipal  “Los Cuartos” de la Villa de la Orotava, el 14 de octubre del año 1953.

Nació en los Llanos de Aridane (Isla de La Palma) el día 6 de agosto de 1912 y falleció en la Villa de La Orotava el 28 de  junio de 1964, a los 52 años de edad.

Hijo de Ezequiel Cuevas Pinto (Fiscal), de Santa Cruz de la Palma, y de Araceli Felipe Pérez de Los Llanos de Aridane.

En su vida residió en varios territorios por los destinos de su padre como Fiscal. Hasta estudiar el bachillerato y la carrera de derecho en Barcelona, último destino de su padre como fiscal.

La dama orotavense Rosario Suarez García en un viaje a Barcelona acompañada de parientes suyos. Conoció a don Leocadio, contrayendo matrimonio seis meses después en el año 1944. Ceremonia que se celebró en la casa familiar “VILLA REMEDIOS” (actualmente conocida  por el Parque cultural de doña Chana). Del matrimonio tuvieron dos hijas; Araceli y Rosario Cuevas Suarez.

Volviendo a Barcelona donde don Leocadio siguió ejerciendo de letrado y en el año l946 decidió venir a ejercitar a la Villa de La Orotava, donde montó su despacho de jurista, primero en la calle de don Nicandro González Borges – Verde, al  norte de la Plaza de Franchi Alfaro, y posterior en la Avenida de José Antonio (actual de Canarias).

El recordado MAGISTRADO-JUEZ don JOSÉ LUIS SÁNCHEZ PARODI, escribió en su libro una interesante narrativa que tituló: “LEOCADIO CUEVAS”: “…A través de la muerte y del negro silencio, en esta noche en que mi casa se llena de verano, me aparece su nombre, que muchas personas jamás habrán oído  -¡tan largo es ya el tiempo de definitiva ausencia!- pero sé también que otras muchas, al leerlo, sentirán, gozosas, renacer el pasado y retornaran, de repente, aquellos años, mientras la sangre correrá por sus venas con la misma ilusión y alegría que aquel entonces, tan cerca y tan lejano.

Abogado del Valle, popular y jaranero, penúltimo romántico de una época que poco a poco agonizaba, había nacido en la isla de la Palma, allá por donde llaman Mayantigo, de una familia de juristas, en la que su padre, fiscal, hubo de trasladarse a la Península, siguiendo los destinos de su carrera, hasta fijar su definitiva residencia en Barcelona.

Y fue en la ciudad Condal, donde Leocadio estrenó su juventud primera –porque, pronto, descubriría el secreto de ser eternamente joven- este palmero de fogosa fantasía, dueño y señor de la palabra, como suelen ser los hombres de su isla.

En los primeros años 30, yo lo entreveo, en bulliciosas mañanas por las Ramblas, sin acudir a las tediosas clases de Derecho, floristas y modistillas, y tardes-noches de Paralelos y bataclanes.

Un hormigueo interno le dominaba, un imposible estar quieto le movía, a este estudiante, impecable bailarín de claqué cuando Fred Astaire era ídolo de aquella juventud que lo impulsara a él a amar el baile, cuando años antes había descubierto la pasión por el tango, con su mundo de pebetas y malevos, de compadritos tristes y bandoneones y el eco de la voz única e irrepetible de Carlos Gardel, peinado con gomina y raya en medio. Viajes a Paris, por este tiempo, y a un Berlín, todavía sin nazis gobernando, en una decadente sociedad que la película “Cabaret” nos reflejara tan fielmente.

Mas llegó 1936 y la gran catástrofe también asolo a su familia, y en aquel verano de tanta sangre por los suelos, una pandilla de asesinos se llevó a su padre, cuyo cadáver apareció quemado. Y me contaba Leocadio como a él afiliado a la Falange, lo detuvieron. Y había oído narrar, sin acritud ni odios, como lo ingresaron en una “checa”, en aislada y solitaria celda, sin poder hablar con nadie.

¡Hacerle eso a él, conservador constante, amador del dialogo, apasionado comunicador de ideas y sentimientos que vertía a golpe de palabras y palabras!

Mire usted –me decía entre sonoras carcajadas- que para extremar la tortura de mi forzado silencio, yo tenía el primer día de mi reclusión un rayito de esperanza, y era que mi incomunicación se interrumpiera unos minutos, al menos dos veces en la jornada, cuando el carcelero me trajera el rancho, y fíjese mi tremenda sorpresa ya sé que no se lo va a creer, y que son exageraciones mías-, pero eran tan refinados y expertos en el suplicio, para desmoronar mi resistencia, escogieron a un sordomudo con el fin que repartiese la comida, con lo que hacía imposible compartir siquiera unos ¡buenos días! Compasivos y humanos. Y yo nunca pude saber –ni ahora mismo estoy seguro- si aquello fue verdad o era una deliciosa patraña de su imaginación palmera que de haberla conocido hubiera causado la admiración del propio Kafka, muerto muchos años antes.

Acabado la guerra, y pasados los años, casó Leocadio con tinerfeña, y se vino a vivir al Valle de la Orotava, donde reemprendió el ejercicio de su profesión de abogado, para lo que reunía unas inmejorables condiciones personales Sociables, con un gran don de gente, multiplicaba sus relaciones, sugestivo, de cuidadas y esmeradas maneras. Al principio, y como es natural, su despacho era pequeño, pero enseguida, su poderosa intuición, su profundo instinto, su viveza de ardilla, despertó un amor al Derecho que dormitaba en su fondo, cimentando una buena fama, que extendió por el valle y los restantes partidos judiciales de la isla. Tenía tiempo para todo.

Devoto apasionado de la noche, anfitrión de lujo en una hermosa finca de campo donde vivía, había instalado en ella un bar para sí y sus amigos, al que denominó -¡cómo no!-“Mayantigo”- Y había que verlo, acogedor y educado, atendiendo a todos, prologando las horas para la amistad y el desvelo con sus viejos recuerdos enhebrados en la nostalgia, adentrarse ya en el nuevo mundo que empezaba a germinar en aquel Puerto de la Cruz, chiquito y marinero, a punto de iniciar su ruta hacía la mesa del turismo europeo, en que a no tardar se iba a convertir- Parecía tras aquel querido mostrador del bar un viejo capitán, lobo de mar, de mil tormentas superadas, vaso de “Bacardi” en mano, forjando ilusiones que nunca vendrían, proyectando sueños, relatando aventuras difuminadas por el tiempo, bajo una cálida palabra, con acento isleño que nunca perdiera. Tenía seguridad que moriría joven –así mueren los Cuevas, me detallaba- y amaba tanto la vida que la gozaba día a día, generoso y pródigo de sus horas, sin impórtale nada los años que el futuro pudiera depararle.

No temía acortar su vida, si el precio que para ello hubiese de pagar era acomodarla a la quietud y la calma, a la paz y al sosiego, y ganar así unos años de viejo con achaques e inactivo, y sentirse llamar por voces infantiles, abuelito, cuya palabra no figuraba en su personal diccionario. No quiso ser un Fausto y pactar con el diablo, y Prefirió que las Parcas manejaran el hilo de su vida como ellas quisieran.

Aun le dio tiempo de ver un Puerto de la Cruz transformado y oir de nuevo aquellas palabras alemanas aprendidas en el Berlin de su juventud; y habló otra vez, chapurreando el lenguaje medio olvidado, con diccionario en el bolsillo y gestos y exclamaciones, con clientes teutones, pesados y de mollera dura.

Trabajador incansable, hubo de ir a Alemania ya sin nazis, potente y renacida, y en una comida su mano sufrió una interna y momentánea sacudida; y, calmosamente, pidió a su acompañante que nunca comentara aquel aviso. Regresó a la isla y continuó, imperturbable, su camino.

Una noche, en una cena de amigos, se le rompió por dentro su cuerpo, y su sangre, como una catarata desbordada, le abandonó, terrible y cruel, para siempre.

Han pasado  los años y lo sigo viendo, festivo y corpulento, con la cabeza grande a lo Danton, con su morena tez canaria, con sus ojos ligeramente saltones, plateado el cabello y el eco de su voz resuena, tenuemente en mi casa, sin  nadie y  solitaria. Y su sombra me trae aquellos años que como un tango que no olvido, ya nunca volverán.

Aquellos años, en que para mí y muchos de nosotros decir amigo, era decir, siempre: Leocadio…”

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL






 

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