Hay una profunda paradoja en este rincón de la isla: el
progreso científico, con sus vertiginosos avances médicos, hizo innecesaria la
construcción del gran edificio proyectado, dejando que fueran las propias
caballerizas las que asumieran la sagrada tarea de sanar. Ante la ausencia de
muros señoriales, fue el propio clima de Las Cañadas —puro, seco, casi sagrado—
el que se convirtió en la verdadera medicina. Aquel aire limpio y cortante de
las alturas, libre de las impurezas del llano, se transformó en el bálsamo
definitivo para los pulmones cansados y en el ungüento invisible que
cicatrizaba las heridas de la piel.
Filosóficamente, Las Caballerizas nos recuerdan que la
Tierra posee su propia sabiduría hospitalaria. Donde el ser humano solo ve
piedra volcánica y aislamiento, el cuerpo desgastado encuentra un refugio de
templanza. La naturaleza no necesitó de grandes arquitecturas para curar; le
bastó con la inmensidad de su cielo, la quietud de sus rocas y la brisa
sanadora de la alta montaña para ofrecer a los enfermos un espacio de redención
y paz en el techo del mundo.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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