miércoles, 9 de octubre de 2019

LAS CABALLERIZAS



El Teide guarda en sus pliegues de lava y silencio la memoria de la fragilidad humana. Esta fotografía, rescatada del olvido por Geli Machado Álvarez, retrata el paraje de Las Caballerizas en las cumbres de Las Cañadas, un espacio donde la naturaleza salvaje y la filosofía del cuidado se entrelazan de forma inesperada. Aquellas estructuras, que en principio debieron ser el preludio de un gran complejo hospitalario, terminaron cobijando un destino distinto, transformándose en el sanatorio real y primitivo de la cumbre tinerfeña.

Hay una profunda paradoja en este rincón de la isla: el progreso científico, con sus vertiginosos avances médicos, hizo innecesaria la construcción del gran edificio proyectado, dejando que fueran las propias caballerizas las que asumieran la sagrada tarea de sanar. Ante la ausencia de muros señoriales, fue el propio clima de Las Cañadas —puro, seco, casi sagrado— el que se convirtió en la verdadera medicina. Aquel aire limpio y cortante de las alturas, libre de las impurezas del llano, se transformó en el bálsamo definitivo para los pulmones cansados y en el ungüento invisible que cicatrizaba las heridas de la piel.

Filosóficamente, Las Caballerizas nos recuerdan que la Tierra posee su propia sabiduría hospitalaria. Donde el ser humano solo ve piedra volcánica y aislamiento, el cuerpo desgastado encuentra un refugio de templanza. La naturaleza no necesitó de grandes arquitecturas para curar; le bastó con la inmensidad de su cielo, la quietud de sus rocas y la brisa sanadora de la alta montaña para ofrecer a los enfermos un espacio de redención y paz en el techo del mundo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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