miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA OROTAVENSE CALLE DE SAN FRANCISCO (II)


LA OROTAVENSE CALLE DE SAN FRANCISCO (II): UNA CRÓNICA DEL TIEMPO, LA PIEDRA Y EL ESPÍRITU

La Orotava es un tapiz donde la piedra dialoga con el siglo y el agua escribe la memoria de los hombres. Al situarnos idealmente en los años cincuenta del siglo XX, contemplando el espacio desde la penumbra sagrada que proyecta el arco de medio punto del antiguo convento franciscano —remozado por los vientos del siglo XIX—, el espectador no solo mira un paisaje urbano; asiste a una encrucijada del tiempo. Ante sus ojos se despliega la Plaza de San Francisco, recién nacida a su fisonomía moderna, escoltada por la sobria presencia de la antigua Casa de Socorro. Capturar este instante es adentrarse en la intrahistoria de la Villa, guiados por la erudición compartida de Juan J. Martínez Sánchez y la complicidad de Jorge Ángel González Delgado en su obra “La Orotava, sus calles y su historia”.

I. ARQUEOLOGÍA DEL ESPACIO: EL AGUA, EL GRANO Y LA FE

Desde una perspectiva filosófica, el espacio urbano no es un vacío que se llena, sino un organismo vivo que se despliega. La zona que hoy delimitan la calle y la plaza de San Francisco constituye uno de los núcleos fundacionales y más primigenios de La Orotava. En sus orígenes, este lugar fue el cauce de la supervivencia: por aquí se despeñaban las aguas vivas que, descendiendo de las cumbres del Valle, saciaban a la población y otorgaban la energía cinética necesaria para hacer girar las pesadas piedras de los molinos, cuya persistencia de algunos ejemplares desafía el olvido.

El devenir histórico de este enclave cambió de rumbo en 1519, cuando la dimensión económica se fundió con la trascendencia espiritual mediante la erección del Convento de San Lorenzo. Bajo la tutela de la Orden Franciscana, el lugar mutó de inmediato en un faro cultural y religioso que reorganizó la geografía circundante. Aquellos terrenos pertenecían primigeniamente a don Bartolomé Benítez de Lugo, sobrino del Adelantado de Canarias, cuya señorial residencia dominaba el flanco sur del recinto. Al erigirse en patrono del nuevo cenobio, Benítez de Lugo cedió el suelo a los frailes, forzando una reconfiguración viaria que uniera este nuevo centro de gravedad con los ejes de las calles Carrera y Colegio mediante la espina dorsal de la calle San Francisco, enlazando asimismo con la Villa de Arriba a través de los caminos de Castaño y Salazar. El espacio vacío sobrante, al oriente del convento y al norte de la mansión señorial, quedó como una matriz abierta: una plaza que los siglos posteriores irían abrazando con edificaciones más humildes y populares.

II. LAS METAMORFOSIS DEL HITO: FUEGO, ESTADO Y DESTINO

La historia es un tejido de destrucciones y renacimientos. El 20 de abril de 1801, el fuego devoró parcialmente el antiguo convento de San Lorenzo. Sin embargo, la voluntad humana reedificó sobre la ceniza: los muros se levantaron de nuevo y la actual iglesia emergió del desastre, viendo concluidas sus obras hacia 1835. Pero el sosiego de la clausura monástica duraría poco. En 1836, el decreto de la Desamortización de Mendizábal arrebató los bienes a la Iglesia para entregarlos al Estado, un giro filosófico-político donde lo sagrado se secularizó en favor del utilitarismo civil.

Tras la marcha de los franciscanos, el viejo convento se transformó en el Hospital de la Santísima Trinidad, abriendo sus puertas como asilo de ancianos y casa cuna. Este cambio de uso encierra una profunda paradoja espiritual: los muros que antes buscaron la salvación del alma a través de la oración pasaron a buscar la dignidad del cuerpo a través de la caridad social.

Simultáneamente, los márgenes de este gran eje viario se poblaron de arquitectura noble. En el tramo que une las calles Colegio y Carrera con la plaza, se irguieron palacios que son hoy cumbres del patrimonio isleño:

Acera Este: Las gemelas y señoriales casas de Méndez-Fonseca (la universal Casa de los Balcones, erigida a finales del siglo XVII por el capitán Juan de Castro con su insuperable patio de madera tallada) y la casa Jiménez Franchy (que entre 1941 y 1953 albergó el colegio Farraís).

Acera Oeste: La majestuosa Casa Molina, completando un lienzo urbano que en 1864 apenas contaba con diez edificios y que para 1887 ya mostraba una perfecta simetría de seis inmuebles por acera. Curiosamente, es también por esta acera oeste donde la calle abre el umbral que conduce al cementerio de la Villa, un recordatorio memento mori que convive de cerca con el latido cotidiano del barrio.

III. LA PLAZA MODERNA: LA GEOMETRÍA DE LA CONVIVENCIA

El anhelo de rescatar la vieja explanada arbolada y convertirla en el monumental recinto que hoy admiramos nació con el siglo XX. Don Antonio Lugo Massieu fue el alma y motor de dicha empresa. Aunque el proyecto formal se presentó en las vísperas trágicas de 1939, las arcas municipales, exhaustas por la coyuntura de la época, lo condenaron a la espera.

No sería hasta la década de los cincuenta cuando las palas y los cinceles, gobernados por las líneas del arquitecto don Tomás Machado Méndez, comenzaron a esculpir lentamente la fisonomía actual de la plaza. El resultado fue una lección de urbanismo lírico: un juego sutil de escalinatas graciosas, fuentes que susurran al caminante y parterres ajardinados a los que el propio Antonio Lugo consagró sus desvelos diarios.

Filosóficamente, la Plaza de San Francisco opera como una síntesis de contrarios: logra conciliar la ostentación y el orgullo de la Orotava señorial con la entrañable sencillez de las clases populares. Su noble sobriedad es el punto de encuentro donde ambas realidades se disuelven y se respetan.

El discurrir del tiempo también trajo lo efímero y lo mundano; así, en el límite sur donde un día estuvo la portada plateresca de los Benítez de Lugo, la modernidad industrial instaló entre 1955 y 1970 la recordada fábrica de refrescos "Andomi", un recordatorio de cómo lo cotidiano redefine constantemente la sacralidad de los espacios históricos.

IV. LA HUELLA DEL POVERELLO: FILOSOFÍA DE UNA DEVOCIÓN

Aunque el cenobio fue bautizado originalmente bajo la advocación de San Lorenzo —cuyo culto popular se mantuvo vivo hasta fechas recientes mediante el enramado tradicional de su imagen—, el pueblo, en su soberana costumbre, terminó por llamar a todo el conjunto "San Francisco". Es el triunfo del nombre de la Orden sobre el del santo titular.

Recordar a San Francisco de Asís (1181/1182 – 1226), el Seráfico, el Poverello, es invocar una de las revoluciones filosóficas más radicales del cristianismo medieval. Hijo de la opulencia mercantil, Francisco renunció al destino burgués y a las armas para abrazar la dama pobreza. Su respuesta ante una sociedad corrompida y una Iglesia tentada por el poder temporal no fue la soberbia teológica, sino la ejemplaridad del desasimiento. Al predicar la paz absoluta, la igualdad radical entre los hombres y un amor fraterno que se extendía a todas las criaturas de la creación, colocó a los marginados —los pobres, los leprosos y los desahuciados— en el centro geométrico de su comunidad evangélica, fundada formalmente ante el papa Inocencio III en 1210.

Esa misma pulsión de libertad y alta cultura latía paradójicamente entre las estanterías de la desaparecida biblioteca del convento orotavense. En sus anaqueles, la ortodoxia de los grandes Padres de la Iglesia como San Agustín, San Ambrosio o Santo Tomás de Aquino cohabitaba en secreto con tratados médicos, diccionarios políglotas y los volúmenes prohibidos por el Santo Oficio de pensadores como Voltaire y Pascal. Aquellas páginas encerraban el germen de la duda, el método y la Ilustración.

Hoy, al cruzar el umbral del antiguo hospital y asomarse al mirador de la plaza, el visitante recibe el mismo regalo que conmovió a las generaciones pasadas: una deslumbrante panorámica que se abre hacia la inmensidad del Valle de La Orotava. Es el reencuentro final entre la piedra labrada por el hombre y la inmensidad de la naturaleza; un recordatorio de que, en esta calle y en esta plaza, la historia no ha muerto, sino que descansa en la noble superficie de sus fachadas.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 

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