LA OROTAVENSE CALLE DE SAN FRANCISCO (II): UNA CRÓNICA
DEL TIEMPO, LA PIEDRA Y EL ESPÍRITU
La
Orotava es un tapiz donde la piedra dialoga con el siglo y el agua escribe la
memoria de los hombres. Al situarnos idealmente en los años cincuenta del siglo
XX, contemplando el espacio desde la penumbra sagrada que proyecta el arco de
medio punto del antiguo convento franciscano —remozado por los vientos del
siglo XIX—, el espectador no solo mira un paisaje urbano; asiste a una encrucijada del tiempo. Ante sus ojos
se despliega la Plaza de San Francisco, recién nacida a su fisonomía moderna,
escoltada por la sobria presencia de la antigua Casa de Socorro. Capturar este
instante es adentrarse en la intrahistoria de la Villa, guiados por la
erudición compartida de Juan J. Martínez Sánchez y la complicidad de Jorge
Ángel González Delgado en su obra “La Orotava, sus calles y su historia”.
I. ARQUEOLOGÍA DEL ESPACIO: EL AGUA, EL GRANO Y LA FE
Desde
una perspectiva filosófica, el espacio urbano no es un vacío que se llena, sino
un organismo vivo que se
despliega. La zona que hoy delimitan la calle y la plaza de San Francisco
constituye uno de los núcleos fundacionales y más primigenios de La Orotava. En
sus orígenes, este lugar fue el cauce de la supervivencia: por aquí se
despeñaban las aguas vivas que, descendiendo de las cumbres del Valle, saciaban
a la población y otorgaban la energía cinética necesaria para hacer girar las
pesadas piedras de los molinos, cuya persistencia de algunos ejemplares desafía
el olvido.
El
devenir histórico de este enclave cambió de rumbo en 1519, cuando la dimensión económica se fundió con la trascendencia
espiritual mediante la erección del Convento
de San Lorenzo. Bajo la tutela de la Orden Franciscana, el lugar mutó de
inmediato en un faro cultural y religioso que reorganizó la geografía
circundante. Aquellos terrenos pertenecían primigeniamente a don Bartolomé
Benítez de Lugo, sobrino del Adelantado de Canarias, cuya señorial residencia
dominaba el flanco sur del recinto. Al erigirse en patrono del nuevo cenobio,
Benítez de Lugo cedió el suelo a los frailes, forzando una reconfiguración
viaria que uniera este nuevo centro de gravedad con los ejes de las calles Carrera
y Colegio mediante la espina dorsal de la calle San Francisco, enlazando
asimismo con la Villa de Arriba a través de los caminos de Castaño y Salazar.
El espacio vacío sobrante, al oriente del convento y al norte de la mansión
señorial, quedó como una matriz abierta: una plaza que los siglos posteriores
irían abrazando con edificaciones más humildes y populares.
II. LAS METAMORFOSIS DEL HITO: FUEGO, ESTADO Y DESTINO
La
historia es un tejido de destrucciones y renacimientos. El 20 de abril de 1801, el fuego devoró
parcialmente el antiguo convento de San Lorenzo. Sin embargo, la voluntad
humana reedificó sobre la ceniza: los muros se levantaron de nuevo y la actual
iglesia emergió del desastre, viendo concluidas sus obras hacia 1835. Pero el
sosiego de la clausura monástica duraría poco. En 1836, el decreto de la Desamortización de Mendizábal arrebató los
bienes a la Iglesia para entregarlos al Estado, un giro filosófico-político
donde lo sagrado se secularizó en favor del utilitarismo civil.
Tras
la marcha de los franciscanos, el viejo convento se transformó en el Hospital de la Santísima Trinidad,
abriendo sus puertas como asilo de ancianos y casa cuna. Este cambio de uso
encierra una profunda paradoja espiritual: los muros que antes buscaron la
salvación del alma a través de la oración pasaron a buscar la dignidad del
cuerpo a través de la caridad social.
Simultáneamente,
los márgenes de este gran eje viario se poblaron de arquitectura noble. En el
tramo que une las calles Colegio y Carrera con la plaza, se irguieron palacios
que son hoy cumbres del patrimonio isleño:
Acera Este: Las gemelas y señoriales casas de Méndez-Fonseca (la
universal Casa de los Balcones, erigida a finales del siglo XVII por el
capitán Juan de Castro con su insuperable patio de madera tallada) y la casa
Jiménez Franchy (que entre 1941 y 1953 albergó el colegio Farraís).
Acera Oeste: La majestuosa Casa Molina, completando un lienzo
urbano que en 1864 apenas contaba con diez edificios y que para 1887 ya
mostraba una perfecta simetría de seis inmuebles por acera. Curiosamente, es
también por esta acera oeste donde la calle abre el umbral que conduce al
cementerio de la Villa, un recordatorio memento mori que convive de cerca con
el latido cotidiano del barrio.
III. LA PLAZA MODERNA: LA GEOMETRÍA DE LA CONVIVENCIA
El
anhelo de rescatar la vieja explanada arbolada y convertirla en el monumental
recinto que hoy admiramos nació con el siglo XX. Don Antonio Lugo Massieu fue
el alma y motor de dicha empresa. Aunque el proyecto formal se presentó en las
vísperas trágicas de 1939, las
arcas municipales, exhaustas por la coyuntura de la época, lo condenaron a la
espera.
No
sería hasta la década de los cincuenta
cuando las palas y los cinceles, gobernados por las líneas del arquitecto don
Tomás Machado Méndez, comenzaron a esculpir lentamente la fisonomía actual de
la plaza. El resultado fue una lección de urbanismo lírico: un juego sutil de
escalinatas graciosas, fuentes que susurran al caminante y parterres
ajardinados a los que el propio Antonio Lugo consagró sus desvelos diarios.
Filosóficamente,
la Plaza de San Francisco opera como una síntesis de contrarios: logra
conciliar la ostentación y el orgullo de la Orotava señorial con la entrañable
sencillez de las clases populares. Su noble sobriedad es el punto de encuentro
donde ambas realidades se disuelven y se respetan.
El
discurrir del tiempo también trajo lo efímero y lo mundano; así, en el límite
sur donde un día estuvo la portada plateresca de los Benítez de Lugo, la
modernidad industrial instaló entre 1955 y 1970 la recordada fábrica de
refrescos "Andomi", un recordatorio de cómo lo cotidiano
redefine constantemente la sacralidad de los espacios históricos.
IV. LA HUELLA DEL POVERELLO: FILOSOFÍA DE UNA DEVOCIÓN
Aunque
el cenobio fue bautizado originalmente bajo la advocación de San Lorenzo —cuyo culto popular se
mantuvo vivo hasta fechas recientes mediante el enramado tradicional de su
imagen—, el pueblo, en su soberana costumbre, terminó por llamar a todo el
conjunto "San Francisco". Es el triunfo del nombre de la Orden sobre
el del santo titular.
Recordar
a San Francisco de Asís
(1181/1182 – 1226), el Seráfico, el Poverello, es invocar una de
las revoluciones filosóficas más radicales del cristianismo medieval. Hijo de
la opulencia mercantil, Francisco renunció al destino burgués y a las armas
para abrazar la dama pobreza. Su respuesta ante una sociedad corrompida y una
Iglesia tentada por el poder temporal no fue la soberbia teológica, sino la ejemplaridad del desasimiento. Al
predicar la paz absoluta, la igualdad radical entre los hombres y un amor
fraterno que se extendía a todas las criaturas de la creación, colocó a los
marginados —los pobres, los leprosos y los desahuciados— en el centro
geométrico de su comunidad evangélica, fundada formalmente ante el papa Inocencio
III en 1210.
Esa
misma pulsión de libertad y alta cultura latía paradójicamente entre las
estanterías de la desaparecida biblioteca del convento orotavense. En sus
anaqueles, la ortodoxia de los grandes Padres de la Iglesia como San Agustín,
San Ambrosio o Santo Tomás de Aquino cohabitaba en secreto con tratados
médicos, diccionarios políglotas y los volúmenes prohibidos por el Santo Oficio
de pensadores como Voltaire y Pascal. Aquellas páginas encerraban el
germen de la duda, el método y la Ilustración.
Hoy,
al cruzar el umbral del antiguo hospital y asomarse al mirador de la plaza, el
visitante recibe el mismo regalo que conmovió a las generaciones pasadas: una
deslumbrante panorámica que se abre hacia la inmensidad del Valle de La Orotava. Es el reencuentro
final entre la piedra labrada por el hombre y la inmensidad de la naturaleza;
un recordatorio de que, en esta calle y en esta plaza, la historia no ha
muerto, sino que descansa en la noble superficie de sus fachadas.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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