martes, 26 de septiembre de 2017

NINO, UN ZAPATERO EN LA MEMORIA DE LOS OROTAVENSES



En una entrañable fotografía que nos remitió en abril de 2017 su hijo Antonio Hernández, "Toño" —fiel heredero de la tradición y el oficio—, se puede contemplar a Saturnino Hernández Díaz, el eterno e inolvidable "Nino", en el corazón de su taller de zapatería, ubicado en el famoso y popular Barrio de Los Cuartos de la Villa de La Orotava. Aquella imagen lo retrata tal y como fue: un artesano de los clásicos, de los que ya no quedan, cuya vida se forjó puntada a puntada entre el olor a cuero, el ruido del martillo y la nobleza del trabajo bien hecho.

Nino nació en el Barranco de San Antonio, junto a la carretera comarcal de Higa. Antes de consagrarse por entero al arte del calzado, curtió su juventud trabajando en la Harinera Tenerife, que regentaba en la Villa don Sixto Perera Lima. Aquel negocio de distribución operaba en los salones de la célebre mansión conocida como "Los Sánchez" o "La Casa Grande", y tenía como encargado a una auténtica leyenda del deporte local: Antonio Sánchez Rodríguez, el primer guardameta profesional de la Villa, quien militó en el Price CF, el Real Celta de Vigo y el Sabadell CF. Allí, el día a día de Nino consistía en el durísimo reparto de la harina por las panaderías de la época, cargando sobre sus hombros pesados sacos de cien kilos.

Sin embargo, su destino estaba escrito entre leznas y hormas. Con la firme determinación de independizarse, se estableció por su cuenta en los bajos de un inmueble del Barrio de Los Cuartos que, por aquel entonces, funcionaba como una auténtica ciudadela donde varias familias compartían espacio. Aprendió los secretos del oficio de la mano de respetados maestros de la Villa; entre ellos, mi abuelo materno, Bruno Abréu Rodríguez, a quien Nino le compró su primera máquina de coser por la suma de 10.000 pesetas, abonadas religiosamente en diez mensualidades de 1.000 pesetas. Aquella máquina no era una herramienta cualquiera: fabricada en Hamburgo (Alemania) en pleno siglo XIX al calor de la Revolución Industrial, es una joya única en Europa junto a la que adquirió el también zapatero villero Pedro Chaves Trujillo (del barrio de San Francisco). Hoy, esas reliquias mecánicas se custodian con orgullo reverencial: una en el domicilio de Toño Hernández, en Los Frontones, y la otra en el taller de Juan Pedro y Tomás Chaves, en San Francisco.

Como profesional del gremio, Nino fue el ejemplo perfecto del zapatero polivalente y total. Su pericia no tenía límites: lo mismo confeccionaba un calzado desde cero que devolvía la vida a un par desahuciado. Dominaba el cuero, la piel y el caucho de los neumáticos; remendaba zapatos, botas y bolsos con una maestría que desafiaba a diario el desgaste del calzado histórico de nuestros vecinos. Tal era su reputación que se convirtió en el zapatero de confianza del inolvidable matrimonio formado por don Mariano Brier y doña Chana Bravo de Laguna, propietarios de la emblemática "Villa Remedio" (hoy conocida por todos como la Casa de doña Chana y perteneciente al Ayuntamiento). Como testimonio vivo de aquel estatus profesional, su hijo Toño aún conserva en su poder las hormas de madera personalizadas con las iniciales de tan ilustres clientes.

En lo personal, mi gratitud hacia él es eterna. Aún recuerdo cuando le llevaba a su taller unos viejos zapatos para que los transformara en botas de fútbol, o balones de cuero cuarteados para que remendara sus costuras. Curiosamente, Nino jamás me cobró un solo céntimo por aquellos encargos. Siempre me he preguntado el porqué de tanta generosidad: tal vez lo hacía por el profundo respeto que le profesaba a la memoria de mi abuelo Bruno, uno de sus maestros, o quizás simplemente por la inmensa bondad que dictaba su corazón. Nunca obtuve una respuesta, pero su afecto y su sincera amistad se quedaron grabados en mi alma para siempre.

Por su ubicación estratégica, la zapatería de Nino funcionaba como la auténtica antesala del Estadio Municipal "Los Cuartos". El taller era un ir y venir de deportistas; por sus manos pasaban balones históricos y las botas de los futbolistas de la comarca. Más de una vez resolvió arreglos de urgencia minutos antes de que sonara el silbato inicial, e incluso los equipos visitantes recurrían a sus servicios de emergencia cuando los tacos o las suelas amenazaban con fallar bajo los pies de los jugadores. Su ingenio, además, no conoció fronteras: para el baloncesto local, inventó un sistema revolucionario que consistía en añadir plantas de neumático vulcanizado a las zapatillas de lona, logrando así que el calzado de la canasta resistiera el implacable desgaste del asfalto y durara muchísimo más tiempo.

Nino, zapatero en la memoria colectiva de los orotavenses y vecino de Los Cuartos de toda la vida, es hoy una hermosa semblanza de nuestra historia local. Estoy plenamente convencido de que, allá donde se encuentre, en ese taller eterno del descanso, sigue al frente de su oficio, rodeado de cuero, herramientas y de los amigos con los que siempre fue feliz en la Tierra.

Un abrazo eterno, Nino. Tu gremio y tu Villa jamás te olvidarán.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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