La metamorfosis de una
plaza es, en el fondo, el reflejo de nuestra propia mutación interior. Hay rincones que no
se miden en metros cuadrados, sino en la profundidad de los recuerdos que en
ellos germinaron. Para quien escribe, la Plaza de Franchi Alfaro de la Villa de
La Orotava no fue un simple espacio público; fue el jardín extendido de mi
propia casa, el escenario donde un niño de nueve años empezó a contemplar cómo
el progreso y el cemento libraban su eterna batalla contra la naturaleza
indómita.
Corría el año 1960 cuando el baloncesto orotavense se
quedó sin su templo en la terraza del desaparecido Cine Atlante. La solución
que encontraron los mayores tuvo un tinte de desmesura y vehemencia: trasladar
la cancha al mismísimo corazón de la plaza. Filosóficamente, el ser humano
tiende a sacrificar la belleza espontánea en aras de la utilidad comunitaria.
Para abrir paso a la pista de cemento y a los pesados postes de tuberías, se
destruyó de mal talante un jardín centenario. Aquel vergel, que hasta entonces
estallaba en auténtica vida floral de strelitzias, amapolas, geranios,
claveles, rosas y azucenas, fue arrasado. La fatalidad, que ya en febrero de
1957 se había cobrado un centenario laurel de India por culpa de un violento
temporal, culminó su obra cuando el hombre arrancó de raíz al pino, a la
higuera y al homólogo laurel del lado sur para encajar allí también la feria de
las Fiestas Mayores.
En aquel suelo de hormigón renació el CB Águila del
Valle, reforzado por Javier Arbelo y Chago Estévez. Los niños de la época nos
convertimos en testigos asombrados de la élite del baloncesto regional: ver
desfilar al Canarias y al Juventud de La Laguna, al Hércules de Icod, al Hernán
Imperio, al Real Club Náutico, al Disa y al Ucanca del Puerto de la Cruz era
rozar el cielo con las manos. Pero cuando el balón dejaba de botar y los
alrededores quedaban desguarnecidos, la chiquillada se adueñaba del espacio
para jugar al fútbol. En esos retazos de libertad infantil se grabaron los
nombres de la pandilla, almas cómplices que compartieron el polvo y la gloria
de la plaza: Ñete Polo, Aníbal y Alejandro Castro, Pico el Palmito y su hermano
Efraín, Toño “El Mecánico” y José Luis, Diosdado, José Ángel y Chucho Dorta,
los hermanos Fernando y Valentín Oliva, Ica Hernández, Domingo Domínguez, mi
primo Quique Abréu, Carmelito y Miguel Ángel Santos, Francisco Trujillo y el
siempre recordado Jaime Yánez. La memoria es un tamiz caprichoso, y pido perdón
a quienes la niebla del tiempo deje en el tintero, pero todos ellos forman el
tejido de mi infancia.
La verdadera madurez de la plaza llegó en 1962 bajo el
mandato del alcalde don Juan Cúllen y Lugo. El recinto se cerró para una
restauración total que redefiniría su estética y nuestra juventud. Fue entonces
cuando aparecieron las icónicas, vanguardistas y casi poéticas losetas hexagonales de tres colores: blancas, negras y
encarnadas. Aquel pavimento, geométrico y
perfecto como un mosaico del destino, corrió a cargo de la empresa de don Pedro
González Arbelo, el recordado maestro Pedro "Barreto", un hombre
humilde nacido en la calle Zacarías y vecino de Los Cuartos, a quien conocí con
apenas diez años.
La plaza se inauguró en su nueva etapa en noviembre de
1963, ahora con una pista de piche de un solo poste central y un flamante
parque infantil en la zona sur. Desde mis portales en la calle El Calvario
—primero en el número 34 y luego en el 46— vi cómo la plaza se transformaba en
el epicentro de nuestras vidas. Allí transitamos de la niñez a la adolescencia
entre los festivales de María Auxiliadora, los Coros y Danzas de la Sección
Femenina, el entrañable portal viviente de Navidad y las exposiciones de flores.
Llegados los mediados de los años sesenta, con el trajín
de las guaguas rojas deteniéndose en los alrededores y el vibrante ambiente
baloncestístico en el centro, la plaza alcanzó una atmósfera irrepetible. Pero
nada de este milagro cotidiano habría sido posible sin la filosofía del cuidado
silencioso. Detrás de la belleza de ese mosaico hexagonal estaba la figura
imponente y abnegada de don Gumersindo Expósito, el hombre que hasta su
jubilación limpió, mimó y protegió la plaza como si fuera su propio templo. Las
losetas hexagonales terminaron por levantarse, pero en el plano de la memoria
inmaterial, siguen encajadas a la perfección, dibujando el suelo de una Orotava
que fuimos y que siempre nos habitará.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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