miércoles, 27 de septiembre de 2017

DON PEDRO BARRETO EN EL RECUERDO




DON PEDRO BARRETO EN EL RECUERDO: EL TALLISTA DE LA PIEDRA Y EL ALMA

El tiempo, que suele desgastar el granito más duro, se vuelve dócil ante la memoria de los hombres íntegros. Al cumplirse un nuevo aniversario de su partida, el eco de los cinceles nos devuelve la figura inolvidable de Pedro González Árbelo, grabado para siempre en el afecto popular como Pedro "Barreto". Su historia comenzó entre los adoquines de la antigua calle Zacarías de La Orotava, un 23 de febrero de 1914, y se cerró con el último suspiro el 27 de septiembre de 2011, precisamente en el barrio de Los Cuartos, el mismo suelo que lo vio forjar su imperio de piedra y vida.

Quien escribe estas líneas guarda en la retina un recuerdo nítido del año 1961. Un servidor, con apenas diez años de asombro, contemplaba a Maestro Pedro en la pavimentación de la histórica Plaza de Franchi Alfaro. Aquel hombre humilde acomodaba con pulso de artista las grandes losetas hexagonales blancas, negras y encarnadas, como quien compone un damero eterno. Pedro era la encarnación misma del esfuerzo. Sus inicios en el oficio se remontaban a la niñez, cuando, vistiendo aún pantalones cortos, aprendía la dureza del bastimento como peón en la construcción de la célebre Charca de los Ascanio.

La juventud le fue arrebatada por los tambores de la «guerra incivil» española. Movilizado al frente, aprovechó un breve permiso en 1936 para unirse en matrimonio con María Yumar Perdigón, la mujer que se convertiría en su faro y con quien traería al mundo siete hijos, dos mujeres y cinco varones. Al concluir la contienda, con el alma herida por los horrores del campo de batalla —de los que logró sanar gracias a los desvelos del célebre psiquiatra valenciano Juan José López Ibor—, regresó a la Villa. Sin haber pisado jamás la escuela oficial, armado solo con una inteligencia intuitiva y voraz, volvió a la albañilería antes de dar el gran salto: fundar su propia fábrica de mosaicos, granitos y mármoles. En sus ratos libres, aún le quedaba aliento para correr tras el balón en la U.D. Orotava, club que años más tarde le rendiría honores como su jugador más veterano.

A comienzos de la década de los sesenta, en unos solares cedidos por don Antonio Hernández («el de Las Tapias») en el populoso barrio de Los Cuartos, comenzó el milagro. Junto a sus hijos José Pedro y Rigoberto, instaló una modesta industria papelera cuya primera máquina, adquirida a plazos con un esfuerzo indecible, fue bautizada con el profético nombre de «La Milagrosa». Con los años, la empresa creció al ritmo de la familia. Se sumaron sus hijos Orlando, Lolo y Franci, además de su yerno Javier. Durante medio siglo, aquel taller dio el pan y el oficio a un centenar de operarios, transformando bloques de piedra en millares de lápidas, encimeras, escaleras y suelos que hoy visten toda la isla.

El crecimiento natural de la industria obligó a trasladar los talleres desde Los Cuartos hasta el paraje de La Cancela, cerca de la Cruz del Teide. Allí se erigió la auténtica catedral del mármol, un espacio adaptado a los nuevos tiempos tecnológicos. De sus canteras y talleres salieron obras fundamentales de nuestra geografía: la esbelta torre de la iglesia parroquial de La Guancha, el revestimiento de los Hogares de Santa Rita en el Puerto de la Cruz —de la mano del recordado Padre Antonio María Hernández—, y el mármol que engalana los hoteles Interpalace y Tenerife Playa. Su impronta altruista quedó también grabada en las piedras de la capilla de El Durazno y en los templos de Punta Brava, El Rincón, Barranco de la Arena, San Bartolomé y La Luz.

La estirpe de los Barreto continuó expandiendo el oficio. En 1968, su primogénito José Pedro fundó Mármoles Yumar en El Sauzal, mientras que sus hermanos mantenían el pabellón de La Cancela. Aquel relevo generacional permitió a Don Pedro una jubilación pacífica y luminosa. Cambió el sonido del martillo por el rasgueo de la guitarra en el Centro de Mayores de La Villa, su segundo hogar, donde cofundó la agrupación folclórica "Volcanes del Teide".

El barrio de Los Cuartos tiene una deuda impagable con este hombre y con su esposa, fallecida en 2006. Ella, recordada con un cariño inmenso, ejerció como partera del lugar y fue un auxilio constante para las familias que peor lo pasaban en los años del hambre. Don Pedro y Doña María evitaron la miseria de muchos hogares. Es lamentable que los rectores actuales de la Villa no hayan tenido la sensibilidad de rendirle el tributo que merece, rotulando una calle con su nombre. El olvido institucional es injusto, pero el mármol de su memoria permanece intacto, custodiado por la única capilla del lugar dedicada al Santo Madero y a La Milagrosa, levantada, como no podía ser de otra manera, por su propia estirpe.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 


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