lunes, 26 de octubre de 2020

JOSÉ MESA CABRERA. UN MÚSICO

José Mesa Cabrera fue, ante todo, un constructor de paisajes sonoros y un artesano del alma humana a través del metal y el viento. Su vida no puede entenderse como una simple sucesión de fechas, sino como una partitura vital donde la música operó como el hilo invisible que teje la memoria, la identidad y la resistencia de un pueblo. En la filosofía platónica, la música es la medicina del alma; en la existencia de José, fue el motor que transformó el devenir del tiempo en un eco eterno.

I. EL NACIMIENTO DE LA ARMONÍA EN TIEMPOS DE PENUMBRA

José Mesa Cabrera vio la luz en la Cruz Santa (Los Realejos), un rincón del norte de Tenerife que marcaría su destino y al que regresaría siempre, como el eterno retorno del que hablaba Nietzsche. Su iniciación musical no fue un mero aprendizaje técnico; fue un acto de comunión y resiliencia bajo el cobijo de don José Arbelo, párroco y arquitecto de una banda que desafió el silencio de la posguerra.

En la Semana Santa de 1939, con las heridas de la "guerra incivil" aún sangrantes, aquella banda debutó. En un lienzo social quebrado por el dolor, el joven José descubrió que la música poseía una función catártica: allí donde el lenguaje humano había fracasado y sembrado división, el arte se erguía para restaurar la dignidad y coser los desgarros del espíritu colectivo.

Siendo apenas un niño en 1943, su talento lo llevó hasta Madrid con la Agrupación Musical Cruz Santa. Aquel viaje iniciático, gestionado bajo los complejos engranajes de la Falange de la época, supuso el choque temprano entre la pureza del niño músico y las dinámicas del poder, una dualidad donde el arte siempre acaba encontrando su propia grieta de libertad.

II. EL ÉXODO CREATIVO: EL VÍNCULO CON LA OROTAVA

A finales de la década de los cuarenta, el destino llamó a su puerta con los nombres de Domingo Delgado González “Febles” y Jesús Padrón Cejas. Estos insignes músicos villeros acudieron a la Cruz Santa con una misión casi sagrada: reclutar a José y a su compañero Teodoro Sanabria para integrarlos en la Banda de Música Municipal de La Orotava, bajo la batuta del gaditano José Berenguer Sánchez.

Se fraguó así una alianza indisoluble entre municipios y corazones. En la Villa, José perfeccionó el trombón y el bombardino junto al maestro Juan Iglesia —cuya figura vigila con celo maestro la retaguardia en el registro fotográfico de la memoria—. La filosofía existencialista nos recuerda que el ser humano se define por sus elecciones y sus relevos; José no solo sustituyó a su maestro en el bombardino, sino que custodió su legado.

El Ayuntamiento villero le ofreció el sustento terrenal, primero entre los senderos verdes de la jardinería y luego en la precisión técnica de los contadores eléctricos. Mientras sus manos trabajaban la tierra y medían la energía del pueblo, sus labios soplaban el bronce, convirtiéndose en el Bombardino Principal de la municipal villera. Con ello, inscribía su nombre en la dinastía de los mitos locales: Jesús Illada Quintero, Pedro “El Medianero” y el propio Juan Iglesia.

III. METAMORFOSIS Y PLURALIDAD MUSICAL

La disolución de la Banda Municipal en septiembre de 1954 supuso una muerte simbólica, un silencio abrupto en la Villa. Sin embargo, la música, al igual que la energía, no se destruye, solo se transforma. En marzo de 1955, renació de sus cenizas bajo la dirección del músico militar Ernesto Correa Negrín en la nueva Agrupación Musical Orotava. José estuvo allí, firme, con su bombardino como escudo contra el olvido.

La inquietud artística de José no conocía fronteras estéticas. Entendía que la música es un ente vivo que debe habitar tanto la solemnidad de los templos como la alegría profana de las plazas. Fue el alma protectora y fundadora de la Orquesta de música ligera "Brisas del Teide" y de la orquesta cruzantera "Copacabana". Su batuta y su ritmo gobernaron el baile en el Liceo Taoro, encendieron el entusiasmo popular con la Fanfarria Peña El Casco y sumaron voluntades en la Banda "Amigos del Valle" de la Villa Arriba. José encarnaba la figura del dinamizador vital: un hombre que entregaba su tiempo para que los demás celebraran la vida.

IV. EL ETERNO RETORNO Y LA TRASCENDENCIA DEL BRONCE

A finales de los años ochenta, cerrando el círculo perfecto de su existencia, José regresó a sus orígenes. Reconstruyó la Banda de Música de La Cruz Santa, dedicándole sus últimos hálitos de vida y su madurez creadora hasta el día de su partida. Fue su testamento vital: regalar a las nuevas generaciones la misma herramienta de libertad y belleza que a él lo salvó en la infancia.

En octubre de 2020, en medio de una crisis sanitaria global que amenazaba con confinarnos en la desesperanza, una fotografía compartida por su amigo de la infancia de la Calle El Calvario, Carmelo Santos Villar, actuó como un faro de luz. Recordar a José en tiempos de vulnerabilidad fue un recordatorio filosófico de lo que verdaderamente sobrevive a las tragedias: el arte, la bondad y los lazos comunitarios.

José Mesa Cabrera fue un hombre de una intrepidez desbordante, un corazón inmenso y una bondad profunda. El Ayuntamiento de la Villa de Los Realejos hizo justicia a su memoria histórica y metafísica: hoy, su nombre rotula una calle en su Barrio Cruzantero y su mirada, fundida para siempre en un busto de bronce, contempla la plaza que lo vio nacer. El bronce ya no vibra con las notas del bombardino, pero permanece imperturbable al paso del tiempo, recordando a los vivos que por estos valles caminó un hombre que transformó el aire en pura belleza.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario