José Mesa Cabrera fue, ante todo, un constructor de paisajes sonoros y
un artesano del alma humana a través del metal y el viento.
Su vida no puede entenderse como una simple sucesión de fechas, sino como una
partitura vital donde la música operó como el hilo invisible que teje la
memoria, la identidad y la resistencia de un pueblo. En la filosofía platónica,
la música es la medicina del alma; en la existencia de José, fue el motor que
transformó el devenir del tiempo en un eco eterno.
I. EL NACIMIENTO DE LA
ARMONÍA EN TIEMPOS DE PENUMBRA
José Mesa Cabrera vio la luz en la Cruz
Santa (Los Realejos), un rincón del norte de Tenerife que
marcaría su destino y al que regresaría siempre, como el eterno retorno del que
hablaba Nietzsche. Su iniciación musical no fue un mero aprendizaje técnico;
fue un acto de comunión y resiliencia bajo el cobijo de don José Arbelo,
párroco y arquitecto de una banda que desafió el silencio de la posguerra.
En la Semana Santa de 1939, con las heridas
de la "guerra incivil" aún sangrantes, aquella banda
debutó. En un lienzo social quebrado por el dolor, el joven José descubrió que
la música poseía una función catártica: allí donde el lenguaje humano había
fracasado y sembrado división, el arte se erguía para restaurar la dignidad y
coser los desgarros del espíritu colectivo.
Siendo apenas un niño en 1943, su talento lo llevó hasta
Madrid con la Agrupación Musical Cruz Santa. Aquel viaje iniciático, gestionado
bajo los complejos engranajes de la Falange de la época, supuso el choque
temprano entre la pureza del niño músico y las dinámicas del poder, una dualidad
donde el arte siempre acaba encontrando su propia grieta de libertad.
II. EL ÉXODO CREATIVO: EL
VÍNCULO CON LA OROTAVA
A finales de la década de los cuarenta, el destino llamó
a su puerta con los nombres de Domingo Delgado González “Febles” y Jesús Padrón
Cejas. Estos insignes músicos villeros acudieron a la Cruz Santa con una misión
casi sagrada: reclutar a José y a su compañero Teodoro Sanabria para
integrarlos en la Banda de Música Municipal de La Orotava,
bajo la batuta del gaditano José Berenguer Sánchez.
Se fraguó así una alianza indisoluble entre municipios y
corazones. En la Villa, José perfeccionó el trombón y el bombardino junto al
maestro Juan Iglesia —cuya figura vigila con celo maestro la retaguardia en el
registro fotográfico de la memoria—. La
filosofía existencialista nos recuerda que el ser humano se define por sus
elecciones y sus relevos; José no solo sustituyó a su maestro en el bombardino,
sino que custodió su legado.
El Ayuntamiento villero le ofreció el sustento terrenal,
primero entre los senderos verdes de la jardinería y luego en la precisión
técnica de los contadores eléctricos. Mientras sus manos trabajaban la tierra y
medían la energía del pueblo, sus labios soplaban el bronce, convirtiéndose en
el Bombardino Principal
de la municipal villera. Con ello, inscribía su nombre en la dinastía de los
mitos locales: Jesús Illada Quintero, Pedro “El Medianero” y el propio Juan
Iglesia.
III. METAMORFOSIS Y
PLURALIDAD MUSICAL
La disolución de la Banda Municipal en septiembre de 1954
supuso una muerte simbólica, un silencio abrupto en la Villa. Sin embargo, la
música, al igual que la energía, no se destruye, solo se transforma. En marzo
de 1955, renació de sus cenizas bajo la dirección del músico militar Ernesto
Correa Negrín en la nueva Agrupación
Musical Orotava. José estuvo allí, firme, con
su bombardino como escudo contra el olvido.
La inquietud artística de José no conocía fronteras estéticas.
Entendía que la música es un ente vivo que debe habitar tanto la solemnidad de
los templos como la alegría profana de las plazas. Fue
el alma protectora y fundadora de la Orquesta de música ligera "Brisas del
Teide" y de la orquesta cruzantera "Copacabana".
Su batuta y su ritmo gobernaron el baile en el Liceo Taoro, encendieron el
entusiasmo popular con la Fanfarria Peña El Casco y sumaron voluntades en la
Banda "Amigos del Valle" de la Villa Arriba. José encarnaba la figura
del dinamizador vital: un hombre que entregaba su tiempo para que los demás
celebraran la vida.
IV. EL ETERNO RETORNO Y
LA TRASCENDENCIA DEL BRONCE
A finales de los años ochenta, cerrando el círculo
perfecto de su existencia, José regresó a sus orígenes. Reconstruyó
la Banda de Música de La Cruz Santa,
dedicándole sus últimos hálitos de vida y su madurez creadora hasta el día de
su partida. Fue su testamento vital: regalar a las nuevas generaciones la misma
herramienta de libertad y belleza que a él lo salvó en la infancia.
En octubre de 2020, en medio de una crisis sanitaria
global que amenazaba con confinarnos en la desesperanza, una fotografía compartida
por su amigo de la infancia de la Calle El Calvario, Carmelo
Santos Villar, actuó como un faro de luz.
Recordar a José en tiempos de vulnerabilidad fue un recordatorio filosófico de
lo que verdaderamente sobrevive a las tragedias: el arte, la bondad y los lazos
comunitarios.
José Mesa
Cabrera fue un hombre de una intrepidez desbordante, un corazón inmenso y una
bondad profunda. El Ayuntamiento de la Villa de Los
Realejos hizo justicia a su memoria histórica y metafísica: hoy, su nombre
rotula una calle en su Barrio Cruzantero y su mirada, fundida para siempre en
un busto de bronce,
contempla la plaza que lo vio nacer. El bronce ya no vibra con las notas del
bombardino, pero permanece imperturbable al paso del tiempo, recordando a los
vivos que por estos valles caminó un hombre que transformó el aire en pura
belleza.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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