sábado, 24 de octubre de 2020

HUERTA DEL MORAL (IV)


LA MEMORIA DE LOS TEJADOS: CRÓNICA FILOSÓFICA DE LA HUERTA DEL MORAL

Hay tiempos en los que el mundo parece encogerse, confinado tras los visillos de una incertidumbre global, midiendo el aliento frente a una amenaza microscópica e invisible. En medio de esa quietud pandémica que sacudió los cimientos de nuestra fragilidad, los hilos de la memoria insisten en tejer el tiempo. Fue entonces cuando la voz amiga del alumno y caminante de las aulas del IES La Orotava Manuel González Pérez, Emiliano Ramos Amaro, junto a su archivo rescatado devolvió a la luz el testimonio fotográfico de un nacimiento: la génesis del barrio de Los Cuartos, plantado con reverencia sobre el regazo de la antigua Huerta del Moral.

Contemplar aquellas imágenes sepias de 1945 —el saludo alzado de los vecinos bajo un cielo de posguerra, los rostros expectantes de niños, jóvenes y mayores que iban a poblar aquellos hogares recién paridos— es un ejercicio de alta filosofía terrenal. ¿Qué es una casa, sino un dique contra la intemperie del tiempo?

DEL ADOBE AL VIENTO: LA ARQUITECTURA DE LA RESISTENCIA

Aquella parcela de tierra fértil —delimitada antaño por la Carretera General de Los Pinos, el Recodo, la silueta baja del Colegio de La Milagrosa y la Cañada, y más tarde ceñida por el Estadio Municipal— vio nacer las llamadas "casas baratas". Eran viviendas humildes de una sola planta, pertrechadas con sus tejados a dos aguas y una chimenea que prometía el calor del hogar frente a la dureza de los días.

Pero la historia, como la naturaleza, no es estática; es un devenir constante de pruebas y mudanzas. En 1957, un temporal de viento furioso barrió los tejados originales, recordándonos la vulnerabilidad de lo humano ante los elementos. Lejos de rendirse, el barrio se reinventó con techos de mampostería. Las piedras y las planchas sustituyeron al barro, simbolizando la resiliencia de un pueblo que transforma cada herida climática en una nueva piel.

EL REFUGIO DEL ALMA: LA CAPILLA Y EL SENTIDO DE COMUNIDAD

Un barrio no es solo un conglomerado de ladrillos y cemento; es, ante todo, un mapa de afectos compartidos. En 1984, gracias al pulso generoso de la familia González Yumar, que asumió el peso económico junto al depósito del agua a presión, se alzó la Capilla en honor a la Virgen Milagrosa.

El 17 de noviembre de aquel año, bajo la mirada pastoral de don Jacinto Barrio Acosta y bendecida por el obispo Nivariense don Damián Iguacen Borau, las paredes sagradas sellaron la identidad espiritual de Los Cuartos. La fe convertida en arquitectura comunitaria: el agua que da vida física y la fe que da sosiego al espíritu confluyendo en un mismo rincón de la geografía orotavense.

EL OLVIDO Y LA GRATITUD: UNA REFLEXIÓN FINAL

Hoy, al recorrer las calles de este barrio histórico, el cronista experimenta una mezcla de devoción íntima y melancolía crítica. Es el territorio de la infancia, el solar donde habitan los rostros entrañables de los amigos de siempre, de las familias que forjaron el compás cotidiano: María la de la Venta, el maestro herrero don Francisco Mesa...

Sin embargo, la memoria colectiva a veces padece de amnesia institucional. Duele comprobar cómo la historia escrita con sudor, adobe y esperanza a veces se diluye en la desmemoria oficial, olvidando a figuras capitales como don Antonio Hernández de Las Tapias, al alcalde don Cándido Acosta Hernández o a la propia familia González Yumar.

¿Cómo es posible —nos preguntamos con perplejidad filosófica— que una sociedad olvide las raíces que la sostienen? Despreciar lo históricamente hecho y escrito es amputar el propio presente. Las fotografías de 1945 no son meros documentos de archivo; son espejos donde deberíamos mirarnos para entender que somos el eco de aquellos hombres de manos alzadas y de aquellos niños que estrenaron suelo. En Los Cuartos, cada piedra guarda una biografía, y mientras quede alguien capaz de recordarlo, la Huerta del Moral seguirá floreciendo en la memoria de La Orotava.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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