LA MEMORIA DE LOS
TEJADOS: CRÓNICA FILOSÓFICA DE LA HUERTA DEL MORAL
Hay
tiempos en los que el mundo parece encogerse, confinado tras los visillos de
una incertidumbre global, midiendo el aliento frente a una amenaza microscópica
e invisible. En medio de esa quietud pandémica que sacudió los cimientos de
nuestra fragilidad, los hilos de la memoria insisten en tejer el tiempo. Fue
entonces cuando la voz amiga del alumno y caminante de las aulas del IES La
Orotava Manuel González Pérez, Emiliano
Ramos Amaro, junto a su archivo rescatado devolvió a la luz el
testimonio fotográfico de un nacimiento: la génesis del barrio de Los Cuartos, plantado con reverencia
sobre el regazo de la antigua Huerta
del Moral.
Contemplar
aquellas imágenes sepias de 1945 —el saludo alzado de los vecinos bajo un cielo
de posguerra, los rostros expectantes de niños, jóvenes y mayores que iban a
poblar aquellos hogares recién paridos— es un ejercicio de alta filosofía
terrenal. ¿Qué es una casa, sino un dique contra la intemperie del tiempo?
DEL ADOBE AL
VIENTO: LA ARQUITECTURA DE LA RESISTENCIA
Aquella
parcela de tierra fértil —delimitada antaño por la Carretera General de Los
Pinos, el Recodo, la silueta baja del Colegio de La Milagrosa y la Cañada, y
más tarde ceñida por el Estadio Municipal— vio nacer las llamadas "casas
baratas". Eran viviendas humildes de una sola planta, pertrechadas con sus
tejados a dos aguas y una chimenea que prometía el calor del hogar frente a la
dureza de los días.
Pero
la historia, como la naturaleza, no es estática; es un devenir constante de
pruebas y mudanzas. En 1957, un
temporal de viento furioso barrió los tejados originales, recordándonos la
vulnerabilidad de lo humano ante los elementos. Lejos de rendirse, el barrio se
reinventó con techos de mampostería. Las piedras y las planchas sustituyeron al
barro, simbolizando la resiliencia de un pueblo que transforma cada herida
climática en una nueva piel.
EL REFUGIO DEL
ALMA: LA CAPILLA Y EL SENTIDO DE COMUNIDAD
Un
barrio no es solo un conglomerado de ladrillos y cemento; es, ante todo, un
mapa de afectos compartidos. En 1984,
gracias al pulso generoso de la familia
González Yumar, que asumió el peso económico junto al depósito del agua
a presión, se alzó la Capilla en honor a la Virgen Milagrosa.
El
17 de noviembre de aquel año,
bajo la mirada pastoral de don Jacinto Barrio Acosta y bendecida por el obispo
Nivariense don Damián Iguacen Borau, las paredes sagradas sellaron la identidad
espiritual de Los Cuartos. La fe convertida en arquitectura comunitaria: el
agua que da vida física y la fe que da sosiego al espíritu confluyendo en un
mismo rincón de la geografía orotavense.
EL OLVIDO Y LA
GRATITUD: UNA REFLEXIÓN FINAL
Hoy,
al recorrer las calles de este barrio histórico, el cronista experimenta una
mezcla de devoción íntima y melancolía crítica. Es el territorio de la
infancia, el solar donde habitan los rostros entrañables de los amigos de
siempre, de las familias que forjaron el compás cotidiano: María la de la Venta, el maestro herrero
don Francisco Mesa...
Sin
embargo, la memoria colectiva a veces padece de amnesia institucional. Duele
comprobar cómo la historia escrita con sudor, adobe y esperanza a veces se
diluye en la desmemoria oficial, olvidando a figuras capitales como don Antonio Hernández de Las Tapias,
al alcalde don Cándido Acosta Hernández
o a la propia familia González Yumar.
¿Cómo
es posible —nos preguntamos con perplejidad filosófica— que una sociedad olvide
las raíces que la sostienen? Despreciar lo históricamente hecho y escrito es
amputar el propio presente. Las fotografías de 1945 no son meros documentos de
archivo; son espejos donde deberíamos mirarnos para entender que somos el eco
de aquellos hombres de manos alzadas y de aquellos niños que estrenaron suelo.
En Los Cuartos, cada piedra guarda una biografía, y mientras quede alguien
capaz de recordarlo, la Huerta del Moral seguirá floreciendo en la memoria de
La Orotava.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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