En los
días inciertos de octubre de 2020, en plena pandemia, mi amigo de la infancia
de la calle El Calvario, Carmelo
Santos Villar, me hizo llegar una imagen que hoy es refugio de
nuestra memoria: una estampa de la calle "La Iglesia" en la primera
mitad del siglo XX. Al fondo se yergue majestuosa la Iglesia de la Concepción,
con una curiosidad que atrapa la mirada villera: su torre gemela izquierda
aparece desnuda, aún sin campanas ni reloj.
La
acera izquierda de la fotografía custodia la identidad del barrio: la señorial Casa Salazar, la
antigua Caja de Ahorros
y Monte de Piedad, la casa
de los Reyes y la casa
de los Pérez, en cuya planta baja despachaban su peletería y
sombrería bajo la mirada de un grupo de niños inmortalizados en su juego.
Como
bien recuerda mi compañero de docencia, Rafael
Gómez León, esta emblemática vía —una de las más antiguas de La
Orotava— ha mudado de nombre con la historia. Nació de la lógica popular como
la “calle que va a dar
enfrente de la Iglesia Matriz”. Durante la Primera República
(1873-1874) se rebautizó en honor al político sevillano Nicolás María Rivero,
para luego recuperar su esencia como “La
Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción”. Finalmente, tomó su
rótulo actual en homenaje a don
Inocencio García Feo, querido párroco del templo hasta 1920.
Contemplar
esta foto es ganarle un pulso al olvido. Aunque pasen las crisis y cambien los
nombres de las esquinas, las piedras de La Villa siguen guardando el eco de los
niños que fuimos y el orgullo de lo que somos.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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