En el umbral sombrío de los tiempos recientes, cuando la
humanidad se vio obligada a replegarse ante la amenaza invisible de un mal
atómico y mortífero, el alma buscó refugio en los senderos de la memoria. Fue
en ese invierno del espíritu, un veintitrés de octubre de dos mil veinte,
cuando la mano fraterna de Carmelo Santos Villar —compañero en los laberintos
de la infancia allá en la calle El Calvario— tendió un puente hacia el pasado
en forma de fotografía. Una reliquia de luz y sombra que nos devolvía, de
golpe, la pureza de las Fiestas en la Candelaria El Lomo, celebradas en el ya
lejano febrero de mil novecientos cincuenta y seis.
La imagen, capturada en la histórica plaza del lugar, se
presenta ante nosotros como un microcosmos de la existencia humana. Bajo el
cielo de la Villa de La Orotava converge el misterio del tiempo: la algarabía
inocente de los niños que apenas despiertan al mundo, la gravedad serena de los
mayores que custodian la memoria, y la investidura de las autoridades
municipales. Todos ellos reunidos bajo la mirada de la primitiva ermita, aquel
modesto templo que poco después habría de ceder su espacio físico a la
imperiosa corriente del progreso. Sería la visión del párroco de San Juan
Bautista, el canónigo honorario don Domingo Hernández González, la que
transformaría aquel suelo sagrado para levantar la actual arquitectura de
líneas modernas. Pero en este fragmento de eternidad, el pasado aún respira intacto.
Hay en la composición una poética de lo cotidiano que
trasciende lo meramente histórico. En el alero de la casita principal, unas
macetas de geranios desafían la gravedad con humilde belleza, un recordatorio
vegetal de que la vida busca florecer incluso en las superficies más áridas.
Abajo, el lienzo de la fe se manifiesta en los velos que cubren las cabezas de
las mujeres; texturas de respeto y devoción que, más allá de la norma
eclesiástica, simbolizan el velo del misterio ante lo sagrado, una frontera
sutil entre lo terrenal y lo divino en aquel solemne dos de febrero.
Corría el año mil novecientos cincuenta y seis, y la
Villa caminaba bajo el amparo civil de su alcalde, el flamante licenciado don
José Estévez Méndez, quien portaba el rigor de las Ciencias Químicas aprendidas
en las aulas de la Universidad de La Laguna. Aquel día, el aire del barrio no
solo se llenó de oraciones, sino también de una armonía nueva. La recién nacida
Banda de Música de la Agrupación Musical Orotava bautizaba el viento bajo la
batuta del recordado maestro don Ernesto Correa Negrín. Sus notas, suspendidas
en un concierto extraordinario, envolvieron la procesión litúrgica como un
manto sonoro que unía los corazones en una misma melodía de esperanza.
Fijos en la quietud de los bancos de madera, partícipes
del milagro de la santa misa, los hombres de aquella época parecen dialogar con
la posteridad. Dispuestos de izquierda a derecha, se revela la silueta humana
de la historia: don Tomás Méndez, don Amadeo Hernández Lorenzo, el propio
alcalde don José Estévez Méndez, don Antonio Rodríguez, don Eulogio Borges
Coello, don Manuel Vivas, don Juan Estévez, don Pedro Delgado y, cerrando la
comitiva con la marcialidad de su cargo, don Pedro Mesa, capitán de infantería
del acuartelamiento de la Villa.
Allí permanecen, congelados en un instante devocional,
recordándonos desde su silencio sepia que los pueblos no solo se construyen con
piedra y leyes, sino con la fe compartida, la memoria de sus barrios y el eco
perenne de sus tradiciones.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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