jueves, 22 de octubre de 2020

FIESTAS EN LA CANDELARIA EL LOMO, FEBRERO DEL 1956


En el umbral sombrío de los tiempos recientes, cuando la humanidad se vio obligada a replegarse ante la amenaza invisible de un mal atómico y mortífero, el alma buscó refugio en los senderos de la memoria. Fue en ese invierno del espíritu, un veintitrés de octubre de dos mil veinte, cuando la mano fraterna de Carmelo Santos Villar —compañero en los laberintos de la infancia allá en la calle El Calvario— tendió un puente hacia el pasado en forma de fotografía. Una reliquia de luz y sombra que nos devolvía, de golpe, la pureza de las Fiestas en la Candelaria El Lomo, celebradas en el ya lejano febrero de mil novecientos cincuenta y seis.

La imagen, capturada en la histórica plaza del lugar, se presenta ante nosotros como un microcosmos de la existencia humana. Bajo el cielo de la Villa de La Orotava converge el misterio del tiempo: la algarabía inocente de los niños que apenas despiertan al mundo, la gravedad serena de los mayores que custodian la memoria, y la investidura de las autoridades municipales. Todos ellos reunidos bajo la mirada de la primitiva ermita, aquel modesto templo que poco después habría de ceder su espacio físico a la imperiosa corriente del progreso. Sería la visión del párroco de San Juan Bautista, el canónigo honorario don Domingo Hernández González, la que transformaría aquel suelo sagrado para levantar la actual arquitectura de líneas modernas. Pero en este fragmento de eternidad, el pasado aún respira intacto.

Hay en la composición una poética de lo cotidiano que trasciende lo meramente histórico. En el alero de la casita principal, unas macetas de geranios desafían la gravedad con humilde belleza, un recordatorio vegetal de que la vida busca florecer incluso en las superficies más áridas. Abajo, el lienzo de la fe se manifiesta en los velos que cubren las cabezas de las mujeres; texturas de respeto y devoción que, más allá de la norma eclesiástica, simbolizan el velo del misterio ante lo sagrado, una frontera sutil entre lo terrenal y lo divino en aquel solemne dos de febrero.

Corría el año mil novecientos cincuenta y seis, y la Villa caminaba bajo el amparo civil de su alcalde, el flamante licenciado don José Estévez Méndez, quien portaba el rigor de las Ciencias Químicas aprendidas en las aulas de la Universidad de La Laguna. Aquel día, el aire del barrio no solo se llenó de oraciones, sino también de una armonía nueva. La recién nacida Banda de Música de la Agrupación Musical Orotava bautizaba el viento bajo la batuta del recordado maestro don Ernesto Correa Negrín. Sus notas, suspendidas en un concierto extraordinario, envolvieron la procesión litúrgica como un manto sonoro que unía los corazones en una misma melodía de esperanza.

Fijos en la quietud de los bancos de madera, partícipes del milagro de la santa misa, los hombres de aquella época parecen dialogar con la posteridad. Dispuestos de izquierda a derecha, se revela la silueta humana de la historia: don Tomás Méndez, don Amadeo Hernández Lorenzo, el propio alcalde don José Estévez Méndez, don Antonio Rodríguez, don Eulogio Borges Coello, don Manuel Vivas, don Juan Estévez, don Pedro Delgado y, cerrando la comitiva con la marcialidad de su cargo, don Pedro Mesa, capitán de infantería del acuartelamiento de la Villa.

Allí permanecen, congelados en un instante devocional, recordándonos desde su silencio sepia que los pueblos no solo se construyen con piedra y leyes, sino con la fe compartida, la memoria de sus barrios y el eco perenne de sus tradiciones.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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