En aquellos días
inciertos de pandemia, cuando el mundo se escondía de un bicho atómico y
mortífero, un puente de nostalgia cruzó la distancia. Fue el amigo de la
infancia, Carmelo Santos Villar —compañero de tantas vivencias en la calle El
Calvario—, quien me hizo llegar un tesoro en forma de fotografía. En la imagen,
congelados en el tiempo, sonreían su tío, don Pedro Villar Morales, y su esposa, doña María Díaz
González. La estampa se había tomado años atrás en los
frondosos jardines del histórico Hotel Victoria, ese rincón villero que aún
custodia el eco señorial del antiguo Marquesado de la Quinta Roja.
Don Pedro no era un vecino cualquiera; era un creador.
Tenía su taller de chapa y pintura en los salones de don Eustaquio García, allá
en el callejón de Los Rosales. Más que un negocio, aquel espacio fue un hogar
de aprendizaje: allí crecieron, trabajaron y heredaron el oficio todos sus
hijos, quedando finalmente al frente el querido Chicho. Pero la maestría de don
Pedro desbordó los lazos de sangre. Su taller se convirtió en una auténtica academia del motor,
una escuela de la que salieron los mejores profesionales del gremio de toda la
isla.
Ver trabajar a maestro Pedro y a los suyos era asistir a
un espectáculo de alta costura automovilística. Por sus manos pasaban vehículos
de auténtico lujo que ellos mimaban y embellecían revistiendo sus interiores
con terciopelos de algodón, linos impecables y pieles sintéticas de primera
calidad. Don Pedro tenía, además, una destreza de cirujano para la madera: era
un especialista rotundo instalando mamparas divisorias de caoba y pino
finlandés con delicadas cristaleras. Incluso montaba aquellos ingeniosos
"asientos eléctricos" —bautizados así no por cables, sino por la
magia de su mecanismo—, que se plegaban o desplegaban con astucia según el
número de viajeros que subieran a bordo.
La vida de los Villar-Díaz latía en una de aquellas
casitas entrañables de la calle Juan Padrón, el antiguo callejón del Loro. Una
estampa puramente orotavense: bajando desde el emblemático Cine Atlante hacia
el barraquillo de Araujo, justo a mano izquierda.
Sin embargo, la huella más hermosa y colorida de maestro
Pedro nació de una travesura de su infancia. Siendo apenas un niño y monaguillo
de la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción, tuvo una idea
revolucionaria que cambiaría los ojos de todo un pueblo. Con el desparpajo de
la juventud, decidió enramar
las cabeceras de los ciriales con claveles de mil colores, espigas doradas y
frescos racimos de uvas. Aquella genial ocurrencia de un niño
caló tan hondo que se convirtió en tradición. Hoy, gracias a la iniciativa de
aquel pequeño monaguillo que acabó siendo maestro, los ciriales lucen con un
esplendor único en la procesión solemne del Corpus Christi, flotando
majestuosos sobre las alfombras de arena y flores de nuestro arte efímero
villero.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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