martes, 20 de octubre de 2020

MAESTRO PEDRO VILLAR UN CHAPISTA QUE HIZO ESCUELA


MAESTRO PEDRO VILLAR: EL ARTESANO QUE HIZO ESCUELA Y DEJÓ HUELLA EN LA OROTAVA.

En aquellos días inciertos de pandemia, cuando el mundo se escondía de un bicho atómico y mortífero, un puente de nostalgia cruzó la distancia. Fue el amigo de la infancia, Carmelo Santos Villar —compañero de tantas vivencias en la calle El Calvario—, quien me hizo llegar un tesoro en forma de fotografía. En la imagen, congelados en el tiempo, sonreían su tío, don Pedro Villar Morales, y su esposa, doña María Díaz González. La estampa se había tomado años atrás en los frondosos jardines del histórico Hotel Victoria, ese rincón villero que aún custodia el eco señorial del antiguo Marquesado de la Quinta Roja.

Don Pedro no era un vecino cualquiera; era un creador. Tenía su taller de chapa y pintura en los salones de don Eustaquio García, allá en el callejón de Los Rosales. Más que un negocio, aquel espacio fue un hogar de aprendizaje: allí crecieron, trabajaron y heredaron el oficio todos sus hijos, quedando finalmente al frente el querido Chicho. Pero la maestría de don Pedro desbordó los lazos de sangre. Su taller se convirtió en una auténtica academia del motor, una escuela de la que salieron los mejores profesionales del gremio de toda la isla.

Ver trabajar a maestro Pedro y a los suyos era asistir a un espectáculo de alta costura automovilística. Por sus manos pasaban vehículos de auténtico lujo que ellos mimaban y embellecían revistiendo sus interiores con terciopelos de algodón, linos impecables y pieles sintéticas de primera calidad. Don Pedro tenía, además, una destreza de cirujano para la madera: era un especialista rotundo instalando mamparas divisorias de caoba y pino finlandés con delicadas cristaleras. Incluso montaba aquellos ingeniosos "asientos eléctricos" —bautizados así no por cables, sino por la magia de su mecanismo—, que se plegaban o desplegaban con astucia según el número de viajeros que subieran a bordo.

La vida de los Villar-Díaz latía en una de aquellas casitas entrañables de la calle Juan Padrón, el antiguo callejón del Loro. Una estampa puramente orotavense: bajando desde el emblemático Cine Atlante hacia el barraquillo de Araujo, justo a mano izquierda.

Sin embargo, la huella más hermosa y colorida de maestro Pedro nació de una travesura de su infancia. Siendo apenas un niño y monaguillo de la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción, tuvo una idea revolucionaria que cambiaría los ojos de todo un pueblo. Con el desparpajo de la juventud, decidió enramar las cabeceras de los ciriales con claveles de mil colores, espigas doradas y frescos racimos de uvas. Aquella genial ocurrencia de un niño caló tan hondo que se convirtió en tradición. Hoy, gracias a la iniciativa de aquel pequeño monaguillo que acabó siendo maestro, los ciriales lucen con un esplendor único en la procesión solemne del Corpus Christi, flotando majestuosos sobre las alfombras de arena y flores de nuestro arte efímero villero.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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