sábado, 27 de mayo de 2017

JOSÉ GONZÁLEZ ALONSO




Y aquí, la imaginación del Tabernáculo de Giuseppe Gaggini nos traslada al interior de la monumental Plaza del Ayuntamiento de la Villa de La Orotava, escenario de la descomunal alfombra de tierras de colores. ¿Sabían quién fue José González Alonso? Dibujante, escultor, delineante, alfombrista y decorador; fue quizás la figura señera de uno de los periodos más fecundos en la historia local: la época de la Academia de Dibujo del maestro “Perdigón”.

Era un artista genial que imprimió una garra de gigante en sus creaciones efímeras. Un gigante que moldeaba sus obras con los mejores tesoros extraídos del Teide, como el cobre de los azulejos o el polvo anaranjado de Izaña. Sus grandes alfombras fueron el resultado de un virtuosismo artístico y de un esfuerzo sostenido durante muchos años de trabajo. Primero se fueron don Felipe Machado, don Norberto Perera y don Pedro Méndez. Luego le llegó el turno a José González Alonso, y con él, se marcharon muchos de aquellos alfombristas anónimos a quienes la Villa conoció y escuchó.

Es verdad que Pepe se quedó solo. Hubo un tiempo en el que le gustó esa soledad que lo convertía en el único, el más ingente y el guardián de sus propios secretos. Su arte sin par ni rival era el mayor orgullo para el florecimiento de La Orotava. «Sí, estoy solo —decía asiduamente Pepe—, me acompañan mis hijos y el aire de la primavera. Permanezco aquí, con los pies en las tierras multicolores, mientras se me aparece en el seno del boceto su noble y encantadora faz, resplandeciente de claridad celeste, entre las sombras de los rostros plasmados en las losetas de la plaza».

En 1982, Juan del Castillo y León, mi amigo de la infancia en la calle El Calvario, remitió estas notas: «...era impresionante, desde la escalinata de esa especie de catedral sin nombre que es la Plaza Mayor, ver las manos de nuestros artistas posadas como palomas, haciendo nacer el milagro. No hay pincel ni paleta; todo lo hacen las manos, ya sea desgranando pétalos o moldeando la tierra». Juan del Castillo proponía la noche del miércoles de la Infraoctava del Corpus la idea de levantar un monumento a las manos de los artistas orotavenses. Un homenaje que las incluyera a todas: desde las que exhalan perfume de nobleza hasta las encallecidas por el trabajo; las de los alfombristas y las de las artesanas de nuestros bordados y calados, sin olvidar a los maestros de la ebanistería y la carpintería.

Pepe logró difíciles transparencias jamás alcanzadas hasta la fecha en este arte efímero. Dominó la luz, los velos de las féminas y las sombras, aportando una panorámica surrealista nunca antes vista en el tapiz de la plaza.

Evidentemente, en el año 1988, don José González Alonso dejó la plaza por causas que nunca se supieron con exactitud. Al abandonar esa especie de catedral sin nombre, parecía haber terminado una obra digna de tal honor. Había escrito una verdadera historia de la alfombra eclesiástica a base de templetes, rostros, paisajes, nubes y sombras. Su trabajo recogía fragmentos de las Etimologías, buena parte de la Regla Apocalíptica del Nuevo y Antiguo Testamento, y retratos de santos y varones ilustres. El cuerpo de su obra lo formaba una colección de concilios orientales y occidentales, un monumento único de resplandeciente ciencia canónica.

En aquella cátedra consistorial le sustituyó otro gran escultor de su misma escuela villera, Ezequiel de León Domínguez, quien posteriormente dio paso al actual alfombrista, el licenciado en Bellas Artes Domingo Expósito. La marcha de Pepe fue sorprendente; ocurrió cuando su arte estaba en plena extensión y se mostraba único, espléndido y sobrenatural. A La Orotava le ha costado recuperar esa página dorada del artista piadoso que nos dejó para siempre un lunes de mayo, en plena primavera. Su excelente legado merece el honor de colocar su imagen junto a las de sus antecesores: don Felipe, don Norberto y don Pedro.

Pepe González Alonso nació en la Villa de La Orotava en 1925. Trabajó confeccionando las alfombras de la plaza desde 1937 y, además, ejerció como delineante en un estudio de arquitectura del Puerto de la Cruz. Así lo relata su amigo y convecino, el arquitecto técnico y licenciado en Ciencias de la Información, Evaristo Fuentes Melián, conocido como "Espectador".

Don José —Pepe para todos sus queridos admiradores y discípulos— contempla ahora la plaza desde su nueva morada, aprovechando la claridad de la mañana. Desde lo alto admira la majestuosidad de la cúpula y las torres gemelas de la Concepción, el espíritu de la calle de la Carrera con sus misteriosas mansiones y el Palacio Consistorial diseñado por Manuel Oraá en el siglo XIX. Estos rincones le devuelven el perfume de Las Cañadas y las tierras multicolores que se cobijan a los pies del gigante padre Teide.

Sí, ahí queda el ancho de tu cátedra, Pepe. Sigue esperando palabras como llamas para encender de amor todo este espacio. Dos de tus obras nos llenaron de placer: tu dibujo a pluma de la perspectiva interior de la Basílica de San Pedro de Roma, realizado en la Academia de Dibujo en 1954, y la belleza de la alfombra que plasmaste en la gran plaza diseñada por Mariano Estanga en 1906. Un tapiz parejo al tabernáculo neoclásico de mármol y jaspe italiano de Nuestra Señora de la Concepción que embellece la nave central y adorna el altar mayor.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

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