lunes, 26 de febrero de 2018

DOLOROSA DEL SANTO ENTIERRO. HISTORIA DE UNA DEVOCIÓN EN LA OROTAVA.



El amigo de la Villa de La Orotava, Doctor en Historia de Arte por la Universidad de Granada; JUAN ALEJANDRO LORENZO LIMA, publica un interesante libro histórico dedicado a la Dolorosa del Templo Parroquial de San Juan Bautista, por motivo de cumplirse en el año 2016, Doscientos años de su entrega (1816 – 2016).
La idea partió del ilustre arquitecto y diseñador natural de la Villa don José de Betancourt Castro y Molina al principio del siglo XIX, hermano del ilustre y universal e ingeniero portuense don Agustín de Betancourt de Castro y Molina. De conferir a una dolorosa para el incendiado (1801) convento orotavense de San Lorenzo, que acompañase la procesión del Santo Entierro del Viiernes Santo. La cual tras la desamortización de Mendizábal pasó al templo parroquial de San Juan Bautista en el famoso Barrio de la Villa Arriba “Farrobo”. Para ello contó con el escultor orotavense don Fernando Estévez de Sala, en cuya gubia realizó la famosa imagen de Dolores.
En el capítulo 3, del mencionado libro, paginas; 87, 88, 89, 90, y 91…, titulado “BETANCOURT, ESTÉVEZ Y UNA NUEVA IMAGEN DE LA VIRGEN”, observamos el desarrollo por parte del arquitecto don José Betancourt Castro y Molina, y su familia, hacer referencia a la dotación de la mencionada dolorosa para el incendiado (1801) convento de San Lorenzo de la Villa de La Orotava: “…La renovación de los enseres y las obras de arte que el templo de San Lorenzo poseía antes de 1821 no se produjo de un modo inmediato, ya que muchos y sobre todo algunas esculturas, distintivas del gusto moderno y de los usos devocionales que trajo consigo el siglo XIX­ fueron adquiridos después del incendio de 1801 y no guardan una relación estrecha con ese acontecimiento. Sucedió así con varias piezas de plata y con efigies de un interés notable como la Dolorosa que Fernando Estévez (1788-1854) ultimaba en abril de 1816 por indicación de José de Betancourt y Castro (1757-1816), a quien hemos citado ya como arquitecto vinculado a la reconstrucción del convento. Se trata de una imagen singular por muchas razones, pero, por encima de todo, tiene el atractivo de ser una de las pocas obras de ese inmueble que está perfectamente documentada y se presta a lec­turas interpretativas muy diversas. A ellas dedicamos este capítulo, insistiendo en el valor que dicha determinación tuvo a la hora de revitalizar las funciones del Santo Entie­rro y perpetuar inquietudes piadosas durante un tiempo complejo para todo. A fin de cuentas, la escultura de Estévez no hizo otra cosa que dar continuidad a prácticas vigentes desde el siglo XVII e interpretar en clave moderna o decimonónica una representación que gozaba ya de éxito en el medio local.
El encargo de una nueva Dolorosa en abril de 1816 es sintomático de las preocupaciones devocionales que José de Betancourt manifestó al final de su vida, circunstancia de extremo interés por tratarse de un personaje clave para la Ilustración isleña y a quien se han dedicado ya esclarecedores estudios biográficos. Sin entrar de lleno en cuestiones familiares o contextuales, no debe obviarse que fue un representante notable de la aristocracia local y que supo adecuar su ideario a cuantas novedades im­puso la cultura de las Luces durante la crisis del Antiguo Régimen. De ahí que, junto a su hermano' Agustín de Betancourt (1758-1824), afrontara encargos de todo tipo al amparo de la protección que ministros de Carlos III y Carlos IV dispensaron a las Ciencias, las Artes y las Letras durante la década de 1790. Antes de ello había dado pruebas de un talento polifacético en diversos organis­mos de Tenerife, destacando en ese sentido memorias o discursos que defendió en el seno de la Real Sociedad de Amigos del País de La Laguna, de la que sería siempre un importante valedor e impulsor.
Desde fecha temprana manifestó interés por las artes y la arquitectura, disciplinas de las que era un «conocedor versado». De ahí que la estupenda colección de grabados europeos que reunió antes de su desplazamiento a París en 1785 le permitiera proyectar obras de aliento moderno como el tabernáculo de la parroquia de San Juan (1783), el primero de una serie de trabajos que afrontó después de su retorno a Tenerife para introducir cambios en el sentido organizativo y litúrgico de los templos canarios'. Precisamente, sin contradecir el espíritu reformista que defendía entonces el obispo Antonio Tavira (1737-1807), supo renovar la edilicia local y aproximarla a unos pre­supuestos estéticos que contradecían -o por lo menos, intentaban eludir- el mudejarismo y los modos impe­rantes hasta ese tiempo.
Dicha actitud es clave para entender el itinerario vi­tal de Betancourt y de sus hermanos menores, quienes acabarían significándose como hombres y mujeres de méritos. La defensa que hizo de los nuevos postulados cul­turales le permitió acceder a una formación privilegiada, algo que se refleja en el volumen de libros que pudo reunir en su domicilio" y en las pinturas que lo decoraron, entre las que se encontraban obras notables de Juan de Miranda (1723-1805), Anton van Dyck (1599-1641), José Ribera (1591-1652) y Pedro Pablo Rubens (1577-1640), por citar algunos maestros a quienes él y sus contemporáneos atribuyeron la autoría de creaciones tan dispares', Como era de esperar, ello le granjeó la popularidad relatada por eruditos y viajeros europeos que frecuentaban entonces el Archipiélago. De ahí que, por ejemplo, André - Pierre Ledru advirtiera en 1796 que era «uno de los hombres más amables e instruidos de la isla».
Al margen de esa circunstancia, el mayor de los Be­tancourt no deja de ser un hacendado que respondió a las exigencias de cualquier sujeto de su estatus en la sociedad canaria. Como mayorazgo de la familia -y de forma efectiva tras la muerte de su padre Agustín de Betancourt, acaecida en febrero de 1795-, se vio obligado a residir en Tenerife y a no desatender la productividad de importantes propiedades que existían en varios pueblos de la isla, principalmente en La Rambla y La Orotava. En la última localidad, donde estableció su domicilio después de casar con María Rosa de Lugo-Viña y Massieu en enero de 1796, anheló la construcción de una gran residencia para perpetuar el prestigio adquirido por él y su familia en medio local. Lo consiguió finalmente a través de un inmueble de varias alturas situado en la calle del Agua, frente al convento dominico.
Habitado por sus descendientes hasta que un incendio lo destruía en 1895, en él dio cabida a cuanto era partícipe de una instrucción tan compleja como la suya.
De su existencia cotidiana abundan noticias en docu­mentos muy diversos y en la correspondencia que intercambió con toda clase de familiares hasta su muerte en 1816, por lo que dichos testimonios resultan de vital importancia para conocer el ambiente en que se movía, las inquietudes que pudo compartir con un artista joven como Estévez y sus anhelos piadosos o devocionales. De acuerdo a ello, la trayectoria vital de Betancourt no desvela acontecimientos de un interés excesivo durante la década de 1810. Antes había adquirido diversos inmue­bles para incrementar sus rentas y, muy a pesar suyo, detentó la alcaldía del lugar durante el primer periodo constitucional (1812-1814). Fueron también años difíciles por el quiebro de la economía isleña a raíz de los conflictos europeos que ralentizaban las importaciones agrarias; y en el terreno personal, durante ese tiempo
afrontó la muerte de María Rosa de Lugo en 1808 y la marcha de su hijo José a estudiar en Londres. Tales aconte­cimientos mermaron la economía familiar y una capacidad de actuación o gasto que se redujo mucho respecto a años anteriores, por lo que quedarían atrás los proyectos afrontados en la Península y una bonanza que es citada con nostalgia en sus cartas íntimas.
Esa época fue propicia para perpetuar devociones de la familia y atender obras dispares en los templos ville­ros, sujetos entonces a reconstrucciones y reformas que divulgaban las novedades del Neoclasicismo. Consta que a principios de siglo dirigió trabajos de diverso alcance para la parroquia de la Concepción que su cuñado Antonio de Monteverde empezaría a cuidar como mayordomo de fábrica, la misma iglesia de San Juan que su amigo y albacea José de Mora y Orejón regentó en calidad de párroco, el convento dominico que se emplazaba fren­te a su casa y para el que proyectó un tabernáculo no construido luego!, el monasterio de monjas catalinas incendiado en 1815 y, muy especialmente, el convento de San Lorenzo que nos interesa ahora.
Como desvela­mos en el capítulo anterior, no se conoce la implicación real que José de Betancourt tuvo en la rehabilitación del inmueble siniestrado en 1801. Sin embargo, todo parece indicar que su participación en esa empresa fue notable por diversas circunstancias.
Los familiares de José de Betancourt -y de forma concreta, ascendientes del linaje de Molina por rama ma­terna- tuvieron siempre vínculos económicos y afectivos en ese centro. No debe obviarse que Francisco de Molina había entronizado en él las imágenes del Señor Muerto y la Virgen de la Soledad, por lo que, como sus antecesores de la casa de Villafuerte, Betancourt cuidó de la «función solemne del Santo Entierro».
Afrontaba parte de los gastos que implicó el desarrollo de la procesión durante la tarde del Viernes Santo, de modo que, al otorgar testamento en abril de 1816, indicaría varias mandas a sus sucesores para no acabar con esa dinámica. Como su hijo José se encontraba «ausente con motivo de la instrucción en uno de los colegios de Londres o acaso habrá [...] pasado ya a Francia», pide a Agustín, otro de los hijos y herederos, que llevara la representación de su familia en asuntos eclesiásticos y alentase como él «el culto del Entierro de nuestro Señor Jesucristo [...], por devoción». De ahí que recordara el deseo de adquirir «cuatro borlas de oro para las puntas del cojín por no pertenecer a él las que se han usado hasta aquí, entendiéndose que este cojín de que hablo es el de la urna del Señor y pagándose también el costo de dichas borlas, esto es, del quinto por pertenecer a lo piadoso»". Dicho material, que había «mandado traer» a la isla con antelación, fue entregado luego a los frailes y cabe la posibilidad de que corresponda con unas borlas sin uso que conserva la parroquia de San Juan.
Mayor repercusión tuvo el interés por renovar una efigie que formaba parte de ese cortejo procesional, por lo que no dudó al pedir a su hijo Agustín que también «pagase de mis bienes a d[o]n Fernando Estévez, profesor de escultura, cincuenta pesos corrientes por la cabeza y manos que le he encargado y a cuyo modelo ha dado prin­cipio, para una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, recomendando al d[o]n Fernando el esmero y exactitud con que debe ejecutarlo para que salga a tiempo de colo­carse dicha cabeza y manos con sus respectivos barnices en lugar de la que actualmente tiene dicha imagen, por no ser propia para aquel paso»!'.
La manda es explícita y no necesita mayor comen­tario, pero se antoja inusual entre los testamentos de la época por varias razones. De entrada, sorprende que un intelectual de su estatus pusiera tanto entusiasmo en pormenorizar este tipo de actuaciones piadosas, cuando lo habitual -y así lo hemos constatado con otras imágenes de ese tiempo, obras también de Estévez-…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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