lunes, 18 de septiembre de 2017

DON ANTONIO ASCANIO Y MONTEVERDE


El tiempo, en su discurrir implacable, suele condensar la historia de los pueblos en instantes que parecen suspendidos en la eternidad. Un mediodía del 3 de mayo a finales de la década de los cincuenta, bajo el sol cenital que hacía centellear la Cruz de Plata, las calles del Puerto de la Cruz presenciaron una procesión de gala que era, en sí misma, un cuadro vivo de la transición de una época.

Caminando con paso firme y la dignidad propia de los hombres que sostienen el tejido social de su comunidad, se distingue en primer término, a la izquierda de la imagen, a Don Antonio Ascanio y Monteverde, ejerciendo como recto juez de paz. A su lado avanzan los artífices del porvenir portuense: el teniente de alcalde don Felipe Machado del Hoyo; el alcalde y visionario don Isidoro Luz Carpenter junto a su pequeño hijo Melchor Luz Cúllen —ataviado con el pantalón corto de la infancia de antaño—; el teniente de alcalde don Pedro González de Chaves; y cerrando la comitiva a la derecha, el concejal y hotelero don Enrique Talg. Tras ellos, marcando el compás de la devoción popular, la Banda Municipal desgranaba sus notas bajo la batuta del recordado maestro Chano Miranda. Aquella estampa no era un simple desfile; era la viva representación de un pueblo que se negaba a quedar sepultado en el aislamiento de la posguerra.

LAS RAÍCES DE UN VISIONARIO Y EL TESTIMONIO INÉDITO

Don Antonio Ascanio y Monteverde no pertenecía al Puerto de la Cruz por nacimiento, sino por adopción y entrega profunda. Había nacido en la vecina y noble villa de La Orotava, precisamente en el seno de la casona históricamente custodia de la tradición de las alfombras de flores. Hijo del ilustre matrimonio compuesto por don Tomás Ascanio León y Huerta —colosal dinamizador empresarial del Valle— y doña Catalina Monteverde, una dama cuya solidaridad dejó huella en la memoria villera, don Antonio heredó esa mirada que combina el arraigo a la tierra con la audacia para otear el horizonte.

En el sosiego de su madurez, en su domicilio de Las Asomadas, don Antonio custodiaba un tesoro intelectual: un libro inédito de su autoría donde desgranaba los esbozos, recuerdos y anécdotas íntimas de cómo el Puerto de la Cruz obró el milagro de convertirse en la primera ciudad turística del Archipiélago Canario. Un manuscrito que, por pura justicia histórica y filosófica, merecería ver la luz pública como el broche de oro a la declaración de la ciudad como pionera del turismo; una industria de la hospitalidad que terminó por contagiar a cada rincón de las islas.

EL RETORNO AL PUERTO DORMIDO: LA FILOSOFÍA DE LA QUIETUD

Para entender la magnitud del milagro que don Antonio y sus contemporáneos gestaron, la memoria debe viajar al pasado. El Puerto de la Cruz, desde su fundación, había sido la ventana del Valle al continente. Por su muelle habían zarpado los navíos cargados de vino malvasía, luego el tinte de la cochinilla y, finalmente, el verdor de los plátanos con rumbo a Londres y Liverpool. Esa vocación cosmopolita arraigó a familias británicas y europeas —los Reid, Yeoward, Hamilton— que terminaron por mezclarse con la sangre local. En 1890, el esplendor alcanzó su cumbre con el Gran Hotel Taoro, vanguardia de la hotelería europea.

Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial cercenaron las rutas marítimas. El tráfico se mudó definitivamente al puerto capitalino de Santa Cruz de Tenerife, dejando al Puerto de la Cruz sumido en un letargo de fronteras estrechas, recursos municipales raquíticos e ingresos personales al límite de la subsistencia.

Filosóficamente, aquel aislamiento generó una fisonomía humana excepcional. El Puerto se transformó en un reducto alegre, tolerante y festivo, donde la escasez económica se compensaba con la riqueza del espíritu. Al atardecer, los hombres compartían el ocio y la palabra en tertulias parsimoniosas ante unas botellas de vino del país en «Casa la Gorda» o «Campolimpio». Era una sociedad estancada en el tiempo, pero rebosante de ingenio popular, maestra en el arte de acuñar motes y anécdotas.

El paisaje cotidiano lo componían los comercios tradicionales de Reimers, Reid, Topham, don Francisco Gómez, la viuda de Yánez, don Ruperto de la Peña o Martell. El transporte público dependía de las guaguas de don Lorenzo Hernández y Hermanos, conducidas por veteranos del volante como Pedro «el de la Piedra Redonda», Mateo, Felipe Padrón, Felipe «el Maduro» o Lubary. En la plaza, una hilera de automóviles conducidos por Pepusa, Fidel, Padilla, Tomás «Bacalao», Pedro Acevedo, Paco, Matías o Canastos aguardaba pacientemente a unos clientes que rara vez llegaban. En el muelle, el rumor de la construcción de «la Miguelina» coexistía con el duro negocio del pescado capitaneado por Luisa y Francisca de Ara, junto a curtidos marineros como el Turco, el Sereno y Angelillo.

Las pocas tartanas con motor que transitaban las calles pasaban largas horas curando su vejez en los talleres de Andrés Gómez o Ernesto «el Cebolla». La vida transcurría entre la rivalidad dramática de los partidos de fútbol contra la Orotava; los contrastes espirituales entre la alegría juerguista de don Federico Afonso («Federiquillo») en la parroquia —secundado por los dos Santiagos— y el perfil polémico del Padre Flores en San Francisco; la suntuosidad de las fiestas del Gran Poder y los «cariñosos improperios» de los ranilleros al embarcar a la Virgen del Carmen. El saber se refugiaba en las librerías de Cartaya y Fernando Luis, la estética en la barbería de Cornelio o la peluquería de Marina, y el futuro en las lecciones de inglés de Minita. En los empaquetados de plátanos de Betancur, Verdugo, Víctor Hernández Alayón, Manuel Yánez o la Bananera se jugaba el sustento del jornal. Incluso la tecnología era humana: los teléfonos rudimentarios de apenas dos cifras cobraban vida gracias a la bondad de Lolita «la telefonista», quien conocía el paradero de cada alma del pueblo y ahorraba madrugones localizando los enlaces con el exterior.

EL DESPERTAR DEL GIGANTE: LUZ CARPENTER Y EL VUELO DE LA AUDACIA

Frente a este estatismo, la figura del alcalde Don Isidoro Luz Carpenter se erige como el catalizador del cambio. Nacido en 1897, bachiller en La Laguna y médico formado en el Madrid de la mítica Residencia de Estudiantes —donde cruzó miradas y vivencias con Buñuel, Lorca y Dalí—, completó sus estudios en Alemania antes de regresar a su puerto natal. Su medicina era de corte hipocrático y profundamente humanista; ejercía junto al doctor Ingram y jamás cobraba a los desvalidos, a quienes además costeaba los fármacos de su propio bolsillo.

Al asumir la alcaldía por tercera vez el 18 de noviembre de 1944, el panorama era desolador. Con Europa aún en llamas por la Gran Guerra, el presupuesto municipal ascendía a la ridícula cifra de 686.273 pesetas para una población de 15.000 habitantes. Los hoteles Marquesa, Monopol, Martiánez y el propio Taoro agonizaban por la falta de viajeros. Fue entonces cuando Luz Carpenter, haciendo gala de una audacia conceptual encomiable, decidió que el destino del Puerto estaba indisolublemente ligado a la belleza de su clima y a su tradición hospitalaria.

Aliado con don Enrique Talg, el alma máter de la gestión hotelera del Taoro y el Martiánez, el alcalde comenzó a tejer la red de la modernidad. La intuición les decía que el turismo no era un mero negocio, sino un intercambio cultural, un ejercicio de apertura mental que requería infraestructura y osadía política.

El ansiado despegue, el chispazo definitivo que sacaría al Puerto de su letargo para proyectarlo hacia la modernidad de la segunda mitad del siglo XX, comenzó a materializarse con la llegada de la nueva década, teniendo como preámbulo político y estratégico la visita oficial de la Jefatura del Estado en el recordado mes de octubre de 1950. Allí, entre la tradición señorial de hombres como Don Antonio Ascanio y la urgencia transformadora de Luz Carpenter, el Puerto de la Cruz aprendió que su verdadera riqueza no estaba en lo que producía su tierra, sino en el arte infinito de saber acoger al mundo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABREU

PROFESOR MERCANTIL


1 comentario:

  1. Hola he comprado una casa en la orotava en la calle Tomas Zerolo ypropiedad de los Ascanio y me gustaría saber mas gracias

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