El amigo de la Villa de La Orotava; MANUEL
HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, remitió entonces (2014) estas notas que tituló; “EL DOMINICO OROTAVENSE
FERNÁNDEZ MONROY, DONANTE DE LAS ANDAS DEL CORPUS”: “…El dominico
orotavense fray José Fernández Monroy dejó al convento dominico de su villa
natal un considerable legado de plata del que ha llegado hasta nosotros junto
con las andas de Corpus de la Concepción, una custodia y un cáliz guatemaltecos
conservados en la parroquia de las Nieves de Taganana. Su significativa
fortuna, a pesar de ser regular, demuestra el nivel de negocios desarrollado
por él en un mundo pobre como el de Chiapas mejicano, dependiente por entonces
de Guatemala, donde fue vicario provincial. Eran tierras mayas en las que los
miembros de su orden eran los principales gestores religiosos de haciendas y
pueblos de indios. Su papel en ese territorio fue de primer orden.
El cronista fray
Francisco Ximénez le atribuye la reducción de los indios xendales de las
Chinampas y Las Coronas, sublevados en 1723 en esa conflictiva región. En 1712 una muchacha tzeltal, que más tarde
se hizo llamar María de Candelaria y que dijo haber recibido inspiración de la
Virgen, anunció a sus seguidores del pueblo de Cancuc que Dios y el Rey habían
muerto. Había llegado el momento de que los naturales de la provincia se
alzasen contra los españoles en venganza por las ofensas recibidas.
Su mensaje se difundió
entre diferentes pueblos indios. Decía que la Virgen venía a liberar a los
nativos de los sacerdotes españoles y que los ángeles cultivarán las milpas y
que el sol y la luna daban señales de que el Rey de España había muerto y de
que debían buscar otro. Los milagros aumentaban y las profecías sobre el fin
del mundo arreciaban.
En marzo de 1711 Fray
José Fernández Monroy había interrogado a una muchacha que le dijo haber
encontrado al llegar a su milpa una rama caída a una señora que le llamó y le
dijo que era una mujer pobre llamada María que había bajado del cielo para
ayudar a los indios y le ordenó que debía de construirle una capilla en la
entrada del pueblo. Estaba alarmado por la falta de respeto hacia los
sacerdotes. En 1708 un mestizo de Nueva España que era ermitaño en un tronco de
un árbol les exhortaba a arrepentirse y dentro de él una imagen de la Virgen
recién bajada del cielo despedía rayos de luz. Tomado por loco, lo encerraron
en Ciudad Real. Dos años después edificó una capilla en Zinacantan, a la que
acudían los indios dejando de ir a la parroquia. El obispo la quemó y lo
desterró. Pocos meses después reapareció la Virgen en Santa Marta en donde
durante medio año las autoridades nativas habían escondido la efigie. Al
confiscarla, Monroy supo que en otro pueblo se había construido otra a San
Sebastián y su imagen sudaba y en otra de San Pedro habían visto salir rayos de
luz de su rostro. Las apariciones se difunden por doquier y una nueva imagen de
la Virgen apareció, siendo interpretada por una muchacha.
La visita del obispo
Álvarez de Toledo fue la chispa que prendió la pólvora. Antes de su llegada la
Virgen mandó a todas las justicias nativas de toda la meseta central, su
reunión en Cancuc donde tenían que hacerle una fiesta. Decía que no existía
Dios ni Rey y que todos debían de acudir porque si no serían castigados. El Dios español había muerto y había nacido
un rey de reyes indio para recompensarles de sus penas. Para ello deben
alzarse contra de los “judíos de Ciudad Real”. Casi 25 pueblos se reunieron en
Cancuc para venerar a la Virgen. Tomaron después Ocosingo y las haciendas e
ingenio de los dominicos. Más tarde se dedicaron a la captura de los frailes.
Gómez invistió como
sacerdotes a los que sabían leer y escribir tras permanecer arrodillados
durante 24 horas con una vela. En su estado teocrático concebía a la república
de indios como una Nueva España como un segundo imperio en el que los españoles
se habían convertido en indios y éstos en españoles. Gobernarían los ayuntamientos
indios y para centralizar el poder crearon una Audiencia en Huitiupán que
llamaron Guatemala y designaron presidente y jueces. Los indios podían haber
destruido las raquíticas milicias españolas, pero se dejaron seducir por Fray José Monroy quien les convenció de que la
Virgen era un fraude…”
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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