jueves, 15 de junio de 2017

ENRIQUE ABRÉU GONZÁLEZ



A mi tío y querido Enrique Abréu González, tras cincuenta y trtes años de ausencia de la villa de la Orotava

Tío materno de un servidor, hermano de mi madre María del Carmen Abréu González, hijo de mi abuelo Bruno Abréu Rodríguez y Cecilia González Cejas. Nació en Icod de los Vinos concretamente en el Barrio de la Centinelas (cuya mansión aún se conserva)  el 14 de julio de 1918, por qué mi abuelo en su condición de zapatero y músico tenía trabajo en la ciudad del Drago a consecuencia de la escasez de exportación de la materia prima por el Valle de La Orotava, debido a la primera Guerra Mundial. Lo bautizó el canónico honorario orotavense entonces párroco de San Marco don Domingo Hernández González, siendo su padrino también natural de la Orotava Leoncio Estévez Luis.
Estudió en las escuelas públicas graduadas en lo bajo del Ayuntamiento o Casa Consistorial de la villa de La Orotava, a regreso de Icod de Los Vinos, donde solo permaneció su familia tres años, destacando siempre como el alumno más aventajado el primero de su clase, por las facilidades y capacidades de estudio avanzadas. A los 14 años empieza a trabajar con mi padre Juan Álvarez Díaz (su cuñado), en los recambios, suministros y gasolinera en la calle El Calvario.
A través de unas oposiciones ingresa como ordenanza que más tarde pasa a auxiliar y oficial administrativo en la oficina de la FAST (Cooperativa Agrícola Norte de Tenerife) en la Orotava en el mes de abril de 1936, con 17 años de edad. Fue precisamente mi padre Juan Álvarez Díaz, conocedor de su talante,  quien lo colocó en la FAST, por la amistad que le unía con el entonces gerente de la empresa DON DOMINGO REGALADO.
Meses después es movilizado para la guerra incivil española en el destacamento de de oficiales en África, ocupando simplemente oficinas y por merito llega al nivel de sargento, regresando una vez finalizada la guerra incivil española a la Orotava en el año 1940, e incorporándose de nuevo a su destino laboral de la FAST con 24 años. 
El 9 de diciembre de 1941, lo trasladan al empaquetado de Las Arenas como pesador y controlador de la exportación del banano (plátanos). En el año 1943 lo envían a Madrid como oficial administrativo ayudante del convecino orotavense don Antonio Herreros. En el año 1946 pide a la dirección de la empresa voluntariamente traslado para otro punto de España (península Ibérica) y le ofertan la ciudad puerto mar gallega VIGO como encargado gerente de la sucursal receptora de la fruta en dicha ciudad.
Contrae matrimonio en Madrid el día veinte dos de noviembre de 1947 en la iglesia de San Sebastián  (esta iglesia está muy cerquita de la plaza y calle  de Matute nº 5, donde vivían sus suegros, con sus cuatro hijos. por orden: Esperanza (su esposa), Rosario (Saro) esposa de don Luis Nicolás Isasa registrador de la propiedad, Aurelio, (comisario jefe de policía en Las Palmas de Gran Canarias) y  Juan Antonio, con la madrileña Esperanza Rodríguez Fernández, fueron sus padrinos Carlos Delgado Febles oriundo de la Matanza de Acentejo - Tenerife y la madrileña Esperanza Fernández García Navas(suegra).
Su suegro don Aurelio Rodríguez, era joyero, de tal manera que lo propusieron para que fuese joyero del Rey, pero otro con más recomendación se le adelantó, tiene muchas custodias por las iglesias de Madrid hechas por él. Una de ellas, está en la iglesia de los Calatravas, en la calle Alcalá de Madrid, además, era excesivamente “religioso” y pertenecía a varias Iglesias donde tenía su cargo como feligrés. Esas Iglesias estaban muy cerca de la Plaza y calle Matute. Entre ellas pertenecía a  La Adoración Nocturna, y Cofrade en La Iglesia más antigua de Madrid de San José en la Calle de Alcalá.
En Vigo nace su primer hijo Enrique José Abreu Rodríguez, el 5 de diciembre de 1948, y la segunda Esperanza Cecilia Abreu Rodríguez el 15 de mayo de 1952.
Regresa con su familia de nuevo a su tierra natal la Orotava Tenerife, e incorporándose de nuevo en la FAST como empleado el 6 de octubre de 1952. En esta fecha van a vivir a Las Arenas (Puerto de la Cruz), por su cercanía con su trabajo. 
En el puesto de Vigo le sustituyó don Gilberto Abad Mesa oriundo de Garachico Tenerife. En el año 2006 residía entre Bilbao (País Vasco) y Garachico (Tenerife). El sueldo mensual en Vigo era de 800 pesetas al mes, que hacía efectivo tras la conformidad de un telegrama enviado desde la Orotava todos los meses para cobrar a través de la caja de la oficina su sueldo. En una conversación telefónica con el señor don Gilberto Abad Mesa, me informa que mi tío Enrique Abreu era una excelente persona, un gran caballero, y tuvo que dejar la sucursal en Vigo por discrepancia con el también orotavense don Antonio Herreros que era el jefe de las sucursales receptoras de frutas de la FAST en todo el territorio peninsular con sede en Madrid.
El 9 de septiembre de 1954 pide excedencia a la compañía orotavense, para irse a trabajar al Sur de Tenerife como encargado general de la empresa agrícola del Sr.  Negrín, en el lugar conocido por los Álamos en La Playa de San Juan (Guía Isora).  De regreso a la Orotava se incorpora de nuevo a su antiguo puesto de la FAST, que lo envían  como encargado general del almacén en Las Arenas con un sueldo mensual de 1.490 pesetas, alquila la casa entonces propiedad de Doña Jovita González  “La Panadera” (aún se conserva) de la calle Verde (actual Nicandro González Borges) de la Orotava en 150 pesetas al mes en septiembre de 1958. La familia desde entonces se vienen a vivir de nuevo a la Orotava a la casa que añoro puesto que sigue viva entre mis ojos, parece que estoy dentro de ella.
El 12 de septiembre de 1959 pide nueva excedencia para volver al sur de Tenerife a trabajar en Fañabé (Adeje) como encargado general de la empresa Exportadora de tomates “Entrecanales y Larrarte”, en ese año se traslada con su familia al sur de Tenerife a vivir en un apartamento de dicha empresa, pero no dejan la casa de la Orotava, donde pasan las vacaciones.
En el año 1961, vuelven otra vez a vivir en la Orotava, en la misma casa de la calle de Nicandro González Borges que no habían abandonado, para incorporarse con la misma compañía como encargado general en su recién empaquetado de plátanos cita en la Quinta Santa Úrsula, allí mi primo Enrique y un servidor  pasamos buenas anécdotas y aventuras infantiles hasta su prematura muerte acaecida el 15 de junio de 1964, tenía 46 años de edad. 
Muere de peritonitis vulgarmente llamado cólico miserere. Tenía dolores en el lado derecho de su cuerpo, en la parte del ombligo hacía abajo. No se sabe por qué motivos le pusieron calor, le reventaron: el apéndices con el calor y se le produjo la peritonitis, causándole la muerte. ¿Negligencia de los médicos?, ¿negligencia del farmacéutico que le recetó, que se pusiera calor?
Con la muerte y su adiós a La Villa de la Orotava perdí a un verdadero y excelente tío, el único de mi familia materna, al que le tenía mucho aprecio, mucho respeto y quería como un segundo padre.
Su hijo, mi querido primo hermano; ENRIQUE ABRÉU RODRÍGUEZ, después de 53 años en Madrid, sin volver a la tierra donde vivió y convivió su infancia y primera juventud con su querido padre, remitió estas notas que según él “...le ha salido profundo de su corazón…”, lo que le agradezco como único primo hermano por parte de mi familia materna: “…Enrique Abreu González (Icod, Tenerife 14 de julio de 1918 – Santa Cruz, Tenerife 15 de junio de 1964).
He pensado que sería conveniente hacer una reflexión antes de escribir esta breve crónica sobre la muerte mi padre, ya que hemos sido varios los familiares que hemos estado presentes en el cementerio de Santa Cruz de Tenerife, y cada cual habrá vivido aquella experiencia de manera distinta; por este motivo he creído necesario volcar en este documento mis impresiones personales.
Todo comenzó un día del mes de mayo del año 1964 en La Orotava (Tenerife) Recuerdo que llevaba varios días mi padre quejándose de dolores en el estómago y no había ninguna solución para su dolencia. Así que una noche nos reunimos toda la familia para encontrar una solución rápida al problema que se nos había planteado. Un taxi salía con mi padre y mi madre sobre las 9 y media de la noche desde la calle del Calvario Nº 34 propiedad de mi tío Juan, con destino a La Clínica Llabrés en Santa Cruz de Tenerife, y antes de ponerse el coche en marcha mi madre me dijo: “Mira bien a tu padre, porque tal vez sea esta la última vez que le vayas a ver”.
Tremendas palabras de sentencia escuchadas cuando tan solo yo contaba 16 años. He de decir que esta frase jamás la olvidaré. A partir de aquí transcurrieron cinco días que fueron para mí como si estuviese en el limbo, ya que toda la información que venía desde la Clínica sobre la salud de mi padre la recibía mi prima hermana Lola, y ella nos la iba dosificando según nuestro estado de ánimo. Lola tenía información de primera mano de mi padre ya que hablaba por teléfono diariamente con la Clínica Llabrés.
Recuerdo que era a finales de la primavera del año sesenta y cuatro, porque ya nos habían dado las vacaciones de verano en nuestros respectivos Colegios. Los curas controlaban a un grupo de alumnos que habían suspendido el curso, dejándoles descansar un poco de sus estudios a cambio de pasear leyendo por el campo de futbol del colegio. Esto ocurría tanto por las mañanas como por las tardes. Así que yo, portando unos evangelios, me introduje en este grupo desarrollándose en mí una nueva manera de leer, que consistía en hacerlo mientras paseaba por un campo de tierra. Cuando terminaba con el noble arte de la meditación, me acercaba a visitar a mi prima Lola para preguntar por la salud de mi padre, y ella me comentaba casi siempre lo mismo: Sigue igual. “Bueno, decía yo, pues al menos no ha empeorado”.
Y esto siguió así hasta un día muy temprano que sonó el teléfono, y mi hermana que estaba cerca lo cogió, según nos comentó posteriormente. Una voz de la Clínica Llabrés le había comunicado que Don Enrique Abreu González había fallecido. Ella comenzó a llorar y su llanto nos despertó a casi todos. Le pregunté qué pasaba y ella nos confió que desde la Clínica confirmaban que nuestro querido padre había muerto. Al rato de esto vino mi prima y nos dijo que teníamos que prepararnos para marchar a Santa Cruz para acompañar a mi padre que estaba recién fallecido en la Clínica Llabrés. En el desplazamiento hacia la capital a mí me tocó ir con Carmilla y con Gilberto en su coche y durante el trayecto Gilberto me dijo: “¡Ahora sabrás lo que es la vida, pero de verdad!”, y qué razón tenía este hombre, al hacerme aquel comentario tan sabio.
Llegamos a la Clínica toda familia en tropel, y al subir a la habitación allí estaban mi Madre y mi tía Consuelo totalmente compungidas y hechas un mar de lágrimas.  En el mismo hospital nos comentaron unos sanitarios que habían llevado a mi padre al cementerio de Santa Cruz y, hasta allí nos acercamos todos donde yacía mí querido padre sobre una caja colocada encima de una mesa al aire libre. Mi Madre, le dio un beso y yo también le di otro. Al poco llegó un emisario de la Empresa donde trabajaba mi padre, para acompañarnos en esos momentos tan dolorosos para toda nuestra familia. Finalmente se acordó la hora de trasladar el cuerpo de mi padre desde el cementerio de Santa Cruz de Tenerife hasta el cementerio de la Villa de La Orotava. Había como unos veinte coches que portaban coronas de flores y que acompañaban al cortejo fúnebre desde su salida del cementerio de Santa Cruz hasta el cementerio de La Orotava. Los coches iban despacio, de manera que muchas personas que le conocían salían a la carretera por donde pasaba el féretro para darle aquél último adiós. Era impresionante ver a todas aquellas personas que bajaban literalmente a la carretera para tocar el coche que portaba el cuerpo de mi padre fallecido. Al final y después de algunas horas de recorrido conseguimos llegar hasta la Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, yendo nosotros detrás del cortejo fúnebre.
Claro, cuando llegamos a la Orotava era ya la hora de comer, así que se dijo que nos marchásemos a comer y que luego viniéramos a la parroquia para celebrar el funeral y darle sepultura al difunto. En casa de mi tío Juan, algunas personas se quedaron preparando la comida para cuando todos llegásemos. Sin embargo, casi nadie quiso comer, la mayor parte de la gente tomaba tila, así que hicieron gran cantidad de ella y las mujeres de la familia la bebían mientras lloraban. Allí estaban: mis tías María y Consuelo, mi Madre, mi hermana, y mis tres primas, junto con algunas amigas y vecinas, todas ellas llorando desconsoladamente. Finalmente, llegó el momento de ir a la Parroquia para celebrar el funeral, con lo cual todos nos pusimos en camino hacia la catedral, y durante ese trayecto se me acercó un familiar y me dijo: “Enrique, perdona, pero no puedo seguir adelante, me voy para casa”. Como antes dije, yo tenía tan solo 16 años, le dije que no se preocupase y que se fuese, que ya nos las arreglaríamos.
Entramos todos en la parroquia,  se celebró el funeral y a la salida cuatro amigos de mi padre portaron  su féretro en dirección a la plaza del Ayuntamiento. Subieron aquella calle tan estrecha y empinada, y a la altura del Ayuntamiento  les pedí que me dejaran portar una de las esquina del ataúd, y me dijeron que sí. Al poco tiempo de llevar esa parte sobre mis hombros pensé: “hay que ver lo que puede pesar el cuerpo de una persona cuando está muerto”. Entonces, alguien me pidió el relevo y yo se lo di, y me trasladé junto a mi tío Juan Álvarez Díaz, que seguía al cortejo fúnebre. Entramos en el cementerio y dejaron a mi padre de forma provisional en el suelo muy cerca de su tumba, y luego lo enterraron allí donde ya yacían su padre, su madre y sus hermanos. Mi tío Juan me dijo que me pusiera a su derecha y allí, de acuerdo a la costumbre,  fueron pasando y dándonos la mano todas aquellas personas que querían a mi padre y que vinieron también a darle su último adiós.
He de confesar que asistieron una gran cantidad de personas, más de los que yo pensaba.
Enrique Abreu González, hijo de Bruno Abreu Rodríguez y de Cecilia González Cejas. Fue el benjamín de siete hermanos; estos fueron los nombres por orden de nacimiento: (1) Remedios Abreu González 11/08/1906 – 17/08/1906 = (6 días)
(2) María de Carmen Abreu González 14/11/1908 – 02/08/1984 = (76 años)
(3) Inocencia Abreu González 07/08/1910 – 18/04/1913 = (3 años)
(4) Antonia Abreu González 13/06/1912 – 06/09/1930 = (18 años)
(5) Bruno Abreu González 29/11/1913 – 22/10/1914 = (11 meses)
(6) María de la Consolación Abreu González 26/01/1916 – 20/04/1993 = (77 años)
(7) Enrique Abreu González 14/07/1918 – 15/06/1964 = (46 años)
Nacimiento. Encontrándose mi abuela paterna en un estado de gestación avanzado se desplazó desde La Villa de La Orotava hasta Icod de los Vinos donde residía su madre, y allí fue donde mi padre vino al mundo, en Icod de los vinos muy cerca de donde está el Drago milenario.
Profesión. La última profesión que recuerdo de él fue la de: jefe de empaquetado, ya que se desplazaba hasta Santa Úrsula perteneciente a ese municipio, trabajando en  la empresa Entrecanales y Larrarte S. A., cuyas oficinas principales estaban en Santa Cruz de Tenerife. Anteriormente había estado desplazado en la Península, primero  en Madrid, luego destinado en Vigo, provincia de Pontevedra. Posteriormente estuvo en la localidad de La Asomada perteneciente al municipio del Puerto de la Cruz, en el Almacén de La Fast. Trabajó también en varios sitios del Sur de la isla de Tenerife, como en Los Álamos, localidad del municipio de Guía de Isora y en Fañabé localidad del municipio de Adeje.
Su Perfil. Mi padre fue una persona muy amante del género humano, para mí un auténtico filántropo.
Digo esto porque sucedió por aquellos días un hecho que a todos nos sorprendió. Mi padre consiguió –aún no sé cómo- mejorar las condiciones de vida  de un grupo personas que se encontraban  en una situación extrema. Estas personas de las que hablo vivían en barracos y en lugares totalmente inhóspitos. Y él consiguió un sitio, un lugar digno donde ellos pudieran albergarse.
Por esas cosas que tiene la vida nunca pude hablar con él ni preguntarle de algunos  temas que son relevantes, como qué opinaba él del Clero, de la Política, y de las Instituciones. Me hubiese gustado saber su parecer, pero… me quedé con las ganas.
Mi padre ayudó en lo que pudo a sus compañeros y amigos y lo hizo de forma totalmente altruista, entregándose por completo a las causas más justas y defendiendo a aquellos que tenían menos.
La familia vivíamos de lo que él ganaba.  Fue una persona extremadamente comprensiva, generosa y cultivada. Disfrutaba en los ratos libres de una buena lectura. Fué muy amigo de sus amigos y nunca le pude descubrir ni un solo enemigo que le pudiese señalar con el dedo. Fue muy querido por todos, y un gran ejemplo para toda la familia y para aquellos que trabajaron con él. …”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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