1. LOS PRIMEROS AÑOS Y LA CHISPA VOCACIONAL
Ezequiel
de León Domínguez vino al mundo el 2 de octubre de 1926 en una humilde casa
terrera de la Calle Nueva, en la Villa Arriba de La Orotava, un barrio
enraizado en la tradición de carpinteros, zapateros y artesanos. Primogénito de
una familia numerosa, su padre trabajaba en la fábrica de gaseosas de la
familia Padrón y su madre se entregaba a las labores del hogar.
Desde
su más temprana infancia, Ezequiel sintió una atracción irrefrenable por el
modelado, aprovechando la masa de pan o la cera de las velas para dar forma a
sus primeras creaciones. Su labor como monaguillo en la parroquia de Nuestra
Señora de la Concepción no solo avivó su devoción, sino que le facilitó los
restos de cera con los que reproducía incansablemente al Cristo a la Columna de
Pedro Roldán, repartiendo pequeñas figuras por los hogares villeros.
De
aquella época infantil guardaba con afecto las memorias que su amigo Leoncio
Estévez Merino plasmó en su libro «...Los niños que jugaban con los Santos». Evocaba
Leoncio cómo Ezequiel, dotado de un talento natural, poseía las mejores
imágenes para jugar a las procesiones. En una ocasión, al simular la sepultura
del Cristo yacente en el "Señor del Muerto", utilizaron la gaveta de
una vitrina a modo de sepulcro. Al cerrarla con violencia para simular el
estruendo ceremonial, rompieron accidentalmente dos jarrones de bodas de la
madre de Ezequiel, provocando la previsible y cómica humareda familiar.
2. FORMACIÓN Y CONSOLIDACIÓN TÉCNICA
Con
apenas catorce años recibió su primer reconocimiento al modelar en barro un
busto de José Antonio Primo de Rivera. Poco después realizó su primera obra
religiosa de envergadura: el Padre
Jesús Nazareno, expuesto en la parroquia de La Perdoma. Por aquellos años,
el odontólogo César Hernández Martínez le encomendó también la realización de
un belén impregnado de paisajes tradicionales canarios.
Su
formación artística comenzó a los siete años en la Escuela Municipal de Dibujo
"José María Perdigón", donde los hermanos "Vitales",
conocidos maestros de obras, le enseñaron a trabajar el barro. Más tarde amplió
sus horizontes en la Escuela de Bellas Artes de Tenerife y en la Escuela Luján
Pérez de Las Palmas. Completó su trayectoria académica en la Escuela de Artes
Aplicadas de Madrid y en la de Restauración de Santa Isabel de Hungría en
Sevilla, donde destacó tempranamente por su participación en la restauración
del Retablo Mayor de la Catedral hispalense.
En
1952 contrajo matrimonio con doña Evarista Cruz Correa, fruto de cuya unión
nacieron seis hijos. Su legado artístico encontró continuidad en su estirpe:
Jesús de León Cruz, enfocado en la imaginería, y Ezequiel de León Cruz, dedicado
a la pintura y al arte efímero del alfombrismo. Tras su enlace, fijó su
residencia cerca de la Charca de Ascanio, luego en el barrio de San Antonio
María Claret y, finalmente, en La Perdoma.
3. ETAPAS DE UNA PRODUCCIÓN PROLÍFICA
La
historiadora Juana Isabel Guerra Cabrera subdividió la trayectoria del
imaginero en cinco grandes etapas, ampliada posteriormente a siete por Juan
Manuel Reyes Cornejo para dar cobertura a toda su producción:
·
Primera etapa (1936 – 1947): Abarca sus inicios juveniles en el
contexto de la Guerra Civil y la posguerra.
·
Consolidación técnica (1947 – 1961): Transición a obras de gran formato.
Destacan el Nazareno de
La Perdoma y la réplica del Cristo a la Columna para Granadilla, además del
Ángel del paso de la Oración
en el Huerto para el monasterio de las Clarisas en La Laguna.
·
Madurez y devoción marianas (1961 – 1976): Etapa de proyección pública desde su
taller en la calle El Agua de La Laguna. De este período datan Nuestro Padre Jesús de la
Sentencia, el Cristo
de la Montaña de Taco, el Cristo de la Cañita y la Entrada de Jesús en Jerusalén.
·
Contacto con la escuela sevillana (1976 – 1978): Predominio de imágenes vestideras. Tras el
devastador incendio del templo de la Concepción del Realejo Bajo, prometió la
donación del Cristo de la
Redención.
·
Resurgimiento y plenitud (1978 – 1986): Tras su regreso de Sevilla, afronta la
creación con una solvencia técnica impecable. Realiza el conjunto del Calvario
de San Lázaro en La Laguna (La Dolorosa, San Juan y La Magdalena) y varias imágenes para la
reconstrucción de La Concepción del Realejo Bajo.
·
Taller en La Perdoma (1986 – 1994): Periodo de intensa actividad tanto en
imaginería pasional como de gloria, incorporándose a la labor su hijo Jesús y
su discípulo Cristo García Quintero.
·
Última etapa en el Barrio de La Luz (1995 – 2005): Creación de un nuevo taller en La Orotava,
produciendo numerosas piezas para las celebraciones de la Semana Santa y
fiestas patronales de diversos barrios.
4. LEGADO, MAESTRÍA Y ESPÍRITU HUMANO
Como
bien señalaba Juan Manuel Reyes Cornejo, la prueba de fuego de todo imaginero
estriba en el Crucificado.
Ezequiel de León abordó el estudio anatómico del Cristo en la cruz en una
treintena de ocasiones; jamás repitió una postura, una expresión o el plegado
del paño de pureza (perizonium).
Su versatilidad le permitió dominar la cera, la escayola, la terracota y, sobre
todo, la madera de cedro.
Fue
el gran difusor del modelo neoclásico de la Virgen de Candelaria —concepción
heredada de Fernando Estévez— e impulsor de la iconografía del Santo Hermano
Pedro desde 1981. Paralelamente a la escultura, destacó como un hábil pintor
muralista y un consumado alfombrista, dedicando más de 25 años a la confección
del tapiz de la plaza del Ayuntamiento de La Orotava.
A
pesar de su magnitud artística, la principal virtud de Ezequiel fue la
humildad. Enemigo del protocolo y del ornato formal, fue un hombre sencillo,
campechano y sabio. Desprendido del interés material, en no pocas ocasiones
sufrió abusos por parte de compradores que se aprovecharon de su buena fe.
Vivía por y para la creación artística, acompañado en la penumbra de su taller
por el silencio de las gubias y el calor de sus animales domésticos.
5. EL RECONOCIMIENTO DE UN PUEBLO
El
26 de mayo de 2008, en el marco de las Fiestas Mayores de La Villa de La
Orotava, se le rindió un emotivo homenaje en la residencia de mayores del Llano
de San Sebastián, con motivo de su nombramiento unánime como Hijo Ilustre de la Isla de Tenerife.
Durante el acto, en el que se dieron cita familiares, vecinos y autoridades, su
hijo Ezequiel dedicó unas conmovidas palabras al maestro:
«Caminante no hay camino, se hace camino al
andar… Mi padre comenzó a caminar a los cuatro años con la cera y la miga de
pan entre sus dedos. Ha sido un gran ingeniero de la vida que nos ha dejado una
estela de humildad y veneración por el arte. Tuvo tres grandes amores: su
esposa Evarista, los animales que dormían entre las gubias y la escultura. Su
arte está presente en casi cada iglesia y capilla de Canarias, con más de 150
obras de culto e innumerables piezas civiles. Se nos va un hombre humilde, sin
trajes ni corbatas, pero rico en sabiduría y generosidad».
Pese
a ostentar distinciones como Villero
de Honor, Pétalo de Oro y
el Premio de Artesanía y
Patrimonio, una parte representativa de la cultura canaria siempre consideró
que a don Ezequiel de León se le debió otorgar en vida el Premio Canarias de
Bellas Artes. Su aportación para reparar el patrimonio destruido tras incendios
trágicos como el de la Iglesia de San Agustín de La Laguna o la Concepción de
Los Realejos lo sitúa en la cúspide de la imaginería canaria, a la altura de
referentes históricos como Luján Pérez o Fernando Estévez.
Hoy en día, su taller permanece abierto en el barrio de La Luz bajo la dedicación de su hijo Jesús y su discípulo Cristo García Quintero, salvaguardando la memoria y la gubia del hombre que esculpió la fe de todo un archipiélago.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL



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