I.
EL CRONISTA ILUSTRADO
José
de Viera y Clavijo —mencionado a menudo por su origen realejero— encarnó como
pocos el espíritu de la Ilustración en Canarias. Poeta, naturalista, humanista,
pedagogo y arcediano, legó a la posteridad su monumental Noticias de la historia general de las
Islas de Canaria. Esta obra, cumbre de la historiografía española del siglo
XVIII, trasciende la mera recopilación analítica para convertirse en un vivo
retrato de la sociedad insular de su tiempo.
Entre
sus crónicas más reveladoras figuran los convulsos episodios de insurrección
popular acontecidos en la Villa de La Orotava durante el año 1718.
II.
LOS SUCESOS DE 1718: DE LA ASONADA DE SANTA CRUZ AL MOTÍN DE LA OROTAVA
El
relato arranca la tarde del 17 de enero de 1718. Don Diego Navarro, juez
delegado, regresaba del puerto de Santa Cruz cuando interceptó a dos regidores
para solicitarles que retornaran a la ciudad chicharrera; urgía convocar al
Cabildo esa misma noche para abrir un pliego real. Reunida la corporación bajo
un clima de incertidumbre, Navarro tomó la palabra con voz exaltada para
confesar un recelo vehemente: temía ser embarcado por la fuerza. Ante la
perplejidad de los presentes, en especial del corregidor Don Jaime Jerónimo de
Villanueva, el denunciante apenas pudo sostener su sospecha sobre el testimonio
indirecto de un tercero.
Aunque
se adoptaron precauciones, al caer la noche la inquietud popular era evidente.
El Capitán General, Don Ventura de Landaeta, y el propio corregidor patrullaron
las calles sin hallar novedad hasta que, hacia las diez, divisaron a la luz de
la luna un grupo amotinado que ascendía desde el barrio de San Juan. Landaeta
ordenó trasladar de inmediato a Navarro a la sede de la Capitanía y poner a su
familia a resguardo con el marqués de Acialcázar. Apenas completada la mudanza,
una multitud de tres mil personas irrumpió en la plaza al grito de «¡Viva Felipe V!», exigiendo la
entrega del juez delegado no para dañarle, sino para expulsarle de la isla.
La
muchedumbre asaltó la vivienda de Navarro, incautó sus papeles y registró
cárceles, conventos y residencias nobles. Repicaron a fuego las campanas de las
parroquias y la masa acudió ante la Capitanía General. Para evitar males
mayores, Landaeta obligó a Navarro a entregar sus documentos reservados y a
aceptar el exilio, conduciéndolo a caballo hasta Santa Cruz para embarcarlo en
una lancha con destino a un navío francés que aguardaba a la vela.
¿Quién
movía los hilos de semejante temeridad? ¿Cómo se proveyó de granadas a la
plebe, se permitieron los pasquines y se ignoraron las conspiraciones, mientras
un buque extranjero esperaba en la costa? Juan Antonio Cevallos lo resumió con
lucidez en su manifestación al monarca: la resistencia de las oligarquías
locales a perder sus privilegios frente a las comisiones regias fue el
verdadero motor que alimentó la expulsión de Navarro. El rey Felipe V terminó
por destituir a Landaeta, quien acabaría sus días relegado en la Península.
La
inestabilidad se propagó pronto por el archipiélago. En El Hierro se desató una
fuerte conmoción y en La Orotava prendió la chispa del descontento. El 25 de
febrero apareció un pasquín en la esquina del convento de Santa Clara
reclamando la intervención de las autoridades. El pueblo orotavense exigía
cuatro puntos fundamentales:
1.
La
edificación de una cárcel pública para liberar el granero de la alhóndiga.
2.
La
prohibición de extraer presos y autos fuera de su jurisdicción.
3.
La
instalación de una fuente pública apta para el consumo de agua potable.
4.
El
reparto regulado del vino en las tabernas.
El
alcalde mayor, el licenciado Alonso Pérez de León y Bolaños, retiró el pasquín,
pero una cuadrilla de cincuenta hombres volvió a fijarlo la noche siguiente. El
5 de marzo, la protesta escaló: imposibilitados para reunirse en la ermita de
San Roque por la afluencia de vecinos, se trasladaron a la iglesia de San
Agustín. Allí, el vicario foráneo Juan Delgado Temudo actuó como un auténtico
tribuno de la plebe: desde el púlpito declamó, instrumentalizó pasajes bíblicos
y dio lectura a las nuevas demandas ciudadanas, que incluyeron el control del
trigo de la alhóndiga, el fin de la injerencia de La Laguna en los propios
locales y la destitución de autoridades.
Cuando
las mentes más moderadas cuestionaron la representatividad de aquella asamblea,
el soliviantado vicario ordenó expulsarlas del templo. El 1 de abril, una turba
capitaneada por un ayudante de milicias tomó la torre de La Concepción, tocó a
rebato y reunió a más de mil quinientos hombres. Asaltaron las casas del
alcalde mayor y, al no hallarle, encañonaron al alférez mayor, el coronel
Francisco Valcárcel, forzándole a leer un nuevo cedulón que exigía la expulsión
de Bolaños por incompetente. Paralelamente, grupos amotinados arrasaron
terrenos en Las Caletas bajo el pretexto de restituir los comunales para el
pastoreo.
La
revuelta se prolongó hasta el 5 de abril, fecha en que el Capitán General entró
en La Orotava secundado por tropas de Los Realejos y Güímar. Tras la detención
de los principales instigadores y el restablecimiento del orden militar, la
calma retornó gradualmente a la Villa.

III.
EL VALOR DE LA MEMORIA HISTÓRICA
El
minucioso relato de Viera y Clavijo no responde al artificio poético ni a la
fábula condescendiente; constituye una crónica épica y rigurosa de la sociedad
canaria del setecientos. Su pluma sitúa al archipiélago en el mapa del
pensamiento ilustrado, proyectando las tensiones de una comunidad que aspiraba
a la justicia y al progreso dentro de un marco universal.
Recuperar
estos episodios a través de la mirada erudita e independiente de Viera y
Clavijo resulta imprescindible. Su legado permite desenterrar la intrahistoria
de un pueblo diverso que, con frecuencia, ha debido sobreponerse al aislamiento
geográfico y a la fragilidad de su propia memoria histórica.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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