jueves, 24 de agosto de 2017

ALMIRANTE SEYMAR

El 12 de enero de 1892, el Teide amaneció envuelto en un espeso manto de nieve, erigiéndose como una mole blanca e indomable en el corazón de Tenerife. Aquella geografía helada y desafiante no impidió que el almirante Seymour —una de las figuras más ilustres de la Real Armada Británica de la época— decidiera emprender el ascenso a la cumbre. A su lado marchaba el joven mister Douglas, cuya residencia en una finca del capitalino barrio de Salamanca le había contagiado ya la fascinación por el volcán.

Elegir pleno invierno para culminar el techo de España era una temeridad. La montaña no ofrecía senderos, sino verdaderos muros de hielo glacial que amenazaban con cerrar el paso a los expedicionarios. Lejos de amedrentarse, la comitiva se abrió camino a fuerza de brazo, tajando el firme helado con picos y hachas que habían previsto para la travesía. Cada paso era una victoria contra la intemperie y el peligro inminente de un despeñadero.

La hazaña no tardó en resonar en las crónicas de la época, que calificaron la travesía como una de las gestas más arriesgadas jamás intentadas en la isla. Sin embargo, al alcanzar la cima y contemplar la inmensidad del Atlántico rendida a sus pies, el frío y el agotamiento se disiparon. A su regreso, colmados de felicitaciones por la proeza, ambos viajeros coincidieron en que el sublime espectáculo desde la cumbre pagaba con creces cada golpe de hacha y cada tiritón sobre la nieve.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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