El 12 de enero de 1892, el Teide amaneció envuelto en un espeso
manto de nieve, erigiéndose como una mole blanca e indomable en el corazón de
Tenerife. Aquella geografía helada y desafiante no impidió que el almirante
Seymour —una de las figuras más ilustres de la Real Armada Británica de la
época— decidiera emprender el ascenso a la cumbre. A su lado marchaba el joven
mister Douglas, cuya residencia en una finca del capitalino barrio de Salamanca
le había contagiado ya la fascinación por el volcán.
Elegir pleno invierno para culminar el techo de España era una
temeridad. La montaña no ofrecía senderos, sino verdaderos muros de hielo
glacial que amenazaban con cerrar el paso a los expedicionarios. Lejos de
amedrentarse, la comitiva se abrió camino a fuerza de brazo, tajando el firme
helado con picos y hachas que habían previsto para la travesía. Cada paso era
una victoria contra la intemperie y el peligro inminente de un despeñadero.
La hazaña no tardó en resonar en las crónicas de la época, que
calificaron la travesía como una de las gestas más arriesgadas jamás intentadas
en la isla. Sin embargo, al alcanzar la cima y contemplar la inmensidad del
Atlántico rendida a sus pies, el frío y el agotamiento se disiparon. A su
regreso, colmados de felicitaciones por la proeza, ambos viajeros coincidieron
en que el sublime espectáculo desde la cumbre pagaba con creces cada golpe de
hacha y cada tiritón sobre la nieve.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

No hay comentarios:
Publicar un comentario