jueves, 24 de agosto de 2017

EL LATIDO DEL BALÓN EN EL CAMPITO DE «LOS CUARTOS»



En aquellos años de infancia, la Villa de La Orotava se dibujaba a través de sus campitos de tierra, espacios sagrados donde el fútbol reinaba sin corona. Cada barrio custodiaba el suyo como un tesoro de libertad. Guardo en la memoria las tardes enteras corriendo por los dos terrenos del callejón del Torreón: el más vivo, el de la curva de la carretera bajo la plaza de La Paz, que crecía pegado a un estanque vacío; y aquel otro, un poco más abajo, rozando el cruce de El Ramal. Hubo otros templos de polvo que, aunque no guardan mis pasos, sí conservan mis visitas: La Garrota, el Campo de Tenis y, por supuesto, el entrañable campito del barrio de Los Cuartos.

Eran parcelas humildes, de apenas quinientos metros cuadrados, donde el espacio obligaba a recortar el número de jugadores; un preludio natural y espontáneo de lo que el tiempo terminaría bautizando como fútbol sala. El campito de La Garrota —ubicado en la entonces calle Calvo Sotelo, hilván de las antiguas vías de Zacarías y Pescote, hoy renombrada en el entorno de la calle del Señor de la Columna— era, junto a la plaza de San Juan Bautista en El Farrobo, un auténtico vivero de talento. Por allí paseaba su mirada atenta el recordado Juan Rodríguez Villar, libreta en mano, anotando los nombres de aquellos niños que acariciaban el balón con maestría para luego darles cobijo en el fútbol federado.

Diferente era el Campo de Tenis, heredero de un antiguo club inglés. Sus dimensiones eran más generosas: dos pistas reglamentarias, una vestida de frío cemento y otra de césped natural. Aquella cancha fue un templo futbolístico mayor, la cantera silenciosa donde maduraron muchos de los hombres que, con el paso de los años, acabarían vistiendo con orgullo los colores de la U.D. Orotava.

La fotografía que hoy rescatamos del olvido nos devuelve la mirada desde el campito del barrio de Los Cuartos, otra catedral de tierra que exportó grandes figuras del balompié orotavense. Al fondo de la imagen, recortándose contra el cielo, se alza el Colegio de La Milagrosa de las Hermanas de la Caridad, mostrando las cicatrices de su propia historia: aún en obras, con el frontis lateral inacabado, como un testigo mudo del paso del tiempo.

Enmarcados en blanco y negro, la alineación de la nostalgia nos devuelve sus nombres:

·                De pie (de izquierda a derecha): Felipe González, a quien todos llamábamos cariñosamente «El Chino»; Fefe Rendón; Antonico Rodríguez; Miguel Ángel Gutiérrez, cuyo recuerdo hoy nos acompaña desde la ausencia; Abel, el eterno «Cañón»; y Eugenio «Geno».

·                Agachados (de izquierda a derecha): Juan (hermano de Goyo); Raúl «El Sierra»; Miguel Ángel, que dedicó sus años laborables a la casa ROE; Chicho García Edodey, Fernando, veloz por nombre y por derecho; Berto; Quico; y, sentada en el suelo, rompiendo la hegemonía del grupo, la sonrisa de Auxiliadora González Martín («Auxi»).

Esta estampa es una ventana abierta a la vida cotidiana de Los Cuartos en la década de los sesenta del siglo XX. En ese rectángulo de tierra, la juventud y la infancia se fundían en un solo grito de gol. Eran tiempos difíciles, marcados por la penuria y las sombras de una época gris, pero entre aquellas piedras y balones remendados, la vida se abría paso. Se vivía, se compartía y, por encima de todo, se jugaba para ser feliz. Al fin y al cabo, eso era lo único que importaba.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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