En aquellos años de infancia, la Villa de La Orotava
se dibujaba a través de sus campitos de tierra, espacios sagrados donde el fútbol reinaba sin
corona. Cada barrio custodiaba el suyo como un tesoro de libertad. Guardo en la
memoria las tardes enteras corriendo por los dos terrenos del callejón del
Torreón: el más vivo, el de la curva de la carretera bajo la plaza de La Paz,
que crecía pegado a un estanque vacío; y aquel otro, un poco más abajo, rozando
el cruce de El Ramal. Hubo otros templos de polvo que, aunque no guardan mis
pasos, sí conservan mis visitas: La Garrota, el Campo de Tenis y, por supuesto,
el entrañable campito del barrio de Los Cuartos.
Eran
parcelas humildes, de apenas quinientos metros cuadrados, donde el espacio
obligaba a recortar el número de jugadores; un preludio natural y espontáneo de
lo que el tiempo terminaría bautizando como fútbol sala. El campito de La
Garrota —ubicado en la entonces calle Calvo Sotelo, hilván de las antiguas vías
de Zacarías y Pescote, hoy renombrada en el entorno de la calle del Señor de la
Columna— era, junto a la plaza de San Juan Bautista en El Farrobo, un auténtico
vivero de talento. Por allí paseaba su mirada atenta el recordado Juan
Rodríguez Villar, libreta en mano, anotando los nombres de aquellos niños que
acariciaban el balón con maestría para luego darles cobijo en el fútbol
federado.
Diferente
era el Campo de Tenis, heredero de un antiguo club inglés. Sus dimensiones eran
más generosas: dos pistas reglamentarias, una vestida de frío cemento y otra de
césped natural. Aquella cancha fue un templo futbolístico mayor, la cantera
silenciosa donde maduraron muchos de los hombres que, con el paso de los años,
acabarían vistiendo con orgullo los colores de la U.D. Orotava.
La
fotografía que hoy rescatamos del olvido nos devuelve la mirada desde el campito del barrio de Los Cuartos,
otra catedral de tierra que exportó grandes figuras del balompié orotavense. Al
fondo de la imagen, recortándose contra el cielo, se alza el Colegio de La
Milagrosa de las Hermanas de la Caridad, mostrando las cicatrices de su propia
historia: aún en obras, con el frontis lateral inacabado, como un testigo mudo
del paso del tiempo.
Enmarcados
en blanco y negro, la alineación de la nostalgia nos devuelve sus nombres:
·
De pie (de izquierda a derecha): Felipe González, a quien todos
llamábamos cariñosamente «El Chino»; Fefe Rendón; Antonico Rodríguez; Miguel
Ángel Gutiérrez, cuyo recuerdo hoy nos acompaña desde la ausencia; Abel, el
eterno «Cañón»; y Eugenio «Geno».
·
Agachados (de izquierda a
derecha):
Juan (hermano de Goyo); Raúl «El Sierra»; Miguel Ángel, que dedicó sus años
laborables a la casa ROE; Chicho García Edodey, Fernando, veloz por nombre y
por derecho; Berto; Quico; y, sentada en el suelo, rompiendo la hegemonía del
grupo, la sonrisa de Auxiliadora González Martín («Auxi»).
Esta
estampa es una ventana abierta a la vida cotidiana de Los Cuartos en la década de los sesenta del siglo XX. En
ese rectángulo de tierra, la juventud y la infancia se fundían en un solo grito
de gol. Eran tiempos difíciles, marcados por la penuria y las sombras de una
época gris, pero entre aquellas piedras y balones remendados, la vida se abría
paso. Se vivía, se compartía y, por encima de todo, se jugaba para ser feliz.
Al fin y al cabo, eso era lo único que importaba.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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