lunes, 21 de agosto de 2017

DOÑA SEBASTIANA DEL CASTILLO Y MANRIQUE DE LARA



Entre los aromas de la Villa de La Orotava, donde antaño florecieron los vergeles más galantes de Tenerife, se alza un inmueble del siglo XVIII cuyo patio central aún susurra elegancia. Allí, entre muros serenos y sombras añejas, vino al mundo en 1840 don Diego de Ponte del Castillo, octavo marqués de la Quinta Roja. Su infancia transcurrió bajo la mirada adusta de una madre viuda, doña Sebastiana del Castillo y Manrique de Lara, quien podó con rigor severo los primeros brotes de la ilusión infantil. Mas el destino tenía sus propios caminos: la casona fue poblándose en silencio de tomos llegados de Francia, volúmenes impregnados de ideas ilustradas y destellos masónicos que desafiaban de frente a la intransigente sociedad de su tiempo.

El devenir truncó joven la vida del marqués en 1880. Cuando el párroco don José Borges Acosta rehusó conceder cristiana sepultura al difunto, la marquesa, indómita ante la afrenta, comisionó al arquitecto francés Adolph Coquet para erigir un mausoleo en el corazón del jardín. Labrado en mármol blanquiazul de Carrara importado de Génova en 1882, surgió así una imponente nave barroca rebosante de simbología masónica. Hasta el último de sus días, la firme doña Sebastiana, majorera de nacimiento, descendía cada tarde al sepulcro vacío para regar con devoción las flores del recuerdo. Aquel rincón, que andando el siglo XX pasaría a llamarse Jardín Victoria en honor al Gran Hotel instalado en la antigua mansión nobiliaria, custodia hoy el eco de su inquebrantable espíritu.

La personalidad de la marquesa no pasó inadvertida para los cronistas de la época. Con motivo de su muerte en 1903, Ricardo Ruiz Benítez de Lugo escribía en las páginas del rotativo Las Canarias:

«Que los hombres gocen de férrea voluntad, que su inteligencia les haya creado un espíritu de duda... y que figuren en los pueblos en abierta lucha con la opinión pública existente, es natural [...]. Pero que una mujer tenga una inteligencia y una voluntad "macho" en la esfera social, religiosa y política, es un caso patológico en el medio ambiente de la convivencia pública [...]. Y la mujer de ese talante y talento es la Sra. Marquesa de la Quinta, que defendió principios demócratas y liberales, y cuando le arrebataron un cuerpo querido... erigió un monumento en La Orotava como no hay otro de su índole en España, y en él escribió en lengua latina: "Este monumento se levanta contra la intolerancia religiosa"

El óbito de la ilustre matrona en el Hotel Camacho de Santa Cruz de Tenerife no apagó las tempestades. La herencia de la marquesa desencadenó un sonado pleito judicial que se prolongó durante doce años. Doña Sebastiana había dispuesto en su testamento premiar la lealtad intachable de su administrador, don Francisco Reyes, concediéndole la permanencia en el cargo, el derecho de habitación y una manda de cinco mil pesetas. Los hermanos Víctor y Jorge Pérez Ventoso, herederos del marquesado, intentaron anular judicialmente dicha cláusula. Sin embargo, tras una ardua batalla legal por todas las instancias —defendida magistralmente por letrados de la talla de Félix Benítez de Lugo ante el Tribunal Supremo—, la justicia ratificó de forma definitiva la última voluntad de la marquesa, haciendo honor, al fin, a la gratitud de tan singular mujer.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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