Entre los aromas de la Villa de La Orotava,
donde antaño florecieron los vergeles más galantes de Tenerife, se alza un
inmueble del siglo XVIII cuyo patio central aún susurra elegancia. Allí, entre
muros serenos y sombras añejas, vino al mundo en 1840 don Diego de Ponte del
Castillo, octavo marqués de la Quinta Roja. Su infancia transcurrió bajo la
mirada adusta de una madre viuda, doña Sebastiana del Castillo y Manrique de
Lara, quien podó con rigor severo los primeros brotes de la ilusión infantil.
Mas el destino tenía sus propios caminos: la casona fue poblándose en silencio
de tomos llegados de Francia, volúmenes impregnados de ideas ilustradas y
destellos masónicos que desafiaban de frente a la intransigente sociedad de su
tiempo.
El
devenir truncó joven la vida del marqués en 1880. Cuando el párroco don José
Borges Acosta rehusó conceder cristiana sepultura al difunto, la marquesa,
indómita ante la afrenta, comisionó al arquitecto francés Adolph Coquet para
erigir un mausoleo en el corazón del jardín. Labrado en mármol blanquiazul de
Carrara importado de Génova en 1882, surgió así una imponente nave barroca
rebosante de simbología masónica. Hasta el último de sus días, la firme doña
Sebastiana, majorera de nacimiento, descendía cada tarde al sepulcro vacío para
regar con devoción las flores del recuerdo. Aquel rincón, que andando el siglo
XX pasaría a llamarse Jardín Victoria en honor al Gran Hotel instalado en la
antigua mansión nobiliaria, custodia hoy el eco de su inquebrantable espíritu.
La
personalidad de la marquesa no pasó inadvertida para los cronistas de la época.
Con motivo de su muerte en 1903, Ricardo Ruiz Benítez de Lugo escribía en las
páginas del rotativo Las Canarias:
«Que
los hombres gocen de férrea voluntad, que su inteligencia les haya creado un
espíritu de duda... y que figuren en los pueblos en abierta lucha con la
opinión pública existente, es natural [...]. Pero que una mujer tenga una
inteligencia y una voluntad "macho" en la esfera social, religiosa y
política, es un caso patológico en el medio ambiente de la convivencia pública
[...]. Y la mujer de ese talante y talento es la Sra. Marquesa de la Quinta,
que defendió principios demócratas y liberales, y cuando le arrebataron un
cuerpo querido... erigió un monumento en La Orotava como no hay otro de su
índole en España, y en él escribió en lengua latina: "Este monumento se levanta contra la intolerancia
religiosa".»
El
óbito de la ilustre matrona en el Hotel Camacho de Santa Cruz de Tenerife no
apagó las tempestades. La herencia de la marquesa desencadenó un sonado pleito
judicial que se prolongó durante doce años. Doña Sebastiana había dispuesto en
su testamento premiar la lealtad intachable de su administrador, don Francisco
Reyes, concediéndole la permanencia en el cargo, el derecho de habitación y una
manda de cinco mil pesetas. Los hermanos Víctor y Jorge Pérez Ventoso,
herederos del marquesado, intentaron anular judicialmente dicha cláusula. Sin
embargo, tras una ardua batalla legal por todas las instancias —defendida
magistralmente por letrados de la talla de Félix Benítez de Lugo ante el
Tribunal Supremo—, la justicia ratificó de forma definitiva la última voluntad
de la marquesa, haciendo honor, al fin, a la gratitud de tan singular mujer.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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