Hay vidas que quedan esculpidas en el
perfil urbano de una tierra. La de José Enrique Marrero Regalado (Granadilla de
Abona, 1897 - Santa Cruz de Tenerife, 1956) fue una de ellas: la de un creador
fecundo que trazó la identidad arquitectónica de Tenerife a lo largo del siglo
XX, hasta que la muerte lo sorprendió en su despacho santacrucero con el
tintero aún fresco, rodeado de planos a medio terminar y proyectos a la espera
de nacer.
De
su trazo nacieron los emblemas de la capital tinerfeña: el imponente Palacio
Insular, las arcadas tradicionales del Mercado de Nuestra Señora de África y la
acogedora Casa Cuna. Marrero Regalado poseía además una sensibilidad única para
moldear la luz y el sonido en la oscuridad del celuloide; fue un auténtico
virtuoso de la acústica cinematográfica, como demostró en las emblemáticas
salas Víctor, Red, Royal y Victoria. Su maestría traspasó los límites de la
capital: en la Villa de La Orotava concibió para su paisano de Chasna, don
Casiano García Feo, el Cine Orotava —hoy Auditorio Teobaldo Power—, mientras
que en la Villa Mariana proyectó la sobria majestuosidad de la Basílica de
Nuestra Señora de Candelaria. Más allá de su isla natal, dejó su firma en el
Frontón de Las Palmas de Gran Canaria y proyectó la inconclusa y fantasmal
leprosaria de Abades, en Arico, un titánico sueño que el tiempo dejó sin
concluir.
En
lo estilístico, Marrero Regalado fue un creador insumiso. Concibió el
racionalismo de forma heterodoxa, enriqueciéndolo con el alma y los elementos
de la arquitectura vernácula. De esa fusión nació su célebre sello «canarista»
o neocanario, un lenguaje monumental y de cierta exuberancia barroca colonial
que definió la estética de la arquitectura española de posguerra, época en la
que ejerció también como fiscal de Vivienda. Su obra permanece hoy no solo como
estructura y piedra, sino como la memoria viva de una mirada que supo soñar
Canarias.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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