
El
brindis de la sidra y el humo del habano capta un instante suspendido en el
tiempo, una tarde de los años cincuenta donde la felicidad de un nuevo matrimonio
se celebró en las medianías del norte tinerfeño. La escena transcurre, según
los hilos de la memoria, bajo el techo de Doña Esperanza, en la emblemática
Cuesta de la Villa, dentro del municipio de Santa Úrsula. En aquella época, el rigor de los banquetes
nupciales exigía que, junto al recio y generoso vino tinto de la zona, las
copas se alzaran rebosantes de sidra asturiana, el espumoso líquido de la
distinción en los días grandes.
Al
observar la vieja panorámica, los recuerdos fluyen como el vino de la comarca.
A la derecha, un joven Francisco permanece de pie, sosteniendo con sutil
elegancia un habano en su mano izquierda. Es el hijo de la dueña de la casa,
hermano de aquel célebre Juan «el de Sombrerito» que más tarde fundaría su
propio e inolvidable restaurante. Francisco, sin embargo, prefirió quedarse al
amparo del legado de su madre, manteniendo vivos los negocios en esa mítica
porción de la carretera vieja; la misma ruta sinuosa que durante décadas
transportó a los norteños en su viaje hacia la capital.
El
paisaje humano que rodea la mesa es un mosaico de la burguesía y el paisanaje
de la época. Por allí asoma la figura de Pepe Pérez, cuyo antiguo comercio —que
antes sirvió a Don Cipriano Hernández como almacén estratégico antes del
control del Fielato— lindaba con la Mansión y el cruce del Pinito, donde los
caminos se bifurcan hacia el mirador de Humboldt y el Barranco de Las Arenas.
Pero
la fotografía es, ante todo, una partitura de ilustres orotavenses. Entre la
comitiva destacan dos colosos de la cultura local: Domingo Quintero —militar, tenor imponente y el hombre que estrenó
la lírica local de Las Cosas del Pueblo en el desaparecido Teatro Power—
y el inolvidable Antonio Sosa Hernández,
alma musical de la Villa, organista de la Concepción, director de la coral
Santa Cecilia y bohemio eterno.
A
través de las voces del pasado, la estampa termina de cobrar vida. El tintineo
de las copas reverbera en los testimonios familiares: la presencia de Juan «el
de Sombrerito» sentado a la izquierda junto a su hermano Manolo, y la tierna
estampa del pequeño Polo, Leopoldo León Álvarez, apoyado con inocencia sobre
las rodillas de su abuelo Isidro, completando el mapa sentimental de una boda
que se resiste a ser olvidada.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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