sábado, 26 de agosto de 2017

EN UNA BODA EN SANTA ÚRSULA

                             

El brindis de la sidra y el humo del habano capta un instante suspendido en el tiempo, una tarde de los años cincuenta donde la felicidad de un nuevo matrimonio se celebró en las medianías del norte tinerfeño. La escena transcurre, según los hilos de la memoria, bajo el techo de Doña Esperanza, en la emblemática Cuesta de la Villa, dentro del municipio de Santa Úrsula. En aquella época, el rigor de los banquetes nupciales exigía que, junto al recio y generoso vino tinto de la zona, las copas se alzaran rebosantes de sidra asturiana, el espumoso líquido de la distinción en los días grandes.

Al observar la vieja panorámica, los recuerdos fluyen como el vino de la comarca. A la derecha, un joven Francisco permanece de pie, sosteniendo con sutil elegancia un habano en su mano izquierda. Es el hijo de la dueña de la casa, hermano de aquel célebre Juan «el de Sombrerito» que más tarde fundaría su propio e inolvidable restaurante. Francisco, sin embargo, prefirió quedarse al amparo del legado de su madre, manteniendo vivos los negocios en esa mítica porción de la carretera vieja; la misma ruta sinuosa que durante décadas transportó a los norteños en su viaje hacia la capital.

El paisaje humano que rodea la mesa es un mosaico de la burguesía y el paisanaje de la época. Por allí asoma la figura de Pepe Pérez, cuyo antiguo comercio —que antes sirvió a Don Cipriano Hernández como almacén estratégico antes del control del Fielato— lindaba con la Mansión y el cruce del Pinito, donde los caminos se bifurcan hacia el mirador de Humboldt y el Barranco de Las Arenas.

Pero la fotografía es, ante todo, una partitura de ilustres orotavenses. Entre la comitiva destacan dos colosos de la cultura local: Domingo Quintero —militar, tenor imponente y el hombre que estrenó la lírica local de Las Cosas del Pueblo en el desaparecido Teatro Power— y el inolvidable Antonio Sosa Hernández, alma musical de la Villa, organista de la Concepción, director de la coral Santa Cecilia y bohemio eterno.

A través de las voces del pasado, la estampa termina de cobrar vida. El tintineo de las copas reverbera en los testimonios familiares: la presencia de Juan «el de Sombrerito» sentado a la izquierda junto a su hermano Manolo, y la tierna estampa del pequeño Polo, Leopoldo León Álvarez, apoyado con inocencia sobre las rodillas de su abuelo Isidro, completando el mapa sentimental de una boda que se resiste a ser olvidada.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



No hay comentarios:

Publicar un comentario