El crepitar de la
fragua y el eco de los yunques parecen cobrar vida en la vieja fotografía que
los primos José y Montse Quintero rescataron del olvido un lejano septiembre.
La imagen, detenida en el tiempo, nos devuelve el latido de la histórica
herrería familiar en el Llano de San Sebastián, en la Villa de La Orotava. Era
aquel un templo del fuego y el metal donde el oficio de herrador se elevaba a
la categoría de arte; una labor de precisión y fuerza bruta donde las manos
curtidas de los artesanos aliviaban y calzaban el andar de caballos, mulas, burros,
vacas y toros destinados al duro arrastre de la época.
Aquel taller no era un
rincón cualquiera. Junto a las herrerías de San Francisco y de la calle
Salazar, formaba la trilogía de las forjas más antiguas de la Villa. En el
corazón de ese bullicio se recorta la figura inolvidable de Toribio Quintero y,
tras él, la de su hijo Alberto Quintero Santos, un hombre de una simpatía
desbordante, cuyas fábulas campechanas sazonaban las tertulias diarias con los
amigos antes de que el destino lo llevara a fallecer en tierras venezolanas.
Con el devenir de los años, la familia extendió su feudo al surtidor de
combustible «Mobil», situado a escasos metros del taller. Una tarde de agosto
de finales de los cincuenta, las llamas devoraron el lugar en un incendio angustioso
que tardó largas horas en sofocarse. Yo apenas tenía siete años y regresaba al
atardecer de la playa de Martiánez. Al bajar de la guagua, al principio de la
calle El Calvario, el griterío de la gente que clamaba ¡fuego! me encogió el
corazón. Pensé, con el miedo inocente de la infancia, que ardía el surtidor
«Texaco» de la acera de enfrente, regentado por mi inolvidable padre, Juan
Álvarez Díaz, quien mantuvo siempre una sana y eterna competencia comercial con
los Quintero, envuelta en una profunda y noble amistad.
La memoria familiar,
hilada con ternura por Montse Quintero, nos recuerda que el linaje del hierro
hunde sus raíces aún más atrás: «La herrería fue primero de mi tatarabuelo
Domingo Quintero», evoca con orgullo. «Después pasó a su hijo Toribio,
el señor del sombrero que se ve en la foto, mi bisabuelo, flanqueado por dos de
sus hijos: el más pequeño, el tío de mi padre, Paco Quintero, y el otro niño,
mi abuelo Toribio». Fueron cuatro generaciones de hombres modelando el
hierro en La Orotava; una estirpe indomable cuyo legado no se extinguió con el
cierre del taller, pues al otro lado del océano, el hijo y el nieto del tío
Alberto siguieron haciendo cantar al yunque en Venezuela.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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