PASEO DE SEPTIEMBRE: TRES SILUETAS EN LA CALLE LA CARRERA (1949)
El calendario marcaba
el 25 de septiembre de 1949,
esos días suspendidos en que el verano se desvanece y el otoño empieza a
susurrar. Por la señorial calle La
Carrera de la Villa de La Orotava, tres jóvenes amigas pasean ajenas al
tiempo, regalando a la posteridad una estampa llena de elegancia y nostalgia.
Al observar la
fotografía, salta a la vista un curioso contraste en sus ropajes, reflejo fiel
de la muda de estación. Las hermanas Bárbara y María del Carmen caminan ya
envueltas en las tonalidades oscuras que anticipaban los rigores otoñales. A su
lado, mi hermana Lola desafía al
calendario luciendo una alegre blusa de rayas horizontales, un último y
luminoso eco del estío que se resistía a marchar.
Las vidas de estas
tres mujeres estaban fuertemente unidas por una geografía compartida y
profundos lazos de afecto familiar. Por aquel entonces, las hermanas Quijada
habitaban al final de un callejón cargado de historia: la vía lateral que baja
junto al Colegio de la Milagrosa. Aquel rincón, bautizado originalmente por el
saber popular como el callejón del
Maestro Bruno —en honor a mi abuelo, Bruno Abreu, quien tenía su
zapatería en los bajos de la vivienda—, pasó a llamarse más tarde Alférez
Provisionales, hasta que una feliz iniciativa de la Asociación de Vecinos
«Huerta El Moral» le devolvió su dignidad devocional bajo el nombre de calle
Hermanas de San Vicente de Paúl.
Por su parte, mi
hermana Lola residía en el hogar familiar: una joya del siglo XVII que mis padres habían adquirido en la calle El
Calvario. Trágicamente, tras el fallecimiento de mi padre, las
dificultades económicas obligaron a mi madre a desprenderse de ella. El tiempo
y el mal llamado progreso terminaron por derribarla, y hoy, sobre el espacio
que ocupó aquella casa solariega, se levanta un edificio de construcción antiestética
que alberga una farmacia, borrando el rastro físico de nuestros primeros años.
Sin embargo, la
complicidad entre aquellas tres jóvenes era una hermosa herencia que los
ladrillos no pueden destruir. El vínculo nació cuando mis abuelos maternos
vivían de alquiler en la planta baja de la casa de las Quijada, y terminó de
sellarse entre hilos y costuras, pues María del Carmen trabajaba como operaria
en el taller de confección para caballeros de mi madre, María del Carmen Abreu González.
De izquierda a derecha,
desafiando el paso de las décadas con su eterna juventud, la imagen nos
devuelve las sonrisas de Bárbara
Quijada (esposa del recordado Pepe Fariña), María del Carmen Quijada (esposa del también añorado Antonio
Gutiérrez) y mi querida hermana, Lola Álvarez
Abreu. Tres mujeres, un mismo paseo y el retrato imborrable de una
Orotava que se resiste a morir gracias a la memoria.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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