jueves, 17 de agosto de 2017

ECOS DE LA PLAZA DE LA PAZ


En una fotografía rescatada de los años cincuenta del pasado siglo —expuesta con celo por el Grupo Cultural «La Escalera» de la Villa de La Orotava— la mirada discurre de norte a sur para contemplar una fisonomía urbana que, milagrosamente, aún preserva los trazos de su entorno original.

Para comprender el alma de este enclave hay que acudir a las páginas del libro La Orotava: sus calles, su historia, obra del docente y amigo villero Juan J. Martínez Sánchez, escrita con la colaboración de Sebastián Gutiérrez Delgado, profesor titular de Historia del Arte en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. En sus páginas se rescata la génesis de un espacio cuyo nombre nació como un anhelo de concordia internacional.


Fue el 19 de diciembre de 1918 cuando la Corporación municipal aprobó la propuesta del alcalde, don Juan Cullen y Machado, de bautizar el recinto como Plaza de La Paz. La moción buscaba «condenar eternamente el hecho mil veces salvaje de la guerra, de este azote que envilece a la Humanidad», en un eco directo del fin de la Primera Guerra Mundial. Aquel conflicto, sellado en 1919 mediante el Tratado de Versalles y los acuerdos inspirados en los Catorce Puntos del presidente estadounidense Woodrow Wilson, redibujó el mapa del mundo con la caída de viejos imperios y el nacimiento de nuevas naciones. Si bien la historia terminaría por demostrar la fragilidad de aquella concordia —resquebrajada apenas dos décadas después con la Segunda Guerra Mundial y cuyos rescoldos aún laten en geografías como los Balcanes o el Báltico—, en La Orotava el deseo de concordia quedó inmortalizado en la piedra y el trazado urbano.

Desde los alborear del siglo XX, este enclave constituyó un auténtico nudo vertebral para las comunicaciones del municipio, cruzada por vías históricas como la calle Calvario, La Sidrona (hoy Obispo Benítez de Lugo), el paseo de Quiquirá (actual Domínguez Afonso) y la carretera del Pinito en su ruta hacia la Cuesta de la Villa.

Sin embargo, el proyecto para erigir la plaza, ideado por don Juan Ruiz Benítez de Lugo, hubo de esquivar serios escollos. Al siempre omnipresente problema de la escasez de arcas municipales se sumó un dilema técnico y patrimonial: la presencia de la antigua ermita del Calvario, un humilde templo levantado en el siglo XVII. Tras su derribo en 1914, la estructura fue sustituida por la actual capilla neogótica, proyectada por el arquitecto Mariano Estanga y emplazada con delicadeza sobre una terraza tangencial al círculo de la plaza.

Acompañada por apenas media docena de viviendas erigidas en sus inmediaciones, la capilla terminó por delimitar el perímetro de la plaza. El conjunto erigió así un catálogo de coherencia estética dentro del eclecticismo arquitectónico de principios de siglo, configurando una estampa urbana de una armonía singular en el panorama canario.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



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