En una fotografía rescatada de los años
cincuenta del pasado siglo —expuesta con celo por el Grupo Cultural «La Escalera»
de la Villa de La Orotava— la mirada discurre de norte a sur para contemplar
una fisonomía urbana que, milagrosamente, aún preserva los trazos de su entorno
original.
Para
comprender el alma de este enclave hay que acudir a las páginas del libro La Orotava: sus calles, su historia,
obra del docente y amigo villero Juan J. Martínez Sánchez, escrita con la
colaboración de Sebastián Gutiérrez Delgado, profesor titular de Historia del
Arte en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. En sus páginas se rescata
la génesis de un espacio cuyo nombre nació como un anhelo de concordia
internacional.
Fue el 19 de diciembre de 1918 cuando la
Corporación municipal aprobó la propuesta del alcalde, don Juan Cullen y
Machado, de bautizar el recinto como Plaza
de La Paz. La moción buscaba «condenar eternamente el hecho mil veces
salvaje de la guerra, de este azote que envilece a la Humanidad», en un eco
directo del fin de la Primera Guerra Mundial. Aquel conflicto, sellado en 1919
mediante el Tratado de Versalles y los acuerdos inspirados en los Catorce Puntos del presidente
estadounidense Woodrow Wilson, redibujó el mapa del mundo con la caída de
viejos imperios y el nacimiento de nuevas naciones. Si bien la historia
terminaría por demostrar la fragilidad de aquella concordia —resquebrajada
apenas dos décadas después con la Segunda Guerra Mundial y cuyos rescoldos aún
laten en geografías como los Balcanes o el Báltico—, en La Orotava el deseo de
concordia quedó inmortalizado en la piedra y el trazado urbano.
Desde
los alborear del siglo XX, este enclave constituyó un auténtico nudo vertebral
para las comunicaciones del municipio, cruzada por vías históricas como la
calle Calvario, La Sidrona (hoy Obispo Benítez de Lugo), el paseo de Quiquirá
(actual Domínguez Afonso) y la carretera del Pinito en su ruta hacia la Cuesta
de la Villa.
Sin
embargo, el proyecto para erigir la plaza, ideado por don Juan Ruiz Benítez de
Lugo, hubo de esquivar serios escollos. Al siempre omnipresente problema de la
escasez de arcas municipales se sumó un dilema técnico y patrimonial: la
presencia de la antigua ermita del Calvario, un humilde templo levantado en el
siglo XVII. Tras su derribo en 1914, la estructura fue sustituida por la actual
capilla neogótica, proyectada por el arquitecto Mariano Estanga y emplazada con
delicadeza sobre una terraza tangencial al círculo de la plaza.
Acompañada
por apenas media docena de viviendas erigidas en sus inmediaciones, la capilla
terminó por delimitar el perímetro de la plaza. El conjunto erigió así un
catálogo de coherencia estética dentro del eclecticismo arquitectónico de
principios de siglo, configurando una estampa urbana de una armonía singular en
el panorama canario.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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