lunes, 27 de noviembre de 2017

LA VILLA DE ARRIBA (II)



Según nos cuenta el amigo y compañero de docencia en el IES La Orotava Manuel González Pérez en San Antonio; AGAPITO DE CRUZ FRANCO en la página 42 de su libro, “La Orotava, Currículum Vitae: “…La Villa de Arriba tiene sus  orígenes en la primitiva ermita de San Juan, que se remontan a 1608. Los terrenos se donan en 1606, cuando el Alférez Mayor de la isla, Francisco de Valcárcel, cede un solar a la cofradía de labradores con esa misma advocación. Ermita pública, no privada, que se construye a lo largo de los siglos con dinero de los vecinos. Mano de obra gratuita, colectividades que sostienen el culto y donan sus bienes a la parroquia. Una realidad que contrasta con la fiebre de actas de propiedad por las que, en lugar de usufructuarlos, la jerarquía episcopal se ha apropiado a lo largo y ancho del Estado español de estos lugares que corresponden realmente al pueblo. De esta primitiva planta queda su portada, que se corresponde con la trasera del templo cuando durante breve tiempo albergó a los frailes agustinos, quienes terminarían yéndose para levantar más tarde el convento de San Agustín en el Llano de San Roque, al ser –en este último caso– apoyados económicamente por las clases altas de la Villa. Se convierte en parroquia en 1681 tras una larga lucha por los límites con la iglesia de Ntra. Sra. de La Concepción, –de la que terminaría segregándose– y que quedaron fijados en la calle Cantillo.
En la iglesia de San Juan surgen las primeras hermandades como la del Santísimo. Las cofradías eran populares, al contrario que las hermandades, más restringidas y para gente privilegiada. Fue un lugar de enterramiento hasta 1830 cuando se crea el cementerio de La Orotava.
Sus vecinos son protagonistas en las luchas del siglo XIX entre liberales y absolutistas. Entre las clases bajas y medias de la Villa de Arriba y las acomodadas que vivían en la parte baja de La Orotava. Recuerdo de esta época es la placa: “Plaza de San Juan Bautista y de la Unión” que puede verse en la fachada del Templo.
Aún así, la importancia social y municipal de San Juan de El Farrobo y, por extensión, de la Villa de Arriba de La Orotava, es enorme y de primerísimo orden. Su filosofía comunitaria ha dotado de una impronta especial a este enclave. Hay comunidad en sus celebraciones religiosas y en sus casas humildes. Hay un sentimiento comunitario en sus alfombras del Corpus. En cada esquina, en cada rendija, en cada rostro. En sus chabocos mudos de agua, en sus viejas y desaparecidas canales, en cada ingenio perdido, en los “sitios” (espacios agrarios entre las casas) que a duras penas sobreviven al cemento.
En cada uno de esos años cuyos protagonistas siguen palpitando aún en el corazón mismo de sus calles empedradas y empinadas. Cambian los tiempos, pero las campanas de San Juan siguen tañendo y diciéndonos que aquí, y frente a cualquier forma moderna de aristocracia, sigue viviendo un pueblo que se basta a sí mismo y que lleva en sus genes el alma de los campesinos de antaño…”
Caminando por la medular de esta zona del sur de la Villa de La Orotava, por sus calles pinas, siempre recordando que fue tierra del proletariado orotavense, del gremio por orígenes.
Capté imágenes, que no pude culminar como hubiese querido, puesto que me encontré con dos obstáculos: 1º. La cantidad de automóviles estacionados en sus calles. Y 2º. Los garrotes con los colores del Real Betis Balompié, pasos de peatones con los  del Atlético de Madrid y las líneas amarillentas que marcan las prohibiciones de aparcamientos en todas las calles de Arriba, sobre todo en doble filas por ser aceras provisionales en las históricas calles de Zacarías y Pescote, así como la poca iluminación, me impidieron dar la calidad que La Villa de Arriba por su historia se le merece.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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