sábado, 25 de noviembre de 2017

PLAYA JARDÍN Y EL BARRIO PORTUENSE DE PUNTA BRAVA: LO QUE VA DE AYER A HOY (I)



El amigo del Puerto de la Cruz; AGUSTÍN ARMAS HERNÁNDEZ, remitió entonces (24/11/2017) estas notas: “…CUATRO pequeñas playas, claramente definidas, existían entre el castillo de San Felipe y Punta Brava, antes de la remoción para convertirlas en una sola, llamada en la actualidad «Playa jardín». Dichas playas, que estaban separadas por lenguas rocosas de origen volcánico, eran conocidas popularmente por los nombres siguientes: «Playa del Castillo», «La Lajeta», «de la Arena o Grande» y «Playa Chica», esta última lindando con el caserío del pintoresco y ahora también populoso barrio portuense de Punta Brava.
En los años de mi niñez y aun en los de mi juventud, el Puerto de la Cruz no había dado el salto cuantitativo y cualitativo, en cuanto a las construcciones hoteleras y movimiento turístico actual.
Allá por la década de los años cincuenta, la hoy primera Ciudad turística de Canarias era sólo un pueblecito de lo más lindo y tranquilo que mente humana pueda concebir.
 Estacionario en el tiempo, y de un encanto y belleza sin par, signado por Dios con el mejor clima del mundo: tibieza de sol en invierno, y en verano atenuación de los rayos solares a través de las cerradoras nubes, llamadas en nuestro lar «panza de burro».
Pues bien, en aquellos años el núcleo poblacional portuense terminaba por el poniente (NO), donde precisamente confluyen las calles de San Felipe y Mequinez. A partir de ahí, una carretera, ancha, solitaria, triste y polvorienta, conducía al Campo Santo. A su margen izquierda sólo platanales y a la derecha El Peñón del Fraile, seguido del campo de fútbol. El último tramo de esta vía estaba cubierto de un frondoso y tupido palmeral, que aún hacía el lugar más tenebroso y tétrico. Dicho camino desembocaba en una explanada circunvalada, también de palmeras, que a su vez protegía una gruesa muralla tipo fortaleza. La llanura servía de esparcimiento a las personas que acudían al cementerio a poner flores en los nichos de sus seres queridos y a los que acompañaban a los difuntos a su última morada. También fue, en su día, unión y nexo entre el Castillo de San Felipe, polvorín de mismo y cementerio. La zona que nos ocupa fue renovada hace algunos años. Vestigios del lugar, que aún quedan en pie, son los siguientes: El Castillo, el polvorín y el cementerio. Y, como testigos de aquella carretera, el Peñón y el campo de fútbol. Todo lo demás pasó a mejor vida. No obstante, no concluía en el citado lugar la polvorienta carretera, sino que, aquel que fuera estrecho pasadizo entre el polvorín y el Castillo, se acondicionó más tarde, para enlazar el pueblo con el caserío que se formó sobre las rocas volcánicas de Punta Brava. Unos cien metros distaban y distan, (pues como dije no han desaparecido) el Castillo del polvorín y de la puerta principal del cementerio. Pasar ese corto tramo de estrecho camino, guarnecido de alta pared y grueso muro fortaleza, en mi niñez, me hacía temblar de miedo de día, puesto que, de noche no solamente yo, sino muchas otras personas, incluso mayores, por muy osados que fuesen, no se comprometían a pasarlo sin que alguien les acompañara.
En ángulo recto terminaba la alta y blanca pared que separaba el Campo Santo del solitario camino que terminaba justo frente a la puerta principal de dicha fortificación. Y... ¿por qué motivo se tenía tanto miedo al pasar por ese camino lindante con el cementerio, de cuya blanca pared asomaban algunas cruces, y que tanto respeto imponían, incluso en noches de luna llena? Pues por eso: por estar alejado del casco urbano y estar allí ubicado el cementerio. No obstante, el primordial motivo, aparte de la poca luz que había en el lugar, eran las historietas que nos solían contar, acerca de las bromas que hacían grupos de amigos a determinadas personas al cruzar dicha carretera, hacia o desde Punta Brava. Dejando al margen las más groseras, veamos un par de ellas que no rozan el mal gusto: una noche de clara luna veraniega, por más señas, al filo de las doce, un ciudadano de Punta Brava sintió la necesidad de acercarse a la farmacia más cercana. En aquel entonces era la de don Juan Ruiz, ubicada en la calle San Felipe. Para llegar a la misma tenía que caminar un par de Kilómetros, distancia aproximada, que existía y existe (puesto que aún están en pie barrio y farmacia) desde dicho caserío portuense al centro urbano, donde estaba instalada la arraigada botica. Más, la enfermedad repentina de su Sra. esposa lo hacía necesario. Por lo tanto se dispuso a caminar para solucionarlo lo más pronto posible. Había caminado unos quince minutos cuando llegaba frente a la estratégica fortaleza de San Felipe. Cuando se disponía a adentrarse en la angosta y desagradable carretera, que lindaba con el cementerio, sonaba la primera campanada de las doce de la noche, dadas por el reloj de la iglesia de la Peña de Francia. Caminaba observando las cruces que sobresalían de la pared del Campo Santo, cuando: coincidiendo con la última campanada de las doce en el lejano reloj, se asomó una persona cubierta con blanca tela, que, con profunda voz y pausadamente le dice: Don...de...vas...; él brincó y la carrera que emprendió fue tan grande que vino a coger resuello llegado a la Plaza del Charco. En su loca huida ni si quiera se percató de que se cruzaba con otras personas que, en aquel momento, habían salido del cine Olimpia y se dirigían a sus respectivos domicilios, algunos de ellos vecinos suyos. Tal era la velocidad de aquel «bulto» que se cruzó con los viandantes, que no supieron apreciar si se trataba de una persona, que corría, o de una bala de cañón disparada desde el vetusto y veterano Castillo. Lo que sí se supo al día siguiente, pues la chanza ocurrida ocasionó una gran fiesta en el Puerto de la Cruz, fue que la broma se la había gastado un compañero de trabajo, vecino también de Punta Brava, ambos trabajadores de una empresa platanera. Veamos los detalles:
Aquel día, el protagonista de tal ocurrencia, después de haber terminado su jornada diaria, decidió quedarse en la Plaza del Charco hablando con unos conocidos, mientras que, su compañero de trabajo, el que sería más tarde víctima de la broma, regresaba a su hogar. Determinó después de la conversación con los conocidos a los cuales no veía desde hacía mucho tiempo, entrar al Cinema Olimpia, donde se proyectaba  una película de Jorge Negrete. El sujeto del relato llevaba colgado de la mano un cesto, donde diariamente portaba la comida que su esposa le preparaba con gran esmero, el cual cubría con un paño blanco que le servía, a la hora de comer, de mantel. Antes de terminar la película decidió salir del cine, puesto que aquel film no le resultaba del todo interesante. Por lo tanto, se dirigió hacia Punta Brava, donde, como su compañero de trabajo, tenía su casa. Al llegar a la esquina donde terminaba el cementerio recoció, a lo lejos, a su vecino y amigo que venía a adquirir el medicamento para su esposa. No fue difícil reconocerlo, puesto que siempre llevaba puesto un sombrero de especial característica. Inmediatamente lo vio, retrocedió, saltó la tapia del Campo Santo y esperó a que pasara cubriéndose la cabeza y parte del cuerpo con el paño blanco con que su esposa le tapaba la cesta del almuerzo.
De la otra chanza de similares consecuencias, que la precedente, fueron protagonistas dos vecinos de este mismo Puerto de la Cruz. Helos a continuación: D. Antonio González Abrante («Pinga Negra») y D. Luis Martín González («El Burra»), personaje, (este último,) que en aquel entonces moraba con su familia en el polvorín del Castillo antes mencionado. Ambos ahora fallecidos (q.e.p.d.). Pues bien, regresaba de su trabajo D. Antonio González, el cual ejercía su profesión en una panadería de Punta Brava. Aquel día se le complicaron las cosas y salió de su ocupación a una hora desacostumbrada. En ese momento su reloj marcaba las once y media de la noche. Sin más dilación se dirigió a su casa acompañado de su hijo, muchacho de corta edad, que con apego, siempre le acompañaba a donde fuera. Su domicilio habitual estaba en la calle Pérez Zamora, muy cerca del barrio ranillero de pescadores. Por lo tanto, el llegar a su casa le llevaría unos veinte minutos, tiempo que ya había controlado en varias ocasiones. Tenía que regresar por fuerza mayor, como tantas otras veces, por el único enlace que existía entre Punta Brava y el centro del pueblo, es decir, por aquella carretera, ya descrita, árida y angosta, que, serpenteante, en su recta final pasaba junto al cementerio. Aquella noche en que don Antonio regresaba a su casa era aterradora: oscura, fría y hasta lluviosa.
Caminaba deprisa para llegar pronto a su domicilio, cuando he aquí que, al rebasar la tenebrosa esquina del Campo Santo, le sale de sopetón una persona cubierta con sombrero y gruesa manta, tipo esperancera que, con ronca voz le dice: ¡dame fuego! De muerte fue el susto que se llevaron, tanto el padre como el niño, y, de tal magnitud el salto que dio el pequeño para agarrarse al cuello de su padre, hombre alto y corpulento, que al relatarlo, al día siguiente, pocos lo creían, no obstante ser cierto.
Al amanecer de aquel día, cuando se comentó lo ocurrido, se supo lo siguiente: que D. Luis Martín era un hombre que padecía de asma, y al sentirse enfermo salió, incluso con noche fría y tormentosa, a buscar al cercano barranco de San Felipe la flor de la magnolia. Flor que liándola como un cigarrillo, y, aspirando su humo, alivia dicha enfermedad. Pues bien, regresado ya a su casa, y liado el cigarrillo, se dio cuenta D. Luis de que no tenía fósforos para encenderlo. Debido a este imprevisto, decidió salir de nuevo a la calle a esperar a que alguien pasara para pedirle fuego, cosa que hizo esperando detrás de la esquina del cementerio, don-de se protegía del fuerte y gélido viento, que soplaba del cercano océano Atlántico, lugar donde se consumó el hecho relatado, cuyo protagonista fue el susodicho D. Luis que, sin intencionalidad alguna, dio tremendo susto, tanto a D. Antonio como a su vástago. Hoy, este camino de Punta Brava es un delicioso paseo, frecuentado por propios y extraños a cualquier hora del día o de la noche, dado su acondicionamiento y luminosidad. (Continuará).■…”

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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