viernes, 18 de agosto de 2017

REUNIÓN EN MADRID EN EL TIEMPO



                             


Hay imágenes que contienen la geografía entera de una vida. Detrás de la FAST, esa cooperativa que en 2014 alcanzó el siglo de existencia, late una crónica de despachos colonizados por el acento canario en la Península Ibérica. Madrid era el epicentro de aquel engranaje comercial que distribuía el tesoro de nuestras huertas por toda la geografía española.

Hasta allí viajó en 1943 mi tío Enrique Abréu González, un empleado meticuloso de la delegación de La Orotava cuyo porvenir cambió de rumbo al cruzar el Atlántico. En la capital castellana no solo defendió los intereses de los agricultores norteños; también encontró el amor en los ojos de Esperanza Rodríguez Fernández. Aquel matrimonio reescribió sus mapas y los trasladó al norte peninsular, a Vigo, donde Enrique se convirtió en el guardián de las frutas que arribaban al puerto gallego.

Sin embargo, el invierno siempre propiciaba el regreso. Anualmente, los jefes de las distintas sucursales peninsulares viajaban a Madrid para unificar criterios y balances. La instantánea de 1950 fija uno de esos momentos detenidos en el tiempo. Presidiendo el centro de la escena se encuentra mi tío Enrique junto a su hijo, mi primo «Quique». Como un guardián silencioso de la identidad villera, al fondo se recorta la silueta de don Antonio Herreros, el paisano orotavense que gobernaba la central madrileña. Una estampa en blanco y negro que nos recuerda que la FAST fue, ante todo, una gran familia extendida por el mundo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL



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