Hay
imágenes que contienen la geografía entera de una vida. Detrás de la FAST, esa
cooperativa que en 2014 alcanzó el siglo de existencia, late una crónica de
despachos colonizados por el acento canario en la Península Ibérica. Madrid era
el epicentro de aquel engranaje comercial que distribuía el tesoro de nuestras
huertas por toda la geografía española.
Hasta
allí viajó en 1943 mi tío Enrique Abréu González, un empleado meticuloso de la
delegación de La Orotava cuyo porvenir cambió de rumbo al cruzar el Atlántico.
En la capital castellana no solo defendió los intereses de los agricultores
norteños; también encontró el amor en los ojos de Esperanza Rodríguez
Fernández. Aquel matrimonio reescribió sus mapas y los trasladó al norte
peninsular, a Vigo, donde Enrique se convirtió en el guardián de las frutas que
arribaban al puerto gallego.
Sin
embargo, el invierno siempre propiciaba el regreso. Anualmente, los jefes de
las distintas sucursales peninsulares viajaban a Madrid para unificar criterios
y balances. La instantánea de 1950 fija uno de esos momentos detenidos en el
tiempo. Presidiendo el centro de la escena se encuentra mi tío Enrique junto a
su hijo, mi primo «Quique». Como un guardián silencioso de la identidad
villera, al fondo se recorta la silueta de don Antonio Herreros, el paisano
orotavense que gobernaba la central madrileña. Una estampa en blanco y negro
que nos recuerda que la FAST fue, ante todo, una gran familia extendida por el
mundo.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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