El amigo de Tacoronte; NICOLÁS PÉREZ GARCÍA.
Remitió entonces (10/03/2015) estas notas que tituló; “TACORONTE
SEMANA SANTA, CRÓNICA Y APUNTES HISTÓRICOS”: “…Un antiguo testigo de la Semana Santa
de Tacoronte es la Calle del Calvario, la primera que abrió senda en el lugar
desde comienzos del siglo XVI, cuyo punto de partida fue la primitiva ermita de
Santa Catalina construida en el primer decenio, entorno en el que se asentaron
los primeros pobladores después de conquistado el pueblo guanche. Aquel camino
se trazó para enlazar con la Ciudad (La Laguna), y más tarde con el vecino
pueblo de El Sauzal. Fue la vía más importante de Tacoronte hasta mediados del siglo
XIX, quizá en aquellos tiempos la más larga de la Isla, y se conoció con estos
nombres: la Calle, la calle que va a la Ciudad, barrio del Calvario, calle real
del Calvario. Un testimonio inequívoco de su nombre son las cruces de madera
que jalonan todo el recorrido hasta el Calvario propiamente dicho, éste en un
recinto de unos 700 metros cuadrados
emplazado frente a la centenaria Alhóndiga que sigue indemne desde el año 1685.
Se menciona este calvario desde finales del siglo XVII, punto de descanso de las
procesiones.
El Calvario de Tacoronte, tildado de
romántico por algunos poetas, ofrece una estampa remozada después de su
rehabilitación en 1996, y forma parte de uno de los rincones históricos y
tradicionales más emblemáticos de la ciudad. A su vera vivió el pintor Óscar
Domínguez (1906-1957), genio indiscutible de la vanguardia surrealista, arte
carismático y controvertido que forjó bajo su óptica peculiar en los
andurriales parisinos de Montmartre y Montparnasse, y en sus inmediaciones
nacieron los hermanos Elfidio (1905-2001) y María Rosa Alonso Rodríguez
(11-12-1909). En torno al Calvario, el maestro nacional Francisco Delgado
Herrera en su otra faceta de músico y compositor, llevó al pentagrama la
partitura Calvario de Tacoronte, estrenada en Alemania en 1936 y posteriormente
en Santa Cruz de Tenerife bajo la dirección del maestro Santiago Sabina. Era
coetáneo de Abel Bonnet Reverón, ambos nacidos en 1875, que por la década de
1920 ejercían su magisterio en las escuelas graduadas de Tacoronte ubicadas en
los bajos del Consistorio, antiguo convento de San Agustín.
La semana grande de los cristianos es
acogida en Tacoronte con sobriedad y solemnidad, tal como requiere un evento
pleno de sentimiento profundo y de recordación, ajeno a la crepitación mundana.
Las celebraciones se mueven en medio del espacio austero y apacible marcado por
las dos iglesias principales, entre parajes vinculados a la historia y a la
tradición. Los actos litúrgicos más importantes se celebran en la iglesia de
Santa Catalina, bello templo y joya arquitectónica que encierra entre sus
paredes un auténtico museo sacro. Desde aquí parten todas las procesiones
excepto la del Domingo de Ramos que sale por la tarde con el Cristo de los
Dolores y la Virgen de la Soledad, cuyo primer antecedente lo encontramos en el
año 1902.
Siempre fue un día significativo y de
gran devoción la procesión del Cristo desclavado el Domingo de Ramos, la
primera salida de la talla en el año, Conocida desde antiguo como Procesión de
las Promesas por la actitud oferente de los feligreses, que no vienen a una
fiesta propiamente dicha, sino a acompañar con velas y silencio el peregrinar
de la imagen de su devoción. A esta celebración ha contribuido en mucho la
Hermandad del Cristo de los Dolores, recuperada en 1991 bajo la mano de un
ferviente seguidor y cargador de la efigie, don Antonio Dávila Dorta.
Para muchos parroquianos de Tacoronte no
es posible celebrar la Semana Santa si no existe un sentimiento de fraternidad
con los demás; no es una fiesta para el lucimiento material como otras. Es una
conmemoración que nos hace mirar hacia nuestro interior para descubrir muchas
cosas, para reflexionar de qué manera malgastamos el gran potencial de valores
que alberga nuestro ser. Nos cuesta mucho entender que estas cualidades ocultas
son las que enriquecen nuestra personalidad si con ellas contribuimos al bien.
Llevamos años viviendo una época de
cambios acelerados. Después de siglos, en unas cuantas décadas la sociedad se
ha visto involucrada en todo tipo de adelantos y también de problemas, y las
crisis vienen a ser el precio de la involución progresista que nos ha traído un
desarrollo en muchos aspectos engañoso. Lo estamos viendo todos los días en la
situación económica que golpea a los más desfavorecidos, en el deterioro del
medio ambiente y en la cantidad de dificultades que afloran por doquier. Parte
de la solución descansa en las políticas y en las leyes, pero la mayor
responsabilidad y compromiso recae en cada uno de los que peregrinamos en esta
sociedad que nos envuelve.
La Semana Santa no es para celebrar la
muerte, sino la vida que construye caminos libres de ataduras. La noche
luminosa del Sábado Santo nos lo dice a través del fuego nuevo ante el pórtico
del templo, luz bendecida que rompe la noche destruyendo la oscuridad por el
triunfo humilde y servicial de Jesucristo, para después cada uno regresar a
casa con una sensación jubilosa y placentera. En este tiempo santo el corazón
responde ante lo que se celebra con un reflejo sincero y auténtico, luego pasan
los días y nuevamente predomina el aspecto volitivo y mundano, lo cual no es
malo si se procede conforme a los buenos principios y enseñanzas de la Iglesia.
En los siglos XVI y XVII no existían
gobiernos que armonizaran un ambiente social justo y coherente, con lo que la
desigualdad de clases era patente y el analfabetismo una realidad que impedía
cualquier progreso moral e intelectual. Por eso, el papel de la Iglesia fue
primordial porque sustituyó de consuno la función de una institución
inexistente, ocupándose de enseñar y fomentar cualidades morales en las
familias, aun cuando para ello tuviera que esgrimir normas de cumplimiento. No
había otro medio y la familia acabó por impregnarse de aquellos valores, y la
comunidad asumió unos principios fundamentales que por transmisión natural ha
generado civilización, la que hoy disfrutamos. Entonces no existía el Estado
sino la Monarquía, demasiado ocupada en conflictos bélicos y escaramuzas
palaciegas.
Los primeros apuntes históricos acerca de
la Semana Santa en esta parte norte de Tenerife tienen reflejo en los años
1543-1544, a
través de los mandatos del obispo de Canaria don Alonso Ruiz de Virués. De su
contenido se desprende claramente la reticencia de los moradores de Tacoronte a
la obligación de acudir a la parroquia de San Pedro de El Sauzal para oír la
misa de los domingos y cumplir con los días de precepto y fiestas de guardar,
así como para recibir los sacramentos. Por entonces la ermita de Santa Catalina
dependía del beneficio de El Sauzal, instituido en 1533 con jurisdicción
eclesiástica en la demarcación de Acentejo, excepto Santa Úrsula; por tanto los
vecinos comarcanos con uso de razón estaban sujetos a tal imposición. La medida
trajo consigo protestas, sobre todo por la distancia y los malos caminos, y así
lo manifestaron en repetidas ocasiones a los visitadores episcopales. La
elección de San Pedro como centro rector de la comarca dio lugar a un enconado
pleito eclesiástico entre los parroquianos de Tacoronte y del Sauzal, litigio
que perduró más de un siglo.
En principio, las demandas de los
tacoronteros obtuvieron una exigua concesión, según se desprende del siguiente
mandato: «[…] e pornos bisto supedimento econstandonos por bista deojos por la
bisitaçion que hiçimos enla dha yglª desanpº. el año pasado (1543) la dha
distançia e beçindad por el mal camino que ay en el ibierno e trabajo deberano
enel tienpo delas sementeras abido (ha habido) Respeto al derecho parroquial
que se debe al venefiçiado de la dha yglª e cura deella nosla perjudiçiado en cosa
alguna bos damos poder por la presente paraque abida informaçion de la
neçesidad de los beçinos e de las otras cosas contenidas en esta Relaçion
podais dar liçençia a los dhos veçinos de tacoronte decapellan quelepodais
probeer detal probision decapellania esacristia paraque lesdiga misa enla dha
ermita desanta Catalina todos los domingos y fiestas quela yglº manda guardar
exçepto enlos primeros dias de las tres pasquas del año y el domingo de Ramos
con toda lasemana Santa e la fiesta decorpus cristi […]» (Alonso Ruiz de
Virués, obispo de Canaria, 29 de abril de 1544).
Traduciendo esta parte del relato, los
vecinos de Tacoronte consiguen un clérigo que les diga misa los domingos y
ciertos días de precepto en la ermita de Santa Catalina, de manera que
cumpliendo este mandato evitan desplazarse a El Sauzal, lo que todavía es muy
poco ya que para lo demás siguen estando obligados con la parroquia de San
Pedro, cuyo cura beneficiado en esta época es Sebastián Piloto. El siguiente
párrafo del mismo mandato es terminante: «[…] y entodolo demas los dhos veçinos
detacoronte guarden con el dho venefiçiado eiglesia desanpº del Sauçal
todoloque pareçiere preheminençia parroquial es debido e contribuian enlos
Repartimientos delafabrica deladha yglª juntamente con los otros parroquianos
[…]»
En 1558, los vecinos de Tacoronte
volvieron a sus reivindicaciones con motivo de la visita del obispo don Diego
Deza, consiguiendo nuevas concesiones aunque insuficientes para sus
aspiraciones de plena autonomía parroquial: «y ten mando su Reberendissima
señoria que los dhos beçinos estantes y moradores detacoronte sean obligados
air e bayan amisa ala dha yglª desanpº. su parroquia laspasquas del año la
fiesta de corpus cristi y desanpº y el primer dia de quaresma y el domingo de
Ramos el juebes y biernes Santo de ençerrar y desençerrar del Señor lo qual les
manda sopena deexcomunion mayor[i]»
«[…] que el dia de todos Santos y de los
finados el dho venefiçiado del Sauçal les haga deçir misa entacoronte y ponga y
pague a quien la diga pues a de llebar las ofrendas donde no el dho capellan
diga las dhas misas y aya y llebe las dhas ofrendas»
En el ecuador del siglo XVI el lugar de
Tacoronte tendría una población aproximada entre 300 y 350 habitantes,
agrupados en los alrededores de Santa Catalina. El papel de la Iglesia fue
determinante en la dinámica religiosa y social del incipiente vecindario, pues
aunque el clero ejercía su predominio en el pueblo, también propiciaba el orden
moral que requería toda familia, ya que en caso contrario la situación de
ignorancia y analfabetismo podría desembocar en actitudes de anarquismo y
escándalo en las relaciones de unos con otros, en comportamientos indeseables y
poco menos que tribales. La Iglesia juzgaba esencial dictar normas de conducta
para lograr conciencias tranquilas, y el modo de hacerlo en aquel tiempo descansaba
en los preceptos religiosos y en el temor del poder divino para contener
cualquier desafuero. Viviendo en un medio aislado el único conocimiento del
exterior provenía principalmente de las visitas periódicas de los mandatarios
episcopales, vicarios o el propio prelado, por lo regular quinquenales, los
cuales se hacían acompañar de una especie de notario apostólico para escribir
la carta de la visita con los mandatos de obligado cumplimiento.
El mandato religioso más extenso e
importante fue el promulgado con fecha 4 de julio de 1602 por el doctor don
Francisco Martínez Ceniceros, obispo de Canaria; una suerte de constitución a
tenor del contenido y pormenor de mandas y ordenanzas sobre todos los aspectos
religiosos, sociales y morales, todo ello siguiendo los predicados del Concilio
de Trento[ii].
En este tiempo la población de Tacoronte podría alcanzar el millar de
habitantes, y ya estaba construida una segunda ermita, la de San Sebastián, que
después de unos 75 años en pie sería derruida para servir de solar y cimiento
al Santuario del Cristo de los Dolores, edificado a partir de 1664. Se colige
por tanto que el primigenio núcleo poblacional de Santa Catalina se expande
hacia los aledaños de la hoy conocida plaza del Cristo, convertida a la postre
en el centro cívico del término.
Abundan referencias respecto a la Semana
Santa y a la observación rigurosa de todos los requisitos inherentes a ella,
con obligación de confesar y comulgar por este tiempo santo, para lo que se
llevaba un estricto control. Los que no cumplieran con este requisito eran
compelidos a ello, y en todo caso se les permitía hacerlo en último extremo el
domingo de Cuasimodo, que así se denominaba el primer domingo después de Pascua
de Resurrección, y en caso contrario se incurría en censuras u otras penas
pecuniarias, recayendo éstas en los propios feligreses o en sus padres, amos o
tutores.
En cuanto a la actitud que se debía
adoptar dentro del templo: «Otrosi mandamos quela comunion q ande (que han de)
haçer losdhos feligreses por semana santa opasqua derresuReçion quando estan
obligados a cunplir con el preçepto se haga con mucha Reberençia y con espaçio
demanera que no aya trulla (bulla, ruido) ni inquietud y los curas y
venefiçiados tengan mucho cuydado en esto sopena de que seran castigados conforme asu culpa»
Los religiosos y parroquianos de Santa
Catalina no habían dejado de insistir en sus aspiraciones de contar con
parroquia propia y total autonomía para desligarse del beneficio de San Pedro
de El Sauzal. Y consiguieron su propósito a comienzos del seiscientos según
noticias facilitadas por el licenciado José Antonio Fernández de Ocampo
(1717-1790), cura párroco del pueblo en la segunda mitad del siglo XVIII, a
raíz de sus indagaciones sobre los antiguos libros de visitas. Al respecto
veamos una de sus anotaciones de 1781: «Estos mandatos que hiso el Yltmº Señor
Dn Francº Martines obpô de estas Yslas en el año de mil seisientos y dos se
pusieron enel mismo año; y en el año demil Seisientos y quatro que fue se
separo esta (ermita de Santa Catalina) dela del Sausal poniendo en ella cura
propio porque hasta alli la servia el Benefisiado de dho Sausal segun lo
manifiestan los libros de bautismo y Casamientos hechos por dho Cura que es con
lo que puede probarse, porque aunque al folio 87 deeste libro se halla un
mandamiento por el que parece que dho Yltmº Señor Dn francº Martines separo esta Parroquia
deladel Sausal poniendo enella Cura propio que ladmenistrase a sus vesinos
mandando que ellos lo tubiesen como tal por ante Baltasar hernz notario publico
en vista del pleito que se siguio: este tal Notario ni supo haser tal
mandamiento, ni sepuso fecha»
El testimonio no ofrece dudas. Fue el
obispo Francisco Martínez Cenicero el que determinó la independencia o
autonomía de la parroquia de Santa Catalina, quedando desvinculada del
beneficio de San Pedro de El Sauzal, aunque el litigio que tuvo su inicio a
mitad del siglo XVI entre las dos iglesias vecinas perduró hasta finales del
siglo XVII, incluso más allá, por cuestiones de competencia y jurisdicción
eclesial entre los religiosos y vecinos de ambos lugares. Entonces, desde 1604
el primer cura propio de Santa Catalina fue el licenciado Baltasar Díaz Llanos,
y se dice en un mandato del provisor del obispado, doctor Gaspar Rodríguez del
Castillo en su visita del 11 de agosto de 1609, que dicho cura y el de El
Sauzal (licenciado Aldán) habían hecho un concierto estipulando las
delimitaciones de cada uno.
Efectivamente, un mes más tarde el mismo
provisor lo deja bien claro en cuanto a la independencia de la parroquia de
Tacoronte: «Por Parte de los Vzos del lugar detacoronte fue Pedido se les
diesse cura enel dho lugr detacoronte con congrua sustentaçion (renta del
ordenado in sacris) A costa delos benefiçiados desta dha çiudad y les
desobligase susª de yr a cunplir con los preçeptos de la ygleçia y dibinos
ofiçios A el lugr e ygleçia del sausal […] E Presentada la dha Petiçion SuSª
mando que Atento que los Vesinos de tacoronte tienen cura e ygleçia conpetente
por estar el Santo Sacramento en ella y la ygleçia del Sausal es pequeña y no
caber en ella toda la gente que biniendo todos los dhos vezinos Ala ygleçia de
Tacoronte A oyr los dibinos ofiçios y Hazer las demas cossas de Parro quianos
no esten obligados ayr ala del Sausal a oyr los dhos dibinos oficios y que el
cura deste lugar de tacoronte los tenga por sus Parro quianos y como tales los
haga cunplir con sus obligaçiones detales Parro quianos y ellos esten obligados
A cunplir con la dha ygleçia sin ser nessº que bayan ala dha ygleçia del Sausal
Atento a la concordia y conformidad que queda ya dha entre el dho beneficiado
del sausal y cura de tacoronte para que sienpre conste del» (Visita 27 de
septiembre de 1609. firmado: el obispo de Canaria, y el notario apostólico
Baltasar Hernández. Después de las firmas consta la nota: “elebese Por mdº de
SuSª el Proçeso original desta causa a la ysla de Canª”).
Como se puede apreciar, la ermita de
Santa Catalina se convierte en parroquia con su primer cura propio, el
licenciado Baltasar Díaz Llanos, que estuvo en el cargo desde 1604 hasta 1612,
pasando luego al beneficio parroquial de Icod.
Muchos desconocen que las fechas de la
Semana Santa se remontan al siglo IV de la era cristiana, que son las que
subsisten en la actualidad. Fue decisión del Concilio de Nicea celebrado en el
año 325 que la Pascua se celebrase el primer domingo después del plenilunio o
luna llena que sigue al equinoccio vernal o de primavera (21 de marzo), que
viene a ser el Domingo de Resurrección. Por tanto, esta celebración conocida también
como Pascua Florida, no puede ser anterior al 22 de marzo ni posterior al 25 de
abril. En nuestro año 2010, la luna llena que sigue al comienzo de la primavera
cae el 30 de marzo, que coincide con el Martes Santo, y la semana concluye el 4
de abril (Pascua de Resurrección). Conocido este dato y retrocediendo 40 días
sin contar los de la Semana de Pasión, hallamos el Miércoles de Ceniza,
comienzo de la Cuaresma.
Como se ve, el calendario lunar es la
clave para fijar estas celebraciones fieles a la tradición, además de otras
como el martes de Carnaval, Corpus Christi y demás. Los astros evolucionan con
precisión matemática, sin duda al compás de un reloj cosmológico que la ciencia
se esfuerza en emular, pero una cosa es el tiempo sideral y otra cosa es la
división cronológica hecha por el hombre para acomodar sus actividades y
adaptarse a los ritmos marcados por la naturaleza. A veces el humano se empeña
en trastocar estos planes, y efectivamente alcanza cotas inimaginables, pero
aún así la inmensidad del espacio sidéreo no da tregua a los retos más
sofisticados. Sencillamente porque la Naturaleza es la expresión torrencial de
vida inextinguible que se expande en un infinito inalcanzable. Pensemos en
quién puede manejar estos hilos.
NOTA: 1 En la época de que se trata, la
Excomunión constituía la más grave censura eclesiástica. Excomunión mayor:
total exclusión de la Iglesia y del trato con sus miembros. Excomunión menor:
exclusión de los Sacramentos y de los beneficios de ellos derivados, siendo la
excepción el Bautismo, que no se podía denegar en ningún caso. La Excomunión se
consideraba una medida para disciplinar, corregir y proteger espiritualmente a
los buenos fieles de la Iglesia. Los penados podían ser absueltos plenamente
cumpliendo las premisas impuestas.
2 El Concilio de Trento tuvo lugar en
tres períodos entre 1545 y 1563, uno de los más importantes de la Iglesia
Católica y que tuvo toda su validez hasta el Concilio Vaticano I (1869-1870).
La iniciativa partió del papa Paulo III, quien sugería la conveniencia de
definir la doctrina de la Iglesia, eliminar las corrompidas costumbres del
clero y discutir el modo de conjurar la herejía. Se condena a Lutero y sus
doctrinas, a Zwinglio y a Calvino, dando comienzo la llamada Contrarreforma a
raíz de la rebeldía protestante. A partir del Concilio el espíritu de reforma
empezó a extenderse por toda la Iglesia. Los sacerdotes y prelados se
convirtieron en hombres fervorosos, dignos de su santa vocación; el saber y la
cultura permanecieron celosamente leales y disciplinados; el arte, casto y
austero, se enderezaba a servir los altos ideales religiosos; la poesía y la
música se consagraron a cantar la gloria de Dios y servir a la Iglesia.
Abanderada de la Reforma católica o Contrarreforma fue la Compañía de Jesús,
cuya acción, perfectamente adecuada con aquel momento histórico, se dejó sentir
en todos los campos sobresaliendo de manera particular en el de la educación.
La vida eclesial comenzó una gran transformación…”
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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