Evoco la Calle de
San Francisco en el susurro dorado de los años treinta del siglo XX, plasmada en una fotografía donde el
tiempo parece detener su marcha. Aún no vestía la calle su empedrado actual;
eran días de tierra y piedras transitadas por los primeros automóviles de la
época, cuyas siluetas mecánicas desafiaban la quietud colonial. La plaza, tal
como la conocemos hoy, era todavía un sueño sin construir. En su lugar, los
majestuosos plátanos del Líbano
se alzaban como guardianes de madera, abrazando con su sombra una vieja pila
donde el ganado calmaba su sed. Allí mismo, en el sábado radiante de las
Fiestas Mayores Villeras, el suelo se trocaba en santuario para la exposición y
la misa campestre en honor a los Santos Patrones de la Villa: San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza.
Como bien rescatan
los maestros de la memoria local, Juan
José Martínez Sánchez y Jorge
Ángel González Delgado, este rincón es uno de los corazones más
antiguos, económicos y sociales de La Orotava. Por este declive cantarín
corrían las aguas que bajaban de las cumbres, regando la vida del Valle,
saciando al pueblo y haciendo girar con ímpetu los antiguos molinos que
desafían al olvido. La llamada de la fe y la cultura arraigó temprano, en 1519, cuando se fundó el convento de San Lorenzo, faro
espiritual de la orden franciscana.
Aquellos suelos
pertenecieron en el siglo XVI a don
Bartolomé Benítez de Lugo, sobrino del Adelantado, cuya señorial
residencia dominaba el sur de la actual plaza. Con alma de mecenas, cedió a la
Orden de San Francisco el espacio necesario para alzar el cenobio. Tras sus
muros, brotó la urgencia de trazar los caminos de la Villa: se unieron las
calles Carrera y Colegio a través de la propia calle San Francisco, y se abrieron los pasos hacia la Villa de
Arriba por los senderos de Castaño y Salazar. Al este, quedó una explanada
abierta que el tiempo fue cercando con viviendas modestas que aún guardan su
encanto original.
El fuego, trágico y
purificador, hirió el convento el 20 de
abril de 1801. Sobre aquellas cenizas históricas se levantó la actual Iglesia de San Francisco, cuyas obras
concluyeron hacia 1835. Apenas
un año después, en 1836, la Desamortización
de Mendizábal arrebató los bienes a los frailes, transformando el antiguo
recinto sagrado en el Hospital de la
Santísima Trinidad, un remanso que sirvió como asilo de ancianos y casa
cuna.
En los umbrales
donde se abrazan las calles Colegio y Carrera con la plaza, la arquitectura se
hizo poesía en piedra. En la acera este se irguieron las imponentes casas Méndez-Fonseca (la célebre Casa de los
Balcones), esculpida a finales del siglo XVII por el capitán Juan de
Castro con su inolvidable balcón corrido y su riquísimo patio interior, y la
colindante casa Jiménez Franchi,
que entre 1941 y 1953 cobijaría los ecos infantiles del colegio “Farraís”. En la acera oeste,
respondiendo a tanta belleza, se levantó la casa Molina.
El anhelo de
embellecer la plaza y transformarla en el jardín escalonado que hoy admiramos
nació a principios del siglo XX con el impulso de don Antonio Lugo Massieu. Aunque el proyecto de 1939 naufragó por
la escasez de recursos municipales, don Antonio consagró parte de su vida a este
suelo. Sería finalmente en la década de
los cincuenta cuando las obras, guiadas por la mano artística del
arquitecto don Tomás Machado Méndez,
esculpieron su fisonomía actual de graciosos escalonados, fuentes cantarinas y
jardines. Hoy, la plaza logra fundir en noble sobriedad la ostentación señorial
de la Villa con la sencillez del alma popular.
Aunque el templo se
consagró a San Lorenzo —cuya
devoción persistió en el recuerdo con la imagen enramada del santo—, el pueblo
impuso con el alma el nombre de San
Francisco, en honor a los frailes que lo habitaron. De su antigua
biblioteca nos queda el eco de un saber universal: allí descansaban las
palabras de San Agustín, Santo Tomás, manuales de medicina y los textos
prohibidos por la Inquisición de Voltaire y Pascal.
Ya no existe la
primigenia casa de los Benítez de Lugo, con su portada plateresca del siglo
XVI, en cuyo solar industrial brotó entre 1955 y 1970 la fábrica de refrescos “Andomi”. Sin embargo, la esencia de
la calle permanece intacta. El viajero que camina por su acera oeste encuentra
la entrada al camposanto de la Villa; al franquear el umbral del antiguo
Hospital de la Santísima Trinidad, la mirada se eleva y se pierde en una de las
panorámicas más bellas y sobrecogedoras de todo el Valle de La Orotava.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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