viernes, 22 de septiembre de 2017

CALLE SAN FRANCISCO (III)


Evoco la Calle de San Francisco en el susurro dorado de los años treinta del siglo XX, plasmada en una fotografía donde el tiempo parece detener su marcha. Aún no vestía la calle su empedrado actual; eran días de tierra y piedras transitadas por los primeros automóviles de la época, cuyas siluetas mecánicas desafiaban la quietud colonial. La plaza, tal como la conocemos hoy, era todavía un sueño sin construir. En su lugar, los majestuosos plátanos del Líbano se alzaban como guardianes de madera, abrazando con su sombra una vieja pila donde el ganado calmaba su sed. Allí mismo, en el sábado radiante de las Fiestas Mayores Villeras, el suelo se trocaba en santuario para la exposición y la misa campestre en honor a los Santos Patrones de la Villa: San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza.

Como bien rescatan los maestros de la memoria local, Juan José Martínez Sánchez y Jorge Ángel González Delgado, este rincón es uno de los corazones más antiguos, económicos y sociales de La Orotava. Por este declive cantarín corrían las aguas que bajaban de las cumbres, regando la vida del Valle, saciando al pueblo y haciendo girar con ímpetu los antiguos molinos que desafían al olvido. La llamada de la fe y la cultura arraigó temprano, en 1519, cuando se fundó el convento de San Lorenzo, faro espiritual de la orden franciscana.

Aquellos suelos pertenecieron en el siglo XVI a don Bartolomé Benítez de Lugo, sobrino del Adelantado, cuya señorial residencia dominaba el sur de la actual plaza. Con alma de mecenas, cedió a la Orden de San Francisco el espacio necesario para alzar el cenobio. Tras sus muros, brotó la urgencia de trazar los caminos de la Villa: se unieron las calles Carrera y Colegio a través de la propia calle San Francisco, y se abrieron los pasos hacia la Villa de Arriba por los senderos de Castaño y Salazar. Al este, quedó una explanada abierta que el tiempo fue cercando con viviendas modestas que aún guardan su encanto original.

El fuego, trágico y purificador, hirió el convento el 20 de abril de 1801. Sobre aquellas cenizas históricas se levantó la actual Iglesia de San Francisco, cuyas obras concluyeron hacia 1835. Apenas un año después, en 1836, la Desamortización de Mendizábal arrebató los bienes a los frailes, transformando el antiguo recinto sagrado en el Hospital de la Santísima Trinidad, un remanso que sirvió como asilo de ancianos y casa cuna.

En los umbrales donde se abrazan las calles Colegio y Carrera con la plaza, la arquitectura se hizo poesía en piedra. En la acera este se irguieron las imponentes casas Méndez-Fonseca (la célebre Casa de los Balcones), esculpida a finales del siglo XVII por el capitán Juan de Castro con su inolvidable balcón corrido y su riquísimo patio interior, y la colindante casa Jiménez Franchi, que entre 1941 y 1953 cobijaría los ecos infantiles del colegio “Farraís”. En la acera oeste, respondiendo a tanta belleza, se levantó la casa Molina.

El anhelo de embellecer la plaza y transformarla en el jardín escalonado que hoy admiramos nació a principios del siglo XX con el impulso de don Antonio Lugo Massieu. Aunque el proyecto de 1939 naufragó por la escasez de recursos municipales, don Antonio consagró parte de su vida a este suelo. Sería finalmente en la década de los cincuenta cuando las obras, guiadas por la mano artística del arquitecto don Tomás Machado Méndez, esculpieron su fisonomía actual de graciosos escalonados, fuentes cantarinas y jardines. Hoy, la plaza logra fundir en noble sobriedad la ostentación señorial de la Villa con la sencillez del alma popular.

Aunque el templo se consagró a San Lorenzo —cuya devoción persistió en el recuerdo con la imagen enramada del santo—, el pueblo impuso con el alma el nombre de San Francisco, en honor a los frailes que lo habitaron. De su antigua biblioteca nos queda el eco de un saber universal: allí descansaban las palabras de San Agustín, Santo Tomás, manuales de medicina y los textos prohibidos por la Inquisición de Voltaire y Pascal.

Ya no existe la primigenia casa de los Benítez de Lugo, con su portada plateresca del siglo XVI, en cuyo solar industrial brotó entre 1955 y 1970 la fábrica de refrescos “Andomi”. Sin embargo, la esencia de la calle permanece intacta. El viajero que camina por su acera oeste encuentra la entrada al camposanto de la Villa; al franquear el umbral del antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, la mirada se eleva y se pierde en una de las panorámicas más bellas y sobrecogedoras de todo el Valle de La Orotava.

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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