domingo, 24 de septiembre de 2017

MEMORIAS DE LA MADERA Y EL TIEMPO: EL CRISTO DE LA MISERICORDIA DE LA OROTAVA



I. LA MADERA QUE LATE: EL NACIMIENTO DEL CRUCIFICADO

Corría el año 1585 cuando las manos del escultor Rui Díaz de Argumedo desafiaron a la materia para insuflarle un alma de dolor y consuelo. De su gubia nació el Santísimo Cristo de la Misericordia, un crucificado de imponente factura que recordaba, en su trágica y serena silueta, al devoto Cristo de La Laguna. La imagen no nacía solo por el arte, sino por el anhelo de una comunidad: fue un encargo expreso de la Cofradía para habitar el corazón del antiguo Hospital de la Santísima Trinidad, sustituyendo a una talla primigenia que ya había cumplido su tiempo en este plano terrenal.

II. AQUEL LEJANO JUNIO DE PROMESAS Y PIEDAD

La historia de esta devoción hunde sus raíces en la primavera de 1560. Fue precisamente el 11 de junio, el día en que la Iglesia consagra a San Bernabé, cuando el rumor de los rezos y el compromiso social tomaron forma legal. Ante el escribano público Baltasar de Anchieta, un grupo de hombres ilustres —encabezado por el regidor y alcalde Alonso Calderón, junto a los beneficiados de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, Alonso García y Francisco Martín— firmaron las primeras constituciones de la Cofradía de la Santa Vera Cruz y Misericordia en la Villa de La Orotava.

Aquel documento no era un simple legajo de leyes, sino un pacto de amor universal: una promesa de misericordia para los vivos y para los muertos. Las puertas de la hermandad se abrieron de par en par para hombres y mujeres de cualquier condición social. La pobreza no era un obstáculo; los desposeídos eran acogidos con la única condición de entregar como limosna lo que su buen corazón y su humilde bolsillo pudiesen dictar. Así, el hospital se convirtió en un faro de caridad que aliviaba los dolores del cuerpo y aseguraba la dignidad del alma más allá de la muerte.

                    

III. EL LARGO INVIERNO DE LA HERMANDAD Y EL RENACER DE LA FE

El siglo XIX trajo consigo los vientos fríos y racionales de La Ilustración. Con las nuevas corrientes políticas llegaron los cementerios municipales, la secularización del descanso eterno y la gestión pública de la beneficencia. Despojada de sus funciones originales, la Cofradía comenzó a languidecer, sumida en un letargo de décadas. Sin embargo, el fervor del pueblo salvó a su titular: la Parroquia de la Concepción custodió con celo el culto al Cristo, manteniendo encendida la llama de su devoción.

Tuvieron que pasar los siglos para que el milagro de la resurrección institucional aconteciera. En la Semana Santa de 1981, las calles empedradas de la Villa presenciaron un reencuentro histórico. Los orotavenses contemplaron, entre el asombro y la emoción, cómo renacía aquella antiquísima Hermandad del siglo XVI. El Cristo de la Misericordia volvía a procesionar arropado por sus cofrades, devolviendo a La Orotava una parte viva de su identidad perdida, gracias a la suntuosidad y el esplendor de unos cultos que desafiaron al olvido.

IV. LA TINTA CONTRA EL OLVIDO: EL RESCATE DE LA MEMORIA

Como bien dejó escrito el añorado hermano cofrade Don Buenaventura Machado Melián, el renacer de la Cofradía no solo trajo consigo el brillo de la cera y el incienso, sino el imperioso deber de rescatar su memoria. Ese encargo sagrado recayó en los investigadores del Instituto de Estudios Canarios, Manuel Rodríguez Mesa y Manuel A. Alloza Moreno, quienes se sumergieron en las profundidades de los archivos para dar a luz la obra fundamental: Misericordia de la Vera Cruz en el Beneficio de Taoro.

Los historiadores descubrieron un universo fascinante y poliédrico. Detrás de los documentos olvidados no solo latía la liturgia, sino un gigantesco entramado social y hospitalario que durante cuatro siglos fue el único refugio sanitario para toda la vasta región de Taoro. Sus páginas abrieron un abanico deslumbrante que entrelazaba la historia de la medicina medieval europea con el desarrollo de los hospitales en Canarias y América.

Investigar esta hermandad fue seguir el rastro de una legión de artistas anónimos —escultores, pintores, canteros de los siglos XVI y XVII— cuyas vidas y obras corrían el riesgo de borrarse de la historia. Fue un viaje apasionante que incluso desenterró crónicas sorprendentes, como las olvidadas fiestas de toros del siglo XVI. Gracias a este esfuerzo, las grandes lagunas del pasado canario encontraron respuestas documentadas, demostrando que la Vera Cruz y la Misericordia no eran solo parte de la historia de La Orotava, sino la columna vertebral de su cultura, su arte y su compasión a través de los tiempos.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL

 


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