domingo, 24 de septiembre de 2017

DON JUAN DEL CASTILLO Y NUESTRA SEÑORA DE LAS MERCEDES DE LA CRUZ SANTA (LOS REALEJOS)

Bajo la bóveda quieta del templo parroquial de La Santa Cruz reposa la mirada tierna de Nuestra Señora de las Mercedes, verdadero corazón latente y madre devocional del pueblo cruzantero. En las páginas del pasado —rescatadas con rigor y afecto por el historiador Gerardo Fuentes Pérez en la publicación Los Realejos a través del tiempo (julio de 2012)— se hila la memoria de un fervor que hunde sus raíces en el siglo XVII, época en la que los folios parroquiales ya dejaban constancia del arraigo de esta advocación en la antigua ermita, erigida en parroquia hacia 1929.

El alma detrás de la actual efigie fue Don Juan del Castillo, hombre de negocios nacido en 1748 e ilustrado por las aguas bautismales en la parroquia de Santiago Apóstol un 7 de enero. Aunque las brumas del tiempo apenas nos permiten entrever los trazos completos de su biografía, consta en los libros sacramentales su enlace en 1776 con Doña Bárbara Agustina Padrón —hija del Realejo Alto— en la iglesia de la Concepción de La Orotava, bendecido por el presbítero Juan Agustín de la Guardia y Llanos.

Siendo apenas un joven que no rozaba la veintena, Don Juan entregó a la comunidad la valiosa efigie de la Virgen de la Merced junto a la de San Antonio de Padua. Aquel gesto generoso, tal vez motivado por parentescos catalanes, por la cercanía con los frailes agustinos o simplemente por el deseo noble de aliviar el anhelo de sus vecinos de dotar a la ermita de una nueva talla, terminó por labrar un vínculo indestructible entre el donante, la fe de un pueblo y la belleza sublime de su patrona.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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