Bajo la bóveda quieta del templo parroquial
de La Santa Cruz reposa la mirada tierna de Nuestra Señora de las Mercedes,
verdadero corazón latente y madre devocional del pueblo cruzantero. En las
páginas del pasado —rescatadas con rigor y afecto por el historiador Gerardo
Fuentes Pérez en la publicación Los
Realejos a través del tiempo (julio de 2012)— se hila la memoria de un
fervor que hunde sus raíces en el siglo XVII, época en la que los folios
parroquiales ya dejaban constancia del arraigo de esta advocación en la antigua
ermita, erigida en parroquia hacia 1929.
El
alma detrás de la actual efigie fue Don Juan del Castillo, hombre de negocios
nacido en 1748 e ilustrado por las aguas bautismales en la parroquia de
Santiago Apóstol un 7 de enero. Aunque las brumas del tiempo apenas nos
permiten entrever los trazos completos de su biografía, consta en los libros
sacramentales su enlace en 1776 con Doña Bárbara Agustina Padrón —hija del
Realejo Alto— en la iglesia de la Concepción de La Orotava, bendecido por el
presbítero Juan Agustín de la Guardia y Llanos.
Siendo
apenas un joven que no rozaba la veintena, Don Juan entregó a la comunidad la
valiosa efigie de la Virgen de la Merced junto a la de San Antonio de Padua.
Aquel gesto generoso, tal vez motivado por parentescos catalanes, por la
cercanía con los frailes agustinos o simplemente por el deseo noble de aliviar
el anhelo de sus vecinos de dotar a la ermita de una nueva talla, terminó por
labrar un vínculo indestructible entre el donante, la fe de un pueblo y la
belleza sublime de su patrona.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL
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