Se
revela ante los ojos una estampa suspendida en el tiempo; una fotografía que,
por su atmósfera mística y señorial, simula haber sido capturada en el mismo
siglo XVII que vio nacer sus muros, aunque la lógica y la memoria de la luz nos
revelen que pertenece al ocaso del siglo
XIX.
Es
un lienzo de sutiles enigmas: en la primera de las mansiones, los balcones del
segundo piso aguardan desnudos, desprovistos aún de sus definitivos remates. La
calle de San Francisco despliega
su pendiente con un desvío hacia la trasera de la casa que llaman de “Brier”,
interrumpida por el trazo de un viejo muro de piedra. Aquella pared, tosca y
funcional, nacía con la misión de gobernar el cielo: desviaba el llanto
torrencial de las lluvias que descendían desde la zona de La Piedad,
conduciendo las aguas hacia el verdor de las huertas contiguas.
Al
costado, la plaza de San Francisco
late en su más pura y primitiva esencia. Se conserva allí la fuente primera,
cantarína y humilde, arropada por el susurro perenne de los laureles de Indias y la sombra
atemporal de los plátanos del Líbano.
La mirada, atenta a los vestigios del pasado, descubre la puerta original del
camposanto; un umbral sagrado que la historia arrancó del derruido convento de
San José de las Monjas Clarisas —cuyo suelo ocupa hoy la Casa Consistorial—.
Junto a esa portada plateresca, se alza la antigua mansión que a mediados del
siglo XX cedió su lugar a las majestuosas balconadas canarias que hoy coronan
el paisaje urbano.
Mención
sagrada merece la Villa de La Orotava,
cuna donde duermen estas casonas solariegas y donde florecen los talleres del
artesano y los aromas de su rica gastronomía. El título de Villa, conquistado
por Real Cédula del rey Felipe IV el 28
de noviembre de 1648, sigue bordando de justo orgullo el pecho de sus
habitantes. Ellos regalan al caminante un casco antiguo pulcro y elegante; una
joya diminuta que se mima y se defiende del olvido sin escatimar desvelos. Sus
raíces coloniales han dejado huellas vivas que estremecen al viajero: una
fascinación que respira en el empedrado de sus plazas, en la madera labrada de
sus balcones, en el misterio de sus patios umbríos y ocultos, y en esas
empinadas callejuelas que, de improviso, regalan ventanas infinitas hacia la
azul inmensidad del Atlántico.
Pero
el corazón y la gloria del frente de esta fotografía son las dos mansiones
gemelas, conocidas en el mundo entero como las Casas de los Balcones.
En
el primer plano del recuerdo se alza la casa
Méndez Fonseca. Brotó de la tierra a finales del siglo XVII por los
desvelos del capitán Juan de Castro,
destacando en su fachada un balcón corrido que es pura filigrana y un portón
que custodia un patio interior de incalculable riqueza artística. Hermana,
vecina y noble contrincante de belleza, se yergue colindante la casa Jiménez Franchi, tallada en la
misma época y con idéntico donaire. Su patio, sostenido por la nobleza de la
madera en tres de sus flancos, supo estar adornado con fuentes y estatuas.
Aquel templo del saber, que entre los años 1941 y 1953 acunó el murmullo
escolar del colegio “Farraís”,
abre hoy sus puertas al arte efímero y eterno, convertida en el actual Museo de las Alfombras.
BRUNO
JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL

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