sábado, 23 de septiembre de 2017

LA OROTAVENSE CASA DE LOS BALCONES AL FINAL DEL SIGLO XIX


Se revela ante los ojos una estampa suspendida en el tiempo; una fotografía que, por su atmósfera mística y señorial, simula haber sido capturada en el mismo siglo XVII que vio nacer sus muros, aunque la lógica y la memoria de la luz nos revelen que pertenece al ocaso del siglo XIX.

Es un lienzo de sutiles enigmas: en la primera de las mansiones, los balcones del segundo piso aguardan desnudos, desprovistos aún de sus definitivos remates. La calle de San Francisco despliega su pendiente con un desvío hacia la trasera de la casa que llaman de “Brier”, interrumpida por el trazo de un viejo muro de piedra. Aquella pared, tosca y funcional, nacía con la misión de gobernar el cielo: desviaba el llanto torrencial de las lluvias que descendían desde la zona de La Piedad, conduciendo las aguas hacia el verdor de las huertas contiguas.

Al costado, la plaza de San Francisco late en su más pura y primitiva esencia. Se conserva allí la fuente primera, cantarína y humilde, arropada por el susurro perenne de los laureles de Indias y la sombra atemporal de los plátanos del Líbano. La mirada, atenta a los vestigios del pasado, descubre la puerta original del camposanto; un umbral sagrado que la historia arrancó del derruido convento de San José de las Monjas Clarisas —cuyo suelo ocupa hoy la Casa Consistorial—. Junto a esa portada plateresca, se alza la antigua mansión que a mediados del siglo XX cedió su lugar a las majestuosas balconadas canarias que hoy coronan el paisaje urbano.

Mención sagrada merece la Villa de La Orotava, cuna donde duermen estas casonas solariegas y donde florecen los talleres del artesano y los aromas de su rica gastronomía. El título de Villa, conquistado por Real Cédula del rey Felipe IV el 28 de noviembre de 1648, sigue bordando de justo orgullo el pecho de sus habitantes. Ellos regalan al caminante un casco antiguo pulcro y elegante; una joya diminuta que se mima y se defiende del olvido sin escatimar desvelos. Sus raíces coloniales han dejado huellas vivas que estremecen al viajero: una fascinación que respira en el empedrado de sus plazas, en la madera labrada de sus balcones, en el misterio de sus patios umbríos y ocultos, y en esas empinadas callejuelas que, de improviso, regalan ventanas infinitas hacia la azul inmensidad del Atlántico.

Pero el corazón y la gloria del frente de esta fotografía son las dos mansiones gemelas, conocidas en el mundo entero como las Casas de los Balcones.

En el primer plano del recuerdo se alza la casa Méndez Fonseca. Brotó de la tierra a finales del siglo XVII por los desvelos del capitán Juan de Castro, destacando en su fachada un balcón corrido que es pura filigrana y un portón que custodia un patio interior de incalculable riqueza artística. Hermana, vecina y noble contrincante de belleza, se yergue colindante la casa Jiménez Franchi, tallada en la misma época y con idéntico donaire. Su patio, sostenido por la nobleza de la madera en tres de sus flancos, supo estar adornado con fuentes y estatuas. Aquel templo del saber, que entre los años 1941 y 1953 acunó el murmullo escolar del colegio “Farraís”, abre hoy sus puertas al arte efímero y eterno, convertida en el actual Museo de las Alfombras.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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