José Luis Ravelo Acevedo, eternamente
recordado bajo el entrañable apodo de Pepe
Floro (1942–2010), fue un alma que vivió por y para la música, un
virtuoso icodense de oído prodigioso y espíritu autodidacta que acariciaba el
piano y las cuerdas con idéntica maestría. Aunque su cuna estuvo en la ciudad
del Drago Milenario, su arte tendió un puente indisoluble con la Villa de La
Orotava al unirse en 1996 a Quinegua,
una agrupación nacida en la calle El Calvario y consagrada al estudio y la
devoción del bolero. El grupo fue fundado por su amigo de la infancia, Pedro Eustaquio Pérez García (Chicho),
quien asumía el requinto y la primera voz, completando aquella emblemática
formación original junto al contrabajo de Gabriel "Pitoco" González, y las guitarras y segundas
voces de Eloy García y Juan Felipe Hernández.
Con Quinegua, Pepe
Floro recorrió escenarios memorables. Fueron teloneros oficiales de leyendas
como Los Tres Reyes y Azul Bohemia, y conquistaron los centros
culturales del archipiélago canario. Su música también echó raíces en tierras
gallegas a lo largo de cinco giras; se evoca con especial nostalgia aquel
agosto de 2005, cuando la banda—reforzada por la percusión de Goyo Saavedra—hizo vibrar la Feria del
Marisco de Miño y ofreció un maratónico y emotivo recital de tres horas en
Ponteareas.
Sin embargo, el legado
de Pepe Floro se extiende mucho más allá. Fue el director fundador de Los Chincanayros, una formación
capital en la música popular de Icod de los Vinos que realizó una titánica
labor de rescate del folclore en el norte de Tenerife, enriqueciendo además el
cancionero isleño con composiciones propias que ya son patrimonio de nuestra
tierra. Su versatilidad, que en lo deportivo lo llevó a defender la camiseta
del histórico C.B. Hércules, en
lo musical lo unió también a proyectos de prestigio como el grupo Agarfa —junto a Tino Aguiar, Gerardo
Rodríguez y Carmelo Socas—, convirtiéndolo en el pianista predilecto para
arropar a grandes figuras locales, nacionales e internacionales.
El eco de su ausencia
sigue resonando con fuerza. Su amigo orotavense, el músico y exindustrial Juan
Felipe Hernández González, defiende con insistencia cada vez que camina por las
calles de la Villa que Icod le debe a su hijo ilustre un monumento en bronce: su inconfundible
silueta fundida junto a su inseparable piano. Aunque el tiempo guarda el
secreto de si esa efigie llegará a materializarse, la justicia de su memoria
tuvo un hermoso destello el sábado 29 de septiembre de 2012. Aquella noche, tal
como relata el investigador Álvaro Fajardo Hernández, la Plaza de Lorenzo Cáceres se vistió de
gala para rendirle un gran homenaje como preámbulo a las fiestas mayores de
Icod; un acto de amor colectivo que demostró que, aunque las manos de Pepe
Floro ya no toquen el teclado, su música sigue grabada a fuego en el alma de su
pueblo.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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