jueves, 28 de septiembre de 2017

PEPE FLORO, MÚSICO ICODENSE EN EL RECUERDO


José Luis Ravelo Acevedo, eternamente recordado bajo el entrañable apodo de Pepe Floro (1942–2010), fue un alma que vivió por y para la música, un virtuoso icodense de oído prodigioso y espíritu autodidacta que acariciaba el piano y las cuerdas con idéntica maestría. Aunque su cuna estuvo en la ciudad del Drago Milenario, su arte tendió un puente indisoluble con la Villa de La Orotava al unirse en 1996 a Quinegua, una agrupación nacida en la calle El Calvario y consagrada al estudio y la devoción del bolero. El grupo fue fundado por su amigo de la infancia, Pedro Eustaquio Pérez García (Chicho), quien asumía el requinto y la primera voz, completando aquella emblemática formación original junto al contrabajo de Gabriel "Pitoco" González, y las guitarras y segundas voces de Eloy García y Juan Felipe Hernández.

Con Quinegua, Pepe Floro recorrió escenarios memorables. Fueron teloneros oficiales de leyendas como Los Tres Reyes y Azul Bohemia, y conquistaron los centros culturales del archipiélago canario. Su música también echó raíces en tierras gallegas a lo largo de cinco giras; se evoca con especial nostalgia aquel agosto de 2005, cuando la banda—reforzada por la percusión de Goyo Saavedra—hizo vibrar la Feria del Marisco de Miño y ofreció un maratónico y emotivo recital de tres horas en Ponteareas.

Sin embargo, el legado de Pepe Floro se extiende mucho más allá. Fue el director fundador de Los Chincanayros, una formación capital en la música popular de Icod de los Vinos que realizó una titánica labor de rescate del folclore en el norte de Tenerife, enriqueciendo además el cancionero isleño con composiciones propias que ya son patrimonio de nuestra tierra. Su versatilidad, que en lo deportivo lo llevó a defender la camiseta del histórico C.B. Hércules, en lo musical lo unió también a proyectos de prestigio como el grupo Agarfa —junto a Tino Aguiar, Gerardo Rodríguez y Carmelo Socas—, convirtiéndolo en el pianista predilecto para arropar a grandes figuras locales, nacionales e internacionales.

El eco de su ausencia sigue resonando con fuerza. Su amigo orotavense, el músico y exindustrial Juan Felipe Hernández González, defiende con insistencia cada vez que camina por las calles de la Villa que Icod le debe a su hijo ilustre un monumento en bronce: su inconfundible silueta fundida junto a su inseparable piano. Aunque el tiempo guarda el secreto de si esa efigie llegará a materializarse, la justicia de su memoria tuvo un hermoso destello el sábado 29 de septiembre de 2012. Aquella noche, tal como relata el investigador Álvaro Fajardo Hernández, la Plaza de Lorenzo Cáceres se vistió de gala para rendirle un gran homenaje como preámbulo a las fiestas mayores de Icod; un acto de amor colectivo que demostró que, aunque las manos de Pepe Floro ya no toquen el teclado, su música sigue grabada a fuego en el alma de su pueblo.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL


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