Hay fotografías que no solo guardan luz, sino que custodian el tiempo. Esta que hoy contemplo, rescatada en 2015 por la generosidad de mi amigo Manolito Fariña González, es un umbral absoluto. Detenido en la esquina donde confluyen las calles El Calvario y García Beltrán, en nuestra Villa de La Orotava, el visor me abisma en un asombro casi místico. Me devuelve a un pasado que, aunque cercano en el calendario, late con la distancia de los mundos perdidos: el paisaje de mi infancia, la geografía íntima de ese barrio imperecedero que siempre llamamos “El Llano”.
La memoria no funciona como un archivo de hojas muertas, sino como un río
subterráneo que sigue erosionando y dando forma al paisaje del presente. Mirar esta calle es comprender que el suelo que
pisamos es un palimpsesto donde ninguna huella se borra del todo. Aquellas
calzadas de piedra molinera, surcadas por depresiones laterales donde el agua
de lluvia corría como un río efímero, no eran mero urbanismo; eran las venas
por las que respiraba el invierno de la Villa, la textura rugosa de una
cotidianidad que sabía a permanencia.
El espacio urbano es
también la materialización de la memoria colectiva, un homenaje de piedra y
herencia. La panorámica nos devuelve la calle consagrada a don Lorenzo García
Beltrán, aquel hijo ilustre que a finales del siglo XIX llevó la voz de la
Villa hasta las Cortes Españolas. La arquitectura nos habla de sus desvelos:
fue él quien, en la distancia madrileña y gracias al poderoso vínculo de
amistad con el político gallego don Aureliano Linares Rivas —heredero de la
sensibilidad artística de su padre, el escultor José Linares de la Peña—, logró
vestir a la Hijuela del Botánico con ese severo y elegante ropaje de rejas
anglosajonas, dotando además de dignidad al edificio de nuestras Casas
Consistoriales. Es la política entendida como el arte de embellecer la patria
chica, de dejar una impronta física que sobreviva a las generaciones.
A la izquierda de la
imagen se yergue el fantasma de la hospitalidad y el lujo efímero. Allí se
dibuja el edificio de estilo colonial que el tiempo mutilaría a finales de los
sesenta. Construido en 1877, aquel muro albergó el Hotel Teide, un sueño cosmopolita
fundado por el turinés don Luis Fumagallo. Hay una cualidad casi irreal en el
hecho de que el 4 de diciembre de 1879, los príncipes de Gales, Alberto y
Jorge, descansaran bajo sus techos; pasajes de la gran historia europea que se
cruzan con el destino de nuestra Villa. Pero la muerte, esa gran niveladora,
cerró las puertas de Fumagallo en 1897, abriendo un paréntesis de silencio. El tiempo es un artesano invisible que
esculpe con el olvido; cambia el curso de las cosas de la misma manera que el
agua moldea los cantos rodados. El destino del inmueble cambiaría de
manos: la suiza doña Enriqueta Humberset lo rescató en 1901 para rebautizarlo
en 1906 con el definitivo y nostálgico nombre de Hotel "El Suizo",
regentado un tiempo por don Eulogio Méndez Machado.
La vida comercial es,
al fin y al cabo, un relevo de almas. En 1917, don Nazario García Pérez toma
las riendas del hospedaje hasta que en 1943 el edificio se fragmenta,
dividiendo también su destino. Una mitad va a los señores Fuentes; la otra, tras
pasar por un propietario al que llamaban "Deogracias", encuentra su
identidad definitiva en la figura inolvidable de don Francisco Polo Verdugo.
Aquel malagueño carismático, que la providencia trajo a la Villa con su
batallón militar, transformó el espacio en una entrañable casa de huéspedes,
bar y café. En sus salones, el aroma al sur peninsular se fundió para siempre
con la bruma del norte de Tenerife.
Al mirar el lado
derecho de la fotografía, tropezamos con el muro de la plaza de Franchi Alfaro,
testigo mudo de la modernidad que avanzaba a paso lento. Frente a él descansa
un automóvil Buick, matrícula TF-4480. Es el instrumento de trabajo de Miguel
Linares Álvarez, chófer de la célebre parada de taxis “De los Ricos”. El
automóvil, hoy una reliquia, representa en la imagen el dinamismo, el
movimiento suspendido en un presente perpetuo. Cada objeto congelado en la foto es una boya flotando en el océano del
devenir, recordándonos que el pasado no es lo que ya no existe, sino una
dimensión del ser que insiste en ser contemplada.
De vuelta a la
izquierda, la mirada se vuelve íntima, casi doméstica. Vemos a don Paco Polo
Verdugo apostado en su Bar y Fonda El Suizo, y tras él, la sucesión de las
casas que configuraban el vecindario: la vivienda de la familia Quintero-Santos,
que luego pertenecería a Manuel Fariña; y la emblemática Casa de la Cruz del
Ahorcado, cuyos escalones circulares desafían al olvido al conservarse intactos
en el presente. Al lado de la piedra, el hierro: ese chorro de agua potable,
forjado en Inglaterra y exportado como un monumento al progreso cotidiano, se
ubicaba junto a la morada de doña Chana, la mujer providencial que aliviaba los
dolores del barrio poniendo inyecciones. Y al fondo, donde la perspectiva se
diluye en la calle Verde (hoy Nicandro González Borges), se adivina la casa de
don Tomás Reyes, cuyos muros cobijarían más tarde a los herederos de don
Agrícola Rodríguez.
Esta fotografía es, en
última instancia, una lección de filosofía del paisaje. Nos recuerda que las
ciudades no están hechas solo de cal, piedra y asfalto, sino de las vidas que
las gastaron, de los pasos que las pulieron y de las miradas que las amaron.
Capturar este instante no es un mero ejercicio de nostalgia; es un acto de
resistencia contra el olvido, una forma de devolverle el rostro a los que ya no
están y de recordar que nosotros, los que hoy miramos, somos solo el eco de sus
pisadas en las piedras molineras de El Llano.
BRUNO JUAN
ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR
MERCANTIL
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