Aflora
en la memoria el eco de una infancia y juventud cobijadas en un rincón de
romanticismo e ilustración. Un espacio suspendido en el tiempo, suspendido en
el arte y el amor, donde la paz se entrelazaba con los juegos infantiles y las
promesas de la esperanza.
Me
cautiva una fotografía antigua, un faro de luz que me arrastra hacia el pasado
no tan lejano de mi Villa de La Orotava. Diviso allí la calle que esculpió el
entorno de mi vida, en aquel entrañable barrio que siempre abrazamos con el
nombre de “El Llano”. La calle García Beltrán, al igual que El Calvario, vestía entonces un
rústico ropaje de piedras molineras, surcado en sus costados por las venas
laterales donde corría de prisa el llanto de las aguas pluviales.
La
panorámica perpetúa esta vía orotavense, bautizada en honor a un hijo ilustre: don Lorenzo García Beltrán, diputado
en las Cortes Españolas a finales del siglo XIX. Fue él quien, con mano
decidida, logró que la Villa coronara con rejas de hierro de elegante estilo
anglosajón el idílico Jardín de Aclimatación “Hijuela del Botánico”, arrancando además en Madrid sustanciales
mejoras para las Casas Consistoriales. Aquellos logros germinaron gracias a su
hondo desvelo y a la estrecha amistad que lo unía a don Aureliano Linares Rivas (1841–1903), influyente político
español, nacido de la unión entre el escultor y abogado José Linares de la Peña
y doña María Rivas y Rivas.
Al
marchar la mirada por la acera izquierda, emerge el espectro de un edificio de
porte colonial, cuya mitad se desvaneció en el ocaso de los años sesenta.
Nacido en el año 1877, el
inmueble cobijó desde sus albores al mítico Hotel Teide, impulsado por el comerciante don Luis Fumagallo, natural de la Turín italiana. Sus salones
conocieron la gloria el 4 de diciembre
de 1879, cuando los príncipes de Gales, Alberto y Jorge, aliviaron en
ellos la fatiga de sus viajes. Sin embargo, las puertas de la hospitalidad se
cerraron con la muerte de su fundador en 1897.
Cuatro
años más tarde, en 1901, la
propiedad fue rescatada del olvido por doña
Enriqueta Humberset, dama de raíces suizas, quien cinco años después
devolvió la vida al recinto bajo el flamante y definitivo nombre de “El Suizo”, un refugio que durante un
tiempo regentó con esmero don Eulogio
Méndez Machado. En el año 1917,
el timón del hotel pasó a manos de don
Nazario García Pérez, quien sostuvo su rumbo hasta que en 1943 la estructura se fragmentó en dos
almas: la primera adquirida por los señores “Fuentes”, y la segunda en manos de un caballero recordado como “Deogracias”. Más tarde, el local
pasaría a ser el feudo del inolvidable don
Francisco Polo Verdugo, un atractivo malagueño que llegó con su batallón
para sembrar raíces en la Villa, perpetuando el arte de la acogida como casa de
huéspedes, bar y café.
Sigue
el desfile de la acera en su esquina con la calle Juan Padrón —la antigua vía de San Sebastián—. Allí se
suceden la casa que habitó la entrañable estirpe de los “Castro”; el hogar de los herederos de Pepe Hernández Fariña, donde en los años cincuenta latía el
martilleo de la zapatería de “Inginio”;
la morada de la familia Quintero
(hoy de los herederos de Manuel Fariña Hernández); y la casa de los herederos
de la familia “Ascanio”. En mis
recuerdos aún habita, en la planta alta de esta última, doña Chana con sus manos de alivio y sus inyecciones; mientras
abajo se abrían dos portones: el de don
Agrícola González, chófer de la distinguida parada de “Los Ricos”, y el de don Alonso Ascanio. Al fondo de la
estampa, recortándose contra el cielo, descansan las casas que pertenecieron a don Tomás Reyes, hoy custodiadas por
los herederos de don Agrícola Rodríguez.
A
la derecha del lienzo urbano se despliega, señorial, la plaza de Franchi Alfaro. A finales del siglo XIX, este suelo fue
redimido y reordenado para ser, por fin, una plaza. Nació el milagro del empeño
de los propios vecinos, quienes conmovieron al Ayuntamiento para rescatar un
llano que hasta entonces solo despertaba con la fiesta anual de los santos
patronos o con el polvo que levantaba, en sus maniobras diarias, el Batallón de Cazadores.
Aquellos
terrenos, que pertenecieron a la heredad de don Francisco de Franchi, fueron comprados por don Luis Fumagallo y don Miguel Rodríguez con el sueño de
regalárselos al pueblo convertidos en un paseo arbolado. Las reformas corrieron
bajo la sabia dirección de don Aarón
Luz de Otazo, quien ajardinó y amuralló el recinto, aunque el destino
quiso que volviera a servir temporalmente como patio de armas para la
instrucción militar.
Fue
a partir de 1879, mediante el
milagro de una suscripción popular, cuando el viejo Llano esculpió
definitivamente su rostro de plaza. Se levantaron los muros de contención que
fijaron los límites de la belleza pública y se sembraron, uno a uno, los
árboles que hoy conforman su hermosa e imponente arboleda. Antaño, el corazón
de la plaza se abría al caminante a través de un rústico terraplén al inicio de
la calle García Beltrán; una entrada que en los años cincuenta del siglo pasado
se transformó en la amplia escalinata que hoy la hermana de forma elegante con
la calle El Calvario.
Diez
años después de iniciada la metamorfosis, en 1889, el Ayuntamiento selló el destino del lugar bautizándolo
oficialmente en honor a una de las figuras imperecederas de nuestra historia: Juan Francisco de Franchi y Alfaro.
Fue él quien, en el ya lejano 1648,
conquistó para este pueblo el orgullo de ser “Villa Exenta”, rompiendo las cadenas judiciales que nos ataban a
la ciudad de La Laguna y otorgándonos para siempre un lugar propio bajo el sol.
BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU
PROFESOR MERCANTIL

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