viernes, 1 de septiembre de 2017

LA CASA DE MI BISABUELA MARÍA EN EL RECUERDO



EL SANTUARIO DE NUESTRAS RAÍCES

Esta magnífica fotografía es mucho más que un registro visual; es el umbral a un tiempo suspendido en la mediana de la actual calle Juan Padrón. Hubo una época en que este rincón de la Villa de La Orotava se conocía como El Callejón del Loro, una vía con duende que nacía a los pies de la portada principal del desaparecido cine teatro Atlante y buscaba el susurro del Barranquillo de Araujo. Aunque hoy la propiedad pertenece al amigo Jesús y a sus hermanastras, los muros de esta casa custodian el ADN de mi familia paterna.

Desde el ocaso del siglo XIX hasta el estallido de la Guerra Civil, el hogar cobijó la vida de la abuela de mi padre, María Márquez, a quien toda la Villa conocía con el respetuoso apelativo de “La Carbonera”, junto a sus tres hijas: Braulia, Engracia (mi abuela) y María Díaz Márquez. El sobrenombre no era azaroso. En aquella ventana de la derecha, flanqueando la entrada principal, latía una entrañable venta de estilo típico canario. Allí, antes de que el gas o la gasolina revolucionaran los fogones orotavenses, se despachaba el carbón que encendía las cocinas del pueblo, compartiendo espacio con el aroma fresco de las frutas, las verduras y las papas de la tierra.

El devenir de la vida dispersó aquel núcleo original. Tras el fallecimiento de la bisabuela, mi tía Braulia partió hacia la calle de La Noria en Santa Cruz de Tenerife, donde nacieron sus hijos Anita y Manolo González Díaz. Por su parte, mi abuela Engracia unió su destino al de José Álvarez Luque, un andaluz de Antequera (Málaga) que había llegado a La Orotava con el Batallón de Borbón en la quinta del año uno, acuartelado en San Agustín. De ese amor nacieron ocho hijos: Josefina, Juan (mi padre), Isabel —cuya luz se apagó trágicamente a los diez años, víctima del atropello de un carruaje—, Ricardo, Pepe, Pancho, María Rosa y Carmen, quien hoy permanece como el último y valioso testimonio vivo de aquella generación.

Al llegar los oscuros años de la contienda española, mi tía abuela María, que había permanecido soltera, cerró el ciclo familiar en la casa y se trasladó al célebre barrio santacrucero de El Toscal, coincidiendo con el nacimiento de su sobrino nieto, Miguel Ángel Barbuzano González, quien años más tarde sería Consejero del Cabildo Insular de Tenerife bajo la presidencia de Adán Martín Menis, además de Senador por Coalición Canaria. Fue en ese punto de inflexión cuando la propiedad se vendió al padre del amigo Jesús, hoy residente en el centro de mayores El Llano.

Sin embargo, el magnetismo de esta casita jamás abandonó la memoria de los herederos. Los hijos mayores de mi tía Anita —Agustín (práctico del Puerto de la Coruña), Rosalba e Imeldo (exfuncionario del Banco Central)—, e incluso el propio Miguel Ángel Barbuzano, mantuvieron siempre el anhelo romántico de recuperar el hogar de sus mayores. Aquel sueño quedó en una quimera. Años después, en un segundo intento, Miguel Ángel quiso adquirirla junto al caserón de la izquierda para fundar el Museo de los Vinos de La Orotava y su Comarca, un proyecto idílico que pretendía honrar el pasado de la propiedad anexa, donde un señor llamado Abel, venido de La Matanza, criaba y vendía en su bodega los sabrosos caldos de sus viñas matanceras.

El destino, caprichoso y poético, guardaba su mayor secreto en el caserón de la izquierda. Allí, en el año 1908, nacieron mis padres. En la planta baja, María del Carmen Abreu González; en la planta alta, Juan Álvarez Díaz. En aquel entonces, los bebés no se conocían, y sus padres ni siquiera sospechaban que la vecindad terminaría tejiendo un hilo invisible entre ambas plantas. Una hermosa casualidad que convirtió el Callejón del Loro en la cuna, el refugio y el origen de nuestra propia existencia.

 

BRUNO JUAN ÁLVAREZ ABRÉU

PROFESOR MERCANTIL




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